Postverdad, la utopía realizada, por José María Marco

Alegoría de la caverna de Platón, grabado de Jan Saenredam (1604)

Alegoría de la caverna de Platón, grabado de Jan Saenredam (1604)

El nuevo mundo en el que vivimos desde la revolución tecnológica se caracteriza, en lo comunicativo, por el flujo perpetuo de información, 24 horas sobre 24, los siete días de la semana. El acceso a la información es barato, gratis muchas veces. También es universal y barato, sin apenas barreras, el ingreso en el mundo comunicativo. Lo que antes estaba jerarquizado, sujeto a filtros y organizado por núcleos concentrados de autoridad, es ahora abierto y horizontal. Tampoco hay ya una visión del mundo generalmente aceptada: la información, como la propia sociedad, está fragmentada en canales, antes se llamaban esferas, que se superponen sin la menor ambición de armonía y globalidad. Se elige lo que a cada uno le gusta.

Vista así, la nueva situación parece la realización de los anhelos antiautoritarios de tiempos del 68. Al menos en la información y en la comunicación, se ha realizado la utopía de un mundo sin fronteras, sin barreras, sin jerarquías, sin autoridades -al menos sin autoridades que no estén sometidas al escrutinio y al rendimiento de cuentas perpetuo- y donde reina como soberana absoluta la decisión del individuo, que puede convertirse en fuente de información y alcanzar un poder antes inconcebible con sólo desearlo y ponerse.

Se podía esperar, en consecuencia, que quienes han hecho suyo el legado antiautoritarios de los años 60 y 70 manifestaran su satisfacción por lo que está ocurriendo. Probablemente nunca llegaron a pensar en una realización tan perfecta de lo que en su día fue un anhelo inalcanzable.

No es así, sin embargo. Resulta que el nuevo modelo comunicativo -y el mundo que le da soporte y que contribuye tan decisivamente a crear y recrear- está viciado. En vez de hechos, ahora se prefieren las