Ser liberal-conservador · El tamaño del Estado

Ser liberal7La primera pregunta que debemos hacernos al comenzar el estudio de la ciencia política, nos dice Frédéric Bastiat en su ensayo “Armonías Económicas” (1850), es ¿cuáles son los servicios que deberían permanecer en la esfera privada y cuáles deberían recaer en la pública? O dicho de otro modo, dentro del gran círculo que llamamos “sociedad”, ¿qué circunferencia debería tener el círculo que llamamos “gobierno”? La pregunta es fundamental porque en cualquier sociedad el tamaño del Estado tiene un impacto directo en la libertad individual de las personas que la conforman.

Las funciones principales del Estado son la de proteger la vida, seguridad y la propiedad privada de las personas. Para cumplir dichas funciones, el Estado necesita atribuciones (legítimo poder) y recursos (económicos y humanos). Ambos componentes determinarán a su vez el tamaño de “su circunferencia” dentro de la sociedad.

Cuantas más funciones tenga el Estado (pongamos, por ejemplo, la función de asegurar que cada individuo tenga una vivienda), más atribuciones y recursos necesitará (poder coactivo para recaudar suficiente dinero entre los individuos para construir viviendas). Por lo tanto, a mayor tamaño del Estado, más poder y dinero deberemos los ciudadanos ceder, en detrimento de nuestra libertad para decidir en qué y cómo gastamos nuestra propiedad, el fruto de nuestro trabajo (a lo mejor ya tenemos una casa y no necesitamos otra… ¿por qué habríamos de dar dinero al Estado para que nos construyera una?). La “circunferencia” del Estado impacta directamente sobre nuestra libertad de elegir.

La pregunta que inmediatamente se nos plantea es: ¿acaso sabe el Estado, es decir, los individuos que gobiernan (políticos, técnicos y burócratas, en definitiva), mejor que nosotros mismos cómo gastar el dinero por “nuestro bien” y el “bien común”? A esta pregunta, los liberal-conservadores respondemos que, en la gran mayoría de los casos, no.

Los liberal-conservadores confiamos en el ser humano. Confiamos en que es capaz de vivir la vida sin tutelas y paternalismos. Que en la vida se cometen aciertos y errores, y que esa responsabilidad que tenemos nos hace individual y colectivamente mejores, despierta nuestro ingenio y nos hace progresar. Tenemos muchos más incentivos para hacer las cosas bien si sabemos que somos libres y dependemos de nosotros mismos y de las relaciones que queramos entablar con otros (nadie lo tiene todo, así que la cooperación y colaboración humana es fundamental). ¿Por qué un burócrata habría de saber mejor que nosotros lo que nos conviene? ¿Conoce mejor que nosotros cómo somos, el contexto en el que nos movemos, qué opciones tenemos a nuestro alrededor? ¿No es acaso fatalmente arrogante que el burócrata de turno conteste a lo anterior? Sí

Además de que la pura lógica rechaza esa afirmación, existen innumerables ejemplos a lo largo de la historia, tanto políticos como económicos, que demuestran empíricamente que no, que los gobiernos no suelen adoptar las mejores decisiones para el bien de los individuos y de la sociedad, ya sea porque tratan de beneficiar los intereses de unos pocos o de un grupo en particular, o porque actúan imprudentemente generando consecuencias indeseadas.

Por todas estas razones, los liberal-conservadores abogamos por un Estado de Derecho y mínimo, que se ciña a cumplir con las funciones básicas necesarias para preservar nuestra pacífica vida en sociedad—defendernos de aquellos que usan la fuerza contra nosotros, asegurar que los pactos se cumplen y que se administra justicia. También podremos asignar al Estado aquellas otras funciones prioritarias que nuestras prósperas sociedades contemporáneas se puedan permitir, y así atender a aquellos que no pueden ejercer su libertad plenamente—y por lo tanto no puedan responsabilizarse de sus vidas en las mismas condiciones que la mayoría de los individuos—.

“La gente empieza a darse cuenta de que el aparato del gobierno es costoso. Lo que aún no ven es que el peso recae sobre ellos”, dice Bastiat. ¿Hay solución? Sí. El Estado no es el único proveedor posible: en un Estado de Derecho, con más libertad—y dinero en nuestros bolsillos, que no en las arcas del gobierno—para elegir bienes y servicios, podremos encontrar mejores respuestas para nuestras necesidades y deseos (variedad de opciones, abaratamiento de precios, acceso, etc.). Beneficios que repercuten en todos, desde los más ricos a los más pobres.

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