Raymond Aron y la democracia como freno a los excesos

Raymond Aron

Existen dos expresiones posibles de la soberanía popular: una radica en que la mayoría tenga los máximos poderes; la otra radica en el máximo respeto por la oposición. Del mismo modo, existen dos ideas factibles de la democracia: la primera, la máxima autonomía de los individuos frente al Estado; la segunda, la máxima igualdad entre los individuos. Ahora bien, tal vez estas dos ideas no puedan aplicarse simultáneamente, es decir, tal vez no pueda existir una sociedad donde los individuos tengan la máxima libertad respecto al Estado y, al mismo tiempo, la máxima igualdad en el orden social y económico. En el sistema democrático conviven dos tendencias: la primera, que se puede denominar constitucional o liberal, conduce a la limitación de los poderes del Estado y al reforzamiento de los derechos del individuo; la segunda persevera en la omnipotencia del pueblo o de la mayoría del pueblo y, simultáneamente, quiere alcanzar la máxima igualdad entre los individuos.

Ambas tendencias se han visto claramente representadas en la historia, pues lo que llamamos régimen democrático se ha establecido en Europa según dos procesos y dos métodos diferentes. El primer método es el británico, que ha consistido en ampliar de forma progresiva las libertades aristocráticas. Es decir, el sistema democrático británico es el resultado de una evolución del sistema monárquico de libertad de los privilegiados. El segundo es el francés, que ha pasado por una revolución, por la inversión violenta de la autoridad tradicional y la sustitución de dicha autoridad por una esencialmente nueva, fundada en un principio absoluto.

El primer método favorece, evidentemente, las democracias de tipo liberal, es decir, aquellas que ponen énfasis en los derechos del individuo. El segundo favorece la tendencia igualitaria. El británico conduce, sobre todo, a un régimen constitucional. El francés tiende eternamente a un régimen estatal.

Por lo tanto, esta oposición histórica entre dos métodos democráticos es también una oposición entre dos ideas y, naturalmente, podemos buscar en las teorías el origen de dichas tendencias. Podemos decir que la tendencia liberal está expresada en la filosofía británica de un pensador como Locke, para quien lo esencial era garantizar los derechos de las personas frente a la arbitrariedad del poder. La tendencia estatal, igualitaria, está expresada si no en El contrato social, sí al menos en su interpretación en el momento de la Revolución. En este caso, lo que resulta esencial es la noción casi mística de la soberanía popular: la idea de que el pueblo, como tal, puede y debe constituir el origen del poder y que, por lo tanto, garantizar el origen popular de los poderes es más importantes que limitar dichos poderes.

Lógicamente, si buscásemos más lejos en la historia de las ideas, encontraríamos numerosas y contradictorias filosofías en el origen de ambas tendencias. Ciertas filosofías de la democracia son filosofías optimistas, y se puede decir que la democracia inspirada en Rousseau está fundada en una visión optimista de la naturaleza humana: los hombre son buenos por naturaleza, por lo tanto, para que se gobiernen por sí mismos basta con mantener a raya la tradiciones irracionales y a los privilegiados. Ahora bien, si resulta posible justificar la democracia a través del optimismo, también es posible hacerlo a través del pesimismo. Si Rousseau justificaba la democracia mediante la idea de que los hombres son buenos, los seguidores de Maquiavelo lo hacen mediante la idea contraria. En efecto, se puede argumentar que los hombres son buenos y, por lo tanto, se pueden gobernar por sí mismos; pero se puede argumentar también que no lo son y que, por lo tanto, debemos limitar los poderes que damos a algunos; cuanto menos buenos sean los hombres, menos poder se debe dar a los gobernantes.

A mi juicio, la justificación más pertinente de la democracia no radica en la eficacia del gobierno de los hombres que se gobiernan por sí mismos, sino en la protección contra los excesos de los gobernantes.

Raymond Aron, Introducción a la filosofía política. Democracia y revolución, Página Indómita, 2015

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