Un rumor suficiente, por José Jiménez Lozano

La masacre de los inocentes (ca. 1310), por Giotto

La Navidad ha sido durante siglos como un simple rumor, sencillamente. Cuando el sol disminuía su fulgor en los meses invernales los hombres tenían miedo de que se oscureciera y sólo tomaron confianza cuando al fin volvía a llamear como invencible, y entonces la Iglesia del siglo IV echó mano de aquel “Sol Invictus” para evocar, como un sol sin ocaso, el Nacimiento de Cristo en una aldea judía, y en los tiempos de Augusto. Y tal fue el rumor, entonces, que dividió la Historia en un antes y un después, dejó de ser ruido y furia, y se supo que desembocaba en un jardín, un amanecer de primavera.

Esto hizo que los hombres se alzaran con la conciencia de que ya no serían nunca una cosa o un ser más en el mundo, y a los paganos cultivados les maravillaba que gentes de los estratos sociales inferiores, si eran cristianas, se mostraban con una calma, un peso, una alegría, una presencia y unos modos que resultaban incomprensibles. Pero los hombres del poder se inquietaron verdaderamente, porque el nacimiento de aquel niño había ocurrido en un establo, y nada hay que empavorezca más a un poder de este mundo que lo débil y lo frágil, el susurro y la alegría. Porque el poder administra el terror y la muerte, que está en su naturaleza no sujeta a justicia, pero resulta impotente ante la debilidad, y esto es lo que explica el miedo del rey Herodes, el miedo del comisario político, del nazi o del experto: el miedo de que en lo real haya más que la realidad, porque éste es un “plus”que no puede controlarse.

Y la verdad es que no se ha ahorrado violencia para soterrar este rumor del que vengo hablando y, sin ir más lejos, más de cien millones de cristianos han muerto como víctimas de islámicos y comunistas en el recién pasado siglo XX, en medio del silencio más cuidadoso de un mundo que cotillea a diario cualquier cosa, pero ha encargado a los poderes culturales el silenciamiento de aquel rumor en el mundo.

Se espera, ciertamente, la transformación en folklore de estos asuntos de la Navidad y que ya no sean culturalmente significativos, aunque debemos saber también que esto significa sembrar de sal varios siglos del saber y del sentir, y quedarnos sin muro de contención contra la barbarie.

A fin de cuentas, la única explicación profunda de la Primera Guerra Mundial que, como acaba de escribir George Weigel, fue en buena parte el producto de la alta cultura que en 1914 produce “un eclipse mental entre los líderes de Europa debido a la pérdida de su conciencia de la existencia de un Supremo Poder sobre ellos”, y tan es así que Karl Löwith, una de las mentes más lúcidas que se alzan frente a aquella cultura, cuando cae prisionero de los italianos, se queda asombrado del rastro cristiano que aún queda, en el trato de los jefes militares, que procuran que estos prisioneros estén a cubierto de la intemperie, devuelven tras el reglamentario registro los cigarrillos y el encendedor, y un oficial encolerizado advierte a un conductor que debía tomar las curvas “más cristianamente». Y recordamos también que Nadejda Mandelstam asegura que podía descubrir, en los funcionarios soviéticos mismos, aquellos que, siendo niños, habían estado ante un belén.

Pero Occidente ya renegó de todas estas huellas, y ha tornado a una estructura social victimaria, freudo-marxismo, y manipulaciones darwinistas y pre-hitlerianas. Es decir, a la gran cultura que engendró la Gran Guerra: la omnipotente conciencia de decidir como dioses.

José Jiménez Lozano

ESCRITOR Y PERIODISTA, PREMIO CERVANTES 2002

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