XVIII Congreso: involución y desaliento

El domingo finalizó el XVIII Congreso Nacional del Partido Popular. Cinco años después de la celebración del XVII Congreso en 2012, la dirección del PP convocó a sus compromisarios, que no a sus afiliados, a “debatir” acerca de su proyecto político y modelo de organización. Lo cierto es que la dirección nacional trató desde el principio de constreñir al máximo el debate: en primer lugar, mediante el limitado incremento del número de compromisarios -además de su proceso de selección-, así como la restricción y opacidad relativa al número de invitaciones; en segundo lugar, a través de la negociación de enmiendas transaccionales.

Conviene recordar algo tan obvio como obviado por los dirigentes del Partido Popular: dirección y partido no son lo mismo, y defender un proyecto y unas ideas no es un ataque contra nadie. Las convicciones propias deben ser debatidas con el objeto de convencer y seducir para hacerlas comunes. Porque los partidos políticos no son patrimonio de sus dirigentes, lo son de todos los españoles; lo que exige que se abran a la sociedad, que se rijan por principios democráticos, y que renueven y fortalezcan sus proyectos políticos conforme a ideas, principios y valores.

Este último congreso se ha presentado como el de la modernización y el rearme ideológico del PP. Lamentablemente, ni ha tenido lugar tal modernización, ni se ha dado tal rearme ideológico. Al contrario. Éste ha sido el congreso de la involución del Partido Popular.

El modelo de partido resultante de este congreso es menos abierto y está más preso de los caprichos de la dirección: se ha establecido en los estatutos que la celebración de congresos pase de tres a cuatro años o más -es decir, lejos de causar sonrojo el hecho de llevar cinco años sin debate, se ratifican y lo consagran estatutariamente-; se ha eliminado la limitación temporal de las “gestoras” nombradas a dedo por el órgano territorial superior; y el modelo “Maíllo” para la elección del presidente del partido a dos vueltas no supone ninguna apertura, ya que los compromisarios siguen siendo decisivos para la elección del presidente (¿qué pasará si en la segunda vuelta los compromisarios votan algo distinto de lo que votaron la mayoría de los afiliados en la primera vuelta?).

El valor del compromisario, por otro lado, ha quedado reducido al de mero espectador, pues el conteo de votos para la aprobación de enmiendas se hace a ojo de buen cubero… ¡del presidente de la mesa! A pesar de todo, una enmienda puso de manifiesto la división que hay en torno a la acumulación de cargos. Enmienda en cuya exposición de motivos se señalaba a la que ha sido reelegida secretaria general del partido a pesar de la división de los compromisarios.

Las ideas, valores y principios del Partido Popular han quedado disipados en el XVIII Congreso por elección y decisión de sus responsables y ponentes. No se ha querido debatir y se ha priorizado la imagen de unidad a costa del debate y el proyecto político –si de nada debatimos, de nada discrepamos-. Sin embargo, el partido ha salido más dividido de lo que llegó al congreso. Hay que reconocerle a la secretaria general el que haya sido la única dirigente en apuntar un atisbo de autocrítica sobre lo hecho hasta ahora, cuando afirmó su voluntad de recuperar la unidad del centro-derecha español. Y es que, efectivamente, en los últimos años se ha roto la unidad del centro-derecha y se ha puesto en riesgo la “casa común” de liberales, conservadores, democristianos y centristas a favor de la “casa vacía” como idea de partido.

Este congreso ha sembrado más desaliento que ilusión. Quien esperara medidas para la renovación del Partido Popular ha visto que toda esperanza -a la vista está que infundada-  se cerraba con el continuismo y con la sorprendente afirmación de “para qué cambiar lo que va bien”, como si no se hubieran perdido tres millones de votos por el camino o como si la cohesión del centro-derecha gozara de plena salud. ¿Está realmente bien el PP? No, está desunido y anclado en un conformismo que ha encontrado en la moderación y el consenso la excusa para renunciar definitivamente al ejercicio del poder en clave política a favor del ejercicio del poder en clave administrativa.

El Partido Popular ha perdido una inmensa oportunidad de recuperar la unidad de la casa común del centro-derecha. Una unidad basada en un proyecto político de ideas, claramente identificable y capaz de atraer al talento. Hoy sigue siendo igual de necesario que antes del congreso nacional del PP un proyecto que ambicione recuperar todo el espacio cedido y que vuelva a ilusionar a millones de españoles que se sienten huérfanos de representación política. Éste es un debate, como todos los que se cierran en falso, que más pronto que tarde el centro-derecha español tendrá que afrontar.

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