Y tú, ¿quién eres?, por Ignacio Ibáñez

Foto: AraInfo/Flickr/Creative Commons

Foto: AraInfo/Flickr/Creative Commons

Hoy en día somos tan libres que buscamos diferentes maneras de encerrarnos. Algunas tienen más sentido que otras. Publicamos nuestros pensamientos e intimidades con la esperanza de “ser gustados”, encontrar afines e integrarnos en grupos. Otras veces, tan solo tratamos de sentirnos comprendidos y acompañados, o entender de dónde venimos para ligar nuestra individualidad con lo colectivo. En todo caso, necesitamos creer que nos conocemos a nosotros mismos y que los demás nos aceptan.

Como explica Francis Fukuyama (“Identidad”, Deusto, 2019), la tensión entre deseo, razón y espíritu (thymos) que vertebra la relación entre lo propio y lo ajeno ha sido parte de cada uno de nosotros desde que el mundo es mundo. No obstante, comenzó a avivarse a partir de la modernidad con la progresiva toma de conciencia de la importancia del individuo en cuanto tal, desligado de su contexto social. El Renacimiento, la Reforma, la Ilustración, las revoluciones liberales, industriales, de la comunicación y de la información. Lutero, Kant, Hegel, Smith, Nietzsche, Freud. Innumerables hechos y personas que contribuyeron a asentar la noción de que cada uno de nosotros somos seres únicos, dignos y con derechos.

Este despertar del individualismo y de la conciencia de libertad—de impulso cristiano, unión de razón y fe como afirmó Benedicto XVI y nos recuerda Samuel Gregg en su reciente libro sobre la historia de Occidente—ha hecho posible una evolución sin parangón. Paradójicamente, la exacerbación del individualismo y la confusión sobre lo que significa la libertad, que nos hicieron pensar que éramos, cada uno de nosotros en nuestra mismísima mismidad, dioses, han acabado por aprisionarnos. Hoy estamos tan repletos de ego que elevamos a categoría digna de diferenciación y reconocimiento el más mínimo rasgo de nuestro ser: raza, sexo, edad, gusto, territorio, religión, ideología, adscripción política, equipo de fútbol… la lista infinita que veneraba Umberto Eco. Creyendo defender nuestro “yo”, nos diluimos en una división incesante; y a partir de ahí, exigimos. Somos los señoritos satisfechos de Ortega, versión 2.0. Y cuando la sociedad, el gobierno o el vecino del quinto no ven razón para postrarse y poner nuestra ordinaria singularidad en un pedestal, lloriqueamos y pataleamos. Rousseau, gran pater de todos nosotros, los niñatos del siglo XXI, estaría sumamente orgulloso.

Por la soberbia de creernos en posesión de la verdad, y en realidad haber abandonado su búsqueda a cambio de la engañifa del progreso, en nuestro actual panorama político prevalece el resentimiento frente a la indulgencia, el escrache frente al diálogo, el prejuicio frente a la comprensión, el desprecio frente a la empatía. Anteponemos el sentimentalismo a la lógica y el victimismo al sacrificio. Caminito de una extraña dictadura, hemos perdido el equilibrio, la capacidad de “compartir objetivos y sentar la batalla política en la centralidad”, como recientemente coincidieron los expresidentes del gobierno Aznar y González. El egoísmo y el tribalismo impiden razonar y cooperar.

En la vida, es conveniente autoanalizarse y tener una idea clara de lo que uno es. También es importante abogar por políticas públicas que mejoren la situación de grupos injustamente desfavorecidos, den voz a los que están realmente oprimidos y solventen desigualdades ante la ley. Lo reprobable es anclarnos en el “identitarismo” en detrimento de la reflexión. Al hacerlo, creamos mayores desigualdades y rencores, devenimos presos de la corrección política, devaluamos la libertad de expresión y enconamos el debate público. Por si fuera poco, al final de este camino solo espera la violencia. Graves o menos graves, los ejemplos se multiplican: desde los asesinatos de ETA, pasando por los embistes de los independentistas catalanes, hasta las recientes agresiones contra los miembros de Ciudadanos en los festejos del Orgullo Gay.

