Sin iniciativa y autenticidad no hay liderazgo*, por Julio Pomés

septiembre 14, 2015

Nunca como ahora se ha hablado tanto de regenerar la política. Es cierto que el funcionamiento de los partidos se puede mejorar bastante. Sin embargo, esto no es lo significativo para que las instituciones recuperen su prestigio y la democracia la vitalidad que tuvo en la transición. Los ciudadanos colaborarán con los políticos cuando admiren humanamente a las personas que ostentan los cargos. Sin un liderazgo construido con los valores que dieron sentido a la historia de nuestra nación, cambiar normas y reglamentos es irrelevante para reinventar la política. La gente respetará más a los representantes públicos cuando vea en ellos personas a las que admirar. Cuando esto suceda la sociedad mejorará movida por su ejemplo.

En el año 2002 inicié mi andadura con la fundación de un think tank con una misión muy clara: que fuera un cauce de iniciativas para dinamizar la libertad de las personas, para forjar una sociedad civil que sepa lo que quiere y para que aprenda a exigirlo con eficacia.

Julio Pomés durante su intervención (Foto: Partido Popular / Flickr)

Julio Pomés durante su intervención (Foto: Partido Popular / Flickr)

Descubrí que no puede existir una sociedad civil activa si los ciudadanos no ejercen su libertad, un valor que se ha adulterado muchas veces con propósitos clientelistas inconfesables. La libertad genuina es lo contrario al relativismo ético que ahora se vende como ‘progre’. Ser esclavo del propio capricho insustancial es traicionar el inmenso potencial que cada hombre y cada mujer encierra. Lo infinito que de verdad importa, no es el del cosmos, sino el de nuestro interior. El mejor potencial que albergamos y que a veces duerme toda nuestra vida sin que lo descubramos y despertemos. ¡Hay tantas vidas no vividas! Sin unas referencias sólidas profundas no puede ejercerse la libertad, porque este valor no tiene un fin en sí mismo, sino que constituye el medio para alcanzar los valores más nobles.

El problema es cuando por un cómodo egoísmo se renuncia al riesgo que encierra el ejercicio de la libertad y se la damos a quienes gobiernan, en trueque de una seguridad tan mediocre como frustrante e igualitaria, y a un coste de impuestos impagable. No realizar la propia vida por no aceptar el desafío de tomar decisiones valientes en búsqueda de la propia superación, es una traición a uno mismo y nos convierte en individuos clónicos fáciles de manipular. Cuando todo es clónico no hay fertilidad de ideas. Como decía Walter Lippmann, «cuando todos piensan de la misma manera, nadie piensa».

No habrá políticos con ideas que arrastren mientras no haya en ellos personas con iniciativa, quienes si quieren ser consecuentes con sus convicciones buscarán con ahínco la excelencia y pondrán en práctica lo que creen. Citaré algunos de los rasgos de los políticos que más decepcionan a los ciudadanos.

Vivir instalados en lo conveniente. La vaciedad de renunciar a la propia identidad para tener más aceptación social, por el temor al qué dirán, en un calculado utilitarismo, que anula el sentido de la propia vida. Decir sólo aquello que queda bien es ser un muñeco de cartón piedra que no molesta, pero que tampoco mejora la sociedad. La mediocridad más ruin es la de aquellos que se sitúan en la mediana, esa posición bisagra en la que tenemos la misma cantidad de personas que piensa en un sentido que en el opuesto. Da pena verlos mover a la deriva de una opinión manipulada por los profesionales de la demagogia. La verdad no tiene por qué coincidir con las opiniones mayoritarias de las encuestas. Obsesionarse por ocupar el punto medio del espectro ideológico es carecer de verdad propia y dejársela imponer más por la cantidad de los que están en esa posición que por los mejores. No importa que la propia posición sea compartida por la mayoría. Lo relevante es una coherencia construida desde los principios que conforman nuestra identidad.

Esconder las convicciones personales y los propios valores. Esta opacidad esconde un relativismo moral que promueve desconfianza. Como decía GROUCHO MARX Estos son mis principios inquebrantables; pero si no le gustan, tengo otros. Una persona que quiere mejorar el mundo en que vive, no puede quedarse en declaraciones ambiguas de principios, sino demostrar que sus ideas tienen consecuencias en su vida.

No perseverar en los mismos ideales. Estos deben ser pocos, esenciales, claros y fundamentados. Ir modificando los planteamientos abruptamente, o mostrar la duda constante, aunque se intente justificar, genera inseguridad y confusión.

Saber escuchar, comprender. No se trata de ceder. Esta actitud puede y debe ir unida al valor de mostrar un desacuerdo y a hacer pedagogía de lo que pensamos. Estamos donde estamos porque son demasiados los que han renunciado a defender su opinión por quedar bien.

Una disimulada soberbia. Quienes ocupan un cargo temporal, adolecen con frecuencia de cierto narcisismo, que acaba manifestándose siempre con un carácter autoritario que los electores detectan y castigan siempre. Una tonta vanidad ha hecho perder más votos que los peores errores económicos.

Aparentar que se es coherente con lo que no se cree. Esta hipocresía desprestigia y provoca una gran frustración personal. Por el contrario, la autenticidad es uno de los rasgos más valorados. Nadie da lo que no tiene y la gente se da cuenta pronto de una postura farsante. De ahí que, quien quiera contentar a todos acaba logrando la propia insatisfacción. Hay que elegir entre vencer a cualquier precio, relativizando lo que fuera menester (sofistas), o aferrarse a la verdad por bandera (Sócrates).

Carecer de una profesión civil. La gente quiere personas que han demostrado que saben valerse por sí mismos. Tener una profesión, un medio de vida para tener la libertad de irse cuando no estás de acuerdo en asuntos graves con lo que decide el partido es clave. Demostrar antes de estar en política la propia valía causa respeto. La mejor preparación para ser un buen político es haber sido empresario antes.

Reflexión final

No estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época. Las cosas ya no van a ser lo que fueron. Ahora no se puede conducir el coche de nuestra vida mirando por el retrovisor, porque el futuro ha dejado de ser la evolución del pasado. Y cuando hablo de cambio me refiero al de nosotros mismos, algo ineludible para el que pretenda ser un líder político. Animo al reto, porque no es cierto que no nos atrevemos porque las cosas son difíciles, lo cierto es que son difíciles porque no nos atrevemos. Los perdedores son aquellos que se mantengan inmóviles en un mundo cambiante. No hay nada más triste que la gente que no lucha y que prefiere someterse a la realidad sin reaccionar. No se debe ser espectadores de la  propia vida, ni permitir que otro escriba el guión a seguir. La generación de valor procede de la interacción entre lo distinto. En la medida que cada uno sea más él mismo y podrá ser un gran líder, y por tanto, mejor político.

Julio Pomés | presidente del think tank Civismo

*Intervención de Julio Pomés en la Escuela de Verano del Partido Popular. Lloret del Mar 4-IX-2015

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