This is not business as usual, por Javier Rupérez

Hasta el papa Francisco, normalmente dado a utilizar sin cortapisas su florido español porteño cuando de expresar su pensamiento se trata, ha preferido aplazar la opinión que le merezca Donald J. Trump como presidente de los Estados Unidos hasta que se hayan conocido sus primeras decisiones. Dice Bergoglio, utilizando para ello una inspirada expresión de uno de sus predecesores en la silla de Pedro, el nunca olvidado San Juan XXIII, que lo hace para no convertirse en “profeta de calamidades”. Coincide en ello con el bloque bienpensante universal que, primero, calló púdicamente el horror que inspiraban los propósitos y anuncios del candidato presidencial Trump, confiando en que nunca llegara a la Casa Blanca; que más tarde, ante la inevitabilidad del resultado, estimó prudente confiar en que la divina providencia, o algún otro poder superior, inspirara sapiencia y moderación en la conducta del electo ya incluso antes de que se le abrieran las puertas de la mansión presidencial; que, inasequible al desaliento, esperó que al menos en su alocución inaugural introdujera matices y conductas que le situaran en la previsibilidad de los que sus antecesores habían hecho gala en las últimos siete décadas de la vida de los Estados Unidos. Y que, en definitiva, pudiera depositar en el nuevo presidente republicano el beneplácito que había negado a su predecesor demócrata, Barack Obama, cuyas incapacidades percibidas o reales habían sido amplio objeto para la incomodidad y la crítica de amplios sectores dentro y fuera de los Estados Unidos. Como si únicamente se tratara de uno de los regulares relevos presidenciales americanos.

Retrato oficial (Foto: U.S. Federal Government)

Retrato oficial (Foto: U.S. Federal Government)

Pareciera como si Donald J. Trump hubiera encontrado un maligno placer en contradecir sistemáticamente a todos aquellos de entre sus seguidores que tomaron por hábil improvisación sus desplantes, por retruécanos habilidosos sus groserías, por ocultaciones tácticas sus simplezas o por estrategias magistrales sus ignorancias. Instalado ya en la Casa Blanca, pronunciado ya su discurso inaugural y programático –al que parece haber dedicado lo mejor de su cacumen y de su pluma, y los exégetas tienen ya material suficiente para el juicio y la recensión- ya solo queda, para los que esperan contra toda esperanza, que como dice Bergoglio se puedan juzgar sus primeras acciones o, en el límite de lo democráticamente tolerable, que al estilo de don Enrique Tierno Galván, de lengua tan viperina como impecable atuendo, suponer que “las promesas electorales están para no ser cumplidas”. En realidad, sus primeras proclamas ya han tenido lugar y han consistido en una descalificación global y sin paliativos contra los medios de comunicación por haber osado poner en duda la cantidad de asistentes a la ceremonia inaugural. Es tema de mucha elucubración la razón por la que tal virulenta invectiva contra una de las bases de las sociedades libres ha tenido lugar en la sede de la CIA y ante la pared marmórea que por medio de estrellas sin nombre conmemora los agentes de la institución caídos en el cumplimiento de su deber. Y con todo, los trumpólogos siguen esperando.

De momento, y por atenernos a lo que ya sabemos, podríamos comenzar por el discurso inaugural para constatar que, en la voluntad del nuevo inquilino de la Casa Blanca, el aire de los tiempos es cualquier cosa menos el habitual:”Hoy no estamos transfiriendo el poder de un partido a otro sino devolviéndoselo desde Washington al pueblo americano”. No se anda Trump con las florituras estilísticas y filosóficas que desde Reagan a Clinton o desde Kennedy a Bush han inspirado generaciones de americanos en su búsqueda por una sociedad más libre y próspera, limitándose a encarnar en su persona la para él imprescindible devolución al pueblo (a la gente, que dirían los imperecederos Iglesias, Errejón, Bescansa y demás ilustre compañía) del poder hasta este momento supuestamente secuestrado por la elite de los politicastros de siempre. Ese populismo salvífico permea todo el texto y lo cubre de tonos que en otras circunstancias hubiera convocado un profundo sonrojo: “El 20 de enero de 2017”, dijo el nuevo Presidente de los EE. UU.,” será recordado como el día en que el pueblo volvió a ser de nuevo el rector de la nación”. No se pudo observar en su anaranjada faz ningún guiño desmitificador mientras pronunciaba tan rotundo aserto.

