Tsipras y la naturaleza de la izquierda radical, por Vauvenargues

(Foto: EFE)

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Siempre habrá algo relativamente positivo en el hecho de que los partidos de izquierda radical toquen poder… Podremos decirles: tomad la responsabilidad, aquí están las cuentas, así están las cosas, obrad vuestra magia. Entonces, tras un corto período de tiempo, el entusiasta se verá forzado a caer en la profunda decepción –eterna consecuencia de las altas expectativas en política–, o a reestructurar con descaro los parámetros que utiliza para juzgar un determinado estado de cosas. Lamentablemente, esa confrontación con la realidad nunca será todo lo aleccionadora que nos gustaría que fuese: el entusiasmo se renueva periódicamente con una fuerza desconcertante, pretendiendo siempre que la ocasión nueva tiene algo de particular. Algunos pensarán que, a pesar de todo, a fuerza de pretender 100 se avanza 50, y que las expectativas son el motor del progreso. La verdad es, sin embargo, que el más desastroso de los vicios políticos es la ausencia de contacto con la realidad.

El gobierno de Syriza ha sido un ejemplo más. Los errores a la hora de calibrar las fuerzas, así como la excesiva tensión generada por las expectativas, han sido mucho más nocivos para Grecia que cualquier punto de partida conservador. De estar en la oposición, ¿qué hubiese dicho Alexis Tsipras de un acuerdo como el que acaba de aceptar para Grecia? ¿Alguien recuerda ya, solo medio año después de que ganase las elecciones, el alucinado programa que le llevó al poder? ¿Puede concebirse un abismo más grande entre la palabra y la acción –¡incluso tratándose de políticos!? Los seguidores del gobierno griego dirán que les han obligado, pero su principal activo político consistía, precisamente, en gritar que no podrían obligarles. Dirán que no tenían mejor alternativa, pero su fuerza pasó por convencer a los electores de que alternativas infinitamente mejores eran posibles ¡y hasta fáciles! Ya se sabe, basta que lleguen al poder para que la realidad que pintan flexible, elástica, generosa comience a entumecerse. «Sólo el estado pre-revolucionario es auténticamente revolucionario», decía Emil Cioran. Tras él, los líderes izquierdistas radicales suelen tener dos opciones: hacer pasar el efecto de la medicina aplicada por la realidad por un giro a la moderación frente a sus colegas más radicales, o retirarse a un plano libre de responsabilidades. En este último caso, el delirio ya puede campar a sus anchas, expresándose a menudo en una suerte de ridiculez pseudo-lírica (Juan Carlos Monedero acaba de publicar un libro que se titula No estoy dispuesto a que me roben el alma).

(Foto: afilitos / Flickr)

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Con todo, el apoteósico baño de realidad del caso Syriza ha dejado por el camino muchas más derrotas ideológicas de las que normalmente son necesarias en casos semejantes. Por ejemplo, hace patente que el frívolo espectáculo del referéndum, aunque finalmente haya resultado contraproducente, no era sino una mera maniobra negociadora. Dicha instrumentalización de un mecanismo democrático, lejos de mostrar un respeto exquisito, ha conseguido banalizarlo por completo. Tsipras, al no sentirse en absoluto vinculado al resultado del referéndum en las negociaciones posteriores, ha quedado tocado también en el plano de la legitimidad de sus acciones, único refugio en el que acaso podía guarecerse ante el evidente fracaso efectivo de sus políticas.

Lamentablemente, como decíamos, siempre habrá quien siga llamando «ausencia de democracia» a la imposibilidad del hombre de legislar su propia abundancia; quien busque las causas de la ruina en el hecho de pagar los préstamos y no en el de pedirlos. Pero al menos podremos decir, todavía con más seguridad, que su discurso no es más que pura ideología.

Vauvenargues

[Pseudónimo]

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