Puedo prometer y prometo, por Ignacio Ibáñez

septiembre 01, 2016
Estatua de San José de Calasanz, Zaragoza

Estatua de San José de Calasanz, Zaragoza (Foto: Ecelan / Creative Commons)

Mi hija mayor acaba de cumplir tres años. El mundo florece a su alrededor y yo tengo el privilegio de acompañarla. Está en esa edad en la que aprender a discernir con claridad lo que está bien de lo que está mal, la verdad de la mentira, ha de volverse un báculo vital en su formación. Como padres, mi mujer y yo debemos ayudarla en esta tarea, que parece sencilla pero no lo es… ¿Cómo explicarle, por ejemplo, que sus actos deben ser consecuentes con sus palabras? ¿Cómo, que cumplir con lo prometido es una virtud esencial del ser humano que ella debe cultivar para sí y buscar en los demás? Y, sobre todo, ¿cómo explicarle por qué debe cumplir?

Si no fuera por mi hija quizás renunciaría a hallar respuesta a preguntas tan difíciles porque, como señalara con socarronería David Hume, encontrarle sentido a que una persona se imponga voluntariamente una obligación moral nacida de una promesa “es uno de los mayores y más incomprensibles misterios que se puedan imaginar”.  Teniendo en cuenta el reto, queda claro que mi hija me enseña más sobre la vida que yo a ella.

La preocupación que puede uno sentir por la deriva de la actual vida política y social española es, además de las cuitas parentales, otro buen incentivo para reflexionar sobre la importancia—o no, que diría ese gallego ilustre—de cumplir con la palabra dada. La actualidad no deja de darnos pie. Campañas electorales en las que el adagio “nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir” cobra hoy todo el significado que Quevedo quiso darle. Candidatos que se comprometen con sus programas electorales para luego casarse con el poder y divorciarse de lo prometido. Palabras empeñadas sobre la Constitución española -y a veces ante un crucifijo- que se lleva el mezquino viento de la ambición personal, partidista o nacionalista. Posiciones negociadoras para la formación de un gobierno solemnemente erigidas sobre una veleta. Letanía de suma y sigues.

La España infantil, que con agudeza ha diseccionado Bieito Rubido en las páginas de ABC, tiene el mejor ejemplo de su aversión a la madurez en la incapacidad de sus políticos para cumplir con su palabra y en la falta de pulso ciudadano para exigirles respeto y responsabilidades. Entonces, si hoy en día a nadie parece importarle en exceso el incumplimiento de los compromisos, nadie dimite, nadie se disculpa, ¿cómo le explico yo a mi hija que, como dice su abuela, lo prometido es deuda?

En primer lugar, le sugeriré que medite sobre sus inclinaciones porque intuitivamente podría llegar a la conclusión de que cumplir con su palabra es lo natural. Desde el nacimiento estamos predispuestos a acompasar palabras y actos. Buscamos esa armonía porque nos ayuda a definirnos y ubicarnos en relación al otro. Cumplir mide tanto el respeto que profesamos a quienes reciben nuestra promesa, como el que nos tenemos a nosotros mismos. Respeto a lo que soy hoy y a lo que quiero ser mañana, porque ser fiel a nuestra palabra nos cita con nosotros mismos en el futuro.

En la honestidad nos reconocemos y reconocemos al otro con naturalidad, pues la verdad ensalza nuestra común dignidad humana. Por lo tanto, es lógico pensar que cumplir un compromiso es bueno en sí mismo y que así es como ha de actuar la persona virtuosa y justa (Aristóteles; Cicerón). Y si mi hija me pregunta que por qué habría de amar la verdad, ser honesta, justa y virtuosa, ser, en definitiva, una buena persona, le responderé que porque será más feliz y hará más felices a los que la rodeamos y a Dios (Ecl 5, 3-4; Santo Tomás de Aquino). Esa armonía, ese acompasar el dicho y el hecho, nos conecta con el Logos, con lo que nos trasciende.

En segundo lugar, le diré que, siendo como es connatural al ser humano, la obligación de cumplir las promesas además nos conviene: es útil en nuestras relaciones con otros y juega un papel crucial en la organización política de nuestras sociedades (Locke). Independientemente de si mantenemos nuestra palabra por miedo a una represalia fruto del incumplimiento (Hobbes; Bentham) o por los beneficios que se derivan de sostener el compromiso (Gauthier; Rawls), esta convención, esta institución social existe porque aumenta la confianza entre los seres humanos e incentiva la cooperación y coordinación entre ellos. De ahí que nos interese protegerla y cultivarla. Al ser fieles a nuestras promesas, damos valor a la intersección entre lo propio y lo extraño. Producimos certezas y estabilidad en nuestras interacciones y así contribuimos a crear una sociedad más pacífica, más próspera y más libre.

Así pues, hija mía, que nuestros tiempos no enturbien tu corazón, que los malos ejemplos no condicionen tu mente. Huye de quien te diga que eres tonta por ser honesta y buena, porque quien así habla es corto de miras y aún más de entendederas. Cuando tengas la tentación de incumplir tu palabra e incluso encuentres buenos motivos para hacerlo, recuerda de dónde vienes y quién quieres ser, considera cómo tus actos afectarán a otros y piensa que la confianza que en ti se tenga será siempre tu mejor tesoro.

Ignacio Ibáñez

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