Y es que la promesa de un nuevo futuro inevitablemente teñido de poderosos liderazgos mesiánicos –hasta el papa Francisco, bien que sin referirse a nadie en particular, evoca el parecido de los tiempos actuales con los que en 1933 permitieron la elección de Hitler como canciller de Alemania- viene íntimamente asociada a la catástrofe que según Donald Trump caracteriza actualmente la vida americana: ”Los políticos han prosperado pero los puestos de trabajo han desaparecido y las fábricas han cerrado” mientras que la degradación en el terreno educativo, la generalización de la pobreza, el uso indiscriminado de las drogas, el aumento de la criminalidad, han producido una auténtica “carnicería” (sic) que con él , Trump, “se detiene aquí y ahora”.

Es natural, y ha sido práctica corriente, que el nuevo presidente ofrezca un programa de mejoras sobre la herencia recibida. Al fin y al cabo, sobre esa base ha realizado su campaña y sobre esa base ha sido el preferido frente al conjunto de sus contrincantes. Pero calificar de “carnicería” el estado de la nación que Trump recibe, con independencia de los valores positivos o negativos que a su antecesor se quieran adjudicar, constituye una grosera y torpe manipulación de la realidad. El índice de desempleo nacional no llega al 5% de la fuerza laboral; las tasas de criminalidad vienen descendiendo sistemáticamente desde hace dos décadas; el PIB americano se sitúa en el segundo lugar mundial; el país sigue contando con la mayor economía del mundo, con las mejores y más poderosas fuerzas armadas de todo el universo, con el mejor de los sistemas universitarios, con el número más elevado de avances y galardones científicos, con una gigantesca y envidiable producción cultural… ¿Es eso una carnicería? ¿Hasta dónde tiene que deformar el populismo su descripción de la realidad para justificar sus proyectos de ingeniería económica y social?

Para el presidente americano, todo ese lamentable estado de cosas tiene un culpable: los demás, el resto del mundo, las fuerzas obscuras de una conspiración internacional y la ingenuidad propia porque “hemos enriquecido la industria extranjera, financiado ejércitos extranjeros y permitido el vaciado del nuestro, defendido las fronteras de los demás sin defender las nuestras, gastado billones fuera y permitido la ruina de nuestra infraestructura, hemos hecho ricos a otros mientras que nuestra riqueza, fuerza y confianza han desaparecido”. Frente a esa América convertida en objeto de irrisión para propios y extraños la fórmula es tan corta como sencilla: “America First”, con sus fronteras, sus habitantes, sus productos, sus trabajadores, sus intereses. “Todas las naciones tienen el derecho a poner sus intereses en primer lugar”, dice Trump, y ofrece un programa bien comprensible en su simplicidad: neo nacionalismo, neo proteccionismo, neo aislacionismo. Cierto es: en algún lugar promete “erradicar de la faz de la tierra, con la colaboración del mundo civilizado, al terrorismo radical islámico”. Y en otro, como por casualidad, asegura “reforzar las alianzas existentes y crear otras nuevas”, allá dónde estas últimas se encuentren. ¿En Moscú, quizás? En el resto, ¿qué es lo que queda en Trump de la América de Roosevelt, o de Reagan, o de Kennedy, o de Johnson, o de Obama, o de Clinton, o de Bush? ¿Dónde está la América de Truman, aquella que quería “ayudar a los pueblos libres para que resistan a ser dominados por minorías armadas o por presiones exteriores… eliminar la miseria y la necesidad, que son las semillas de los regímenes totalitarios”? ¿Dónde está la América de George Marshall, galardonado con el Premio Nobel de la Paz por el plan que lleva su nombre, aquella que decía tener una política que “no estaba dirigida contra ningún país o doctrina sino contra el hambre, la pobreza, la desesperación y el caos”?

La de Trump es más sencilla y formulaica y se limita a prometer esas cosas que tanto gustan a los populistas y tan fáciles son de repetir: “fuerza, orgullo, seguridad, grandeza”. “Make America Great Again”. En el fondo, tiene razón: con ese eslogan ha ganado las elecciones. Con ese eslogan termina su alocución inaugural. ¿Para qué cambiarlo si con él ha cabalgado hacia el éxito? Y es que, esperando contra la esperanza, convendría tomar nota de la elementalidad de los hechos. Donald J. Trump es hoy presidente de los Estados Unidos de América. Y no es otro que el promotor inmobiliario de trayectoria tan exitosa como confusa, estrella televisiva, orador grosero y extemporáneo, irrespetuoso vocero ante mujeres, emigrantes, mejicanos, periodistas, minusválidos y musulmanes, denigrador de la NATO y de la UE, de desconocida declaración de impuestos, amigo de Putin. Y según acabamos de saber, partidario de que la página digital oficial de la Casa Blanca elimine el español de sus contenidos. Digámoslo de nuevo en inglés: “This is not business as usual”. Claro que todo el mundo tiene derecho a esperar milagros.

Javier Rupérez

Consejo Asesor de Floridablanca

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