Saltando entre las trincheras, por Gabriel Elorriaga

9788416208197Para algunos es un provocador que disfruta con su constante presencia en los medios de comunicación, para otros – yo entre ellos – es uno de los grandes pensadores del momento. El filósofo Peter Sloterdijk se define como “un socialdemócrata de toda la vida” pero sus adversarios, sobre todo desde la izquierda, le han catalogado como un liberal-conservador o un charlatán neoliberal, o sin más le han tildado de fascista y lacayo del capital. Para disfrutar con su obra conviene hacer el esfuerzo, no muy habitual y casi nunca sencillo, de dejar a un lado cualquier etiquetado ideológico previo y sumergirse entre sus argumentos con la mente en blanco. Sloterdijk por momentos resulta desconcertante ante lo inusual de su perspectiva, consigue así sorprender y finalmente sumir al lector reflexivo en una cierta perplejidad. Una perplejidad muy fértil en mi opinión.

Sloterdijk nos recuerda que cuando se habla hoy de impuestos se parte siempre de las necesidades del Estado y, en consecuencia, se presupone dogmáticamente su derecho a tomar. Por eso resulta imprescindible y urgente precisar los principios sobre los que se fundamenta su poder fiscal, su capacidad ilimitada para privar a los ciudadanos de la propiedad. Pero “nada perjudica tanto a las finanzas de un Estado como el deseo inmaduro de los ciudadanos de querer entenderlo”. La resignación impositiva no es una constante natural, añade, sino un hábito de coacción y resignación que nuestras sociedades parecen no cuestionar.

La apropiación de los bienes ajenos tiene, en opinión del filósofo, cuatro posibles fundamentos. Puede ser el fruto de la conquista y el saqueo de naciones extranjeras, una pauta constante durante siglos pero hoy descartada. Puede entenderse también como una manifestación de la tradición autoritario-absolutista, que legitima al soberano para exigir pagos como precio para mantener un orden social estable. El tercer fundamento es la “contraexpropiación”, la expropiación de los expropiadores. Si la propiedad y el beneficio son un robo, quien roba al ladrón contribuye al bien común. Lo que Sloterdijk denuncia es que, de manera algo más sutil, las naciones europeas asumen sin debate alguno una nueva versión según la cual la creación de riqueza es, ante todo, una creación colectiva. La sociedad constituye así un único empresario real, emprendedor, creador de empleo y, en consecuencia, sólo esa misma sociedad puede repartir los beneficios obtenidos. En última instancia, la “creación colectiva” de la riqueza deslegitimaría cualquier “apropiación privada” de la misma.

El cuarto y último camino, el que prefiere Sloterdijk, se enmarca en la tradición filantrópica que surge de la convicción cristiana, humanista y solidaria que hace deseable ceder una parte de lo legítimamente obtenido en beneficio de la comunidad; de ahí surge una revolucionaria propuesta de “fiscalidad voluntaria”.

cuando se habla hoy de impuestos se parte siempre de las necesidades del Estado y, en consecuencia, se presupone dogmáticamente su derecho a tomar

El ensayista alemán tiene claro que la segunda y la tercera de las justificaciones son las que imperan. En el sistema impositivo sobreviven de manera inadvertida el absolutismo y el anticapitalismo; el fisco es el verdadero soberano de la sociedad moderna. Vivimos en un orden de cosas que debe definirse como “un semisocialismo de Estado, impositivo e intervencionista”, al que debería oponerse una “reinvención sociopsicológica de la sociedad” capaz de promover “una abolición de la tributación obligatoria y la transformación de los impuestos en donaciones voluntarias”.

Que nadie se confunda, Peter Sloterdijk no es un defensor del Estado mínimo, lo que pide es una moral social distinta. No cuestiona el pago de los impuestos, pero clama porque se entiendan como un elemento de generosidad individual y no de sometimiento colectivo irresponsable. Aspira a que el ciudadano deje de considerarse a sí mismo como deudor y pase a comportarse como un orgulloso contribuyente.

Hace cinco años que lanzó la bomba tras las trincheras y aun brillan las llamas que su estallido provocó.

Gabriel Elorriaga Pisarik

 


 

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Floridablanca pregunta

¿Cómo interpretas la obligación de contribuir con el Estado? ¿Hemos de presuponer dogmáticamente el derecho del Estado a tomar? ¿Qué ha de cambiar para que el ciudadano asuma el pago de impuestos como un ejercicio de generosidad individual? 

 

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