La izquierda vio desde los años 1960—y aún más tras la debacle comunista en los 1990 —una oportunidad para dividir a la sociedad en grupos, utilizar sus quejas independientemente de que estuvieran o no justificadas y presentarse como defensora de sus intereses a cambio, claro está, de sus votos. Para mantener estas bolsas electorales, socialistas de todos los partidos utilizan hoy retóricas de entraña, prejuicios rancios y etiquetas grandilocuentes. ¿Quién no es en España, por casi cualquier motivo, un facha con todas las letras? Curiosamente, la profesora Sheri Berman de la Universidad de Columbia señala que la evidencia científica apunta a que esa deriva socio-política y las tácticas que la acompañan, por ejemplo llamar a la gente fascista, racista, sexista o xenófoba, en lugar de ayudar empeoran el problema. En primer lugar, porque ponen a la defensiva al interpelado, que inmediatamente deja de escuchar y de utilizar la parte racional de su cerebro, imposibilitando el entendimiento. Segundo, porque la amenaza genera agresividad en el amenazado, es decir, empuja a ambas partes hacia los extremos. Y tercero, porque un intercambio crispado promueve la incivilidad, desmoviliza a los moderados, activa a los más radicales, y hace disminuir la confianza ciudadana en las instituciones del Estado.

Las batallas identitarias continuarán marcando nuestro futuro. En algunos casos, las reivindicaciones tienen y tendrán pleno sentido y legitimidad: somos humanos y por lo tanto falibles e injustos. En otros—la mayoría, me temo—, las desavenencias seguirán incrementándose al compás de concepciones erróneas o parciales de nuestra naturaleza y del sentido de la libertad. Los nuevos medios de información, comunicación y transporte agravarán las percepciones de inequidad. Seguiremos considerándonos, cada uno de nosotros con nuestras particularidades, el centro del universo. Cada vez sentiremos más como un peligro a quien sea diferente, a cualquiera que esté fuera de nuestro grupúsculo.

Está en nuestra mano construir un futuro mejor. En el ámbito de las ideas, habría que volver a ponernos como objetivo vital la búsqueda de la verdad (o, mejor, Verdad), y pertrecharnos de conceptos como el de humildad, sacrificio, responsabilidad y solidaridad al transitar el camino de la libertad que tanto bien ha hecho a la humanidad.

En nuestras interacciones sociales, debemos “discutir mejor, no menos” (A. Brooks). Necesitamos contrastar datos y distintas opiniones si queremos encontrar las mejores soluciones; para ello debemos dialogar con respeto y voluntad de aceptar los argumentos del adversario si son mejores que los nuestros. No tengamos miedo a ser amables, ni a enfadarnos ante las injusticias, ni a dar la cara en lugar de refugiarnos en el anonimato de las redes sociales, ni a pedir perdón si nos equivocamos.

En política, centrémonos en lo que nos une en lugar de lo que nos separa. Es bueno defender con vigor nuestros principios y sentirnos parte de grupos con los que compartimos afinidades, siempre que ello no nos lleve a despreciar y rechazar a otros. Una nación democrática y liberal es un buen marco para armonizar lo individual con lo colectivo, siempre que no se caiga en ideologías, movimientos o nacionalismos excluyentes. España se merece un nuevo patriotismo que busque lo común entre las diferentes sensibilidades políticas. Un nuevo patriotismo que dé cohesión al conjunto a través de políticas de Estado, en especial en el ámbito educativo, conformadoras de un proyecto político moderno, ilusionante y próspero.

Ignacio IbáñezApp-Twitter-icon

EDITOR DE FLORIDABLANCA

FLORIDABLANCA CAFÉ

Implícate

Desde Floridablanca necesitamos tu apoyo moral y material para poder llevar a cabo nuestro proyecto

Implícate

Archivos

Categorías