Sobre el homo digitalis, por José Ruiz Vicioso

Sobre el homo digitalis, una reflexión sobre las redes sociales

De unos años a esta parte, la irrupción de las redes sociales en nuestras vidas ha producido una enorme cantidad de bibliografía sobre sus efectos en la convivencia, en las relaciones económicas y en la configuración del poder político. Un cambio cultural tan intenso que algunos autores no han dudado en hablar de “cambio de paradigma”. A la era digital correspondería un homo digitalis, dotado de unas habilidades psicosociales que lo distinguirían de las etapas precedentes de la evolución humana. Si bien parece pronto todavía para calibrar el alcance de los cambios que las redes están provocando, sí que pueden señalarse algunas tendencias que incitan a una reflexión sosegada sobre lo que somos, y seremos, como sociedad. En este sentido, tan desaconsejable es la reacción que se opone a todo cambio, sobre todo si es inevitable -“cualquier tiempo pasado fue mejor”-, como el entregarnos sin más a la utopía cientificista que cifra todo progreso en el avance tecnológico.

Fue Giovanni Sartori uno de los que con más lucidez señaló el significado del paso de la cultura escrita a la cultura visual, de la sustitución de la palabra por la imagen. En Homo videns. La sociedad teledirigida (1997) el profesor florentino analizaba el impacto de la televisión sobre los procesos cognitivos y se adelantaba a algunos de los fenómenos que las redes sociales han llevado al extremo. Para Sartori, la primacía de la imagen estaba produciendo un empobrecimiento de la capacidad de entender. La formación basada en imágenes y no en conceptos merma la capacidad de abstracción del hombre, su capacidad de análisis científico-racional y sus posibilidades de distinguir lo verdadero de lo falso. El pesimismo de Sartori es evidente. Para él, el homo videns supone una regresión, porque limita el potencial racional de los seres humanos. Algunas de sus apreciaciones resultan premonitorias. El imperio de la vídeo-política provoca la emotivización, rompe el delicado equilibrio entre pasión y racionalidad, se funda en el espectáculo. En el reino de la imagen “la obligación de mostrar genera el deseo o la exigencia de mostrarse. Esto produce el pseudo-acontecimiento, el hecho que acontece solo porque hay una cámara que lo está rodando, y que, de otro modo, no tendría lugar.”[1] La imagen tiene un carácter prefabricado, se puede “manipular y falsear”. Estas ideas están escritas trece años antes de la aparición de Instagram y dos décadas antes de la generalización del término posverdad.

En un ensayo titulado En el enjambre (2013), Byung-Chul Han profundiza en el análisis de la revolución digital sobre la psicología y los hábitos sociales. El homo digitalis es alguien que “tiene un perfil y trabaja incesantemente por optimizarlo (…) que se expone y solicita atención.”[2] Huimos de la realidad a la imagen, porque esta es más bella, más perfecta, mejor. El medio digital nos abre una pantalla al mundo, pero en realidad nos aísla. Aunque el narcisismo domina la comunicación digital, el individuo se siente solo. El adolescente puede pasar días sin salir de su cuarto, los ojos fijos en la pantalla del móvil. La relación con el aparato digital es obsesiva.

La clave de la era digital es que sustituye la explotación ajena por la explotación propia. El individuo pasa de ser sujeto a ser un proyecto que se optima a través del medio digital. Y “la propia explotación es más eficiente que la explotación ajena, porque va unida al sentimiento de libertad.”[3] La coacción digital es más nociva porque es imperceptible. Nos hace creer que somos libres. Han se muestra muy crítico con los efectos de la digitalización. Las categorías propias del humanismo -espíritu, pensamiento, verdad, respeto- le son ajenas.

Del homo videns de Sartori al homo digitalis de Han hay la misma distancia que de la televisión al smartphone. El salto tecnológico acelera las consecuencias. Ambos análisis son de gran interés, pero parecen idealizar un tiempo previo. Muchos de los procesos que señalan están ahí. Sus observaciones son lúcidas y penetrantes. Pero no creamos que la sociedad pre-digital era necesariamente más culta o virtuosa. El ‘lector frecuente’ nunca ha sido un perfil mayoritario, y aunque hubiera sido deseable que los procesos de alfabetización se hubieran completado con mayorías más interesadas por la cultura, no hay que mitificar el pasado. Los sectores cultos siempre han sido -en términos cuantitativos- minorías sociales. En la Atenas de Pericles y en la Ginebra de Rousseau. En los Estados Unidos de Obama y en el Reino Unido del Brexit. Al fin y al cabo, cultura viene de cultivar y el hecho de cultivar-se requiere de un esfuerzo que no todo el mundo está dispuesto hacer. Sobre todo, en la sociedad de lo inmediato, donde los resultados han de ser instantáneos. La cultura tiene una temporalidad que choca con la aceleración tecnológica.

Merece la pena que nos detengamos en otro de los aspectos apuntados por Han, relativo a los efectos de la digitalización sobre la idea de la ciudadanía. Lo cierto es que las redes sociales nos han convertido a todos en marcas, nosotros mismos somos productos que explotamos y sometemos al implacable rigor del “me gusta” ajeno. Lo digital es el mundo de la cantidad, de la adición. El criterio es siempre numérico. Se impone el cuerpo más deseable. El fondo más deseado. Así, el ciudadano es al tiempo consumidor y producto del mercado de la exhibición permanente. La cuestión es cómo lograr más likes.

Esto plantea un reto. La idea de ciudadanía se funda en las nociones de responsabilidad y representación, ambas puestas en crisis por la revolución digital. Ciudadano es el que se siente responsable con la comunidad. Pero la comunicación digital ataca el “nosotros”, la vinculación común, porque crea multitudes de individuos aislados, sin alma colectiva, que no necesitan dar cuenta de sus promesas en un mundo que es siempre presente y nunca futuro. Lo digital también elimina la mediación propia de la democracia representativa. Yo me represento a mí mismo, no necesito mediadores.[4] Así las cosas, la pregunta que debemos hacernos está servida ¿cómo reafirmamos el sentimiento cívico en la sociedad digital?

José Ruiz Vicioso

EQUIPO DE FLORIDABLANCA

[1] Sartori, G. (1998) Homo videns. La sociedad teledirigida. Taurus, p. 87. (La cursiva es nuestra)

[2] Han (2014) En el enjambre. Herder, p. 28

[3] Ibid., p. 100.

[4] Ibid., p. 25-39.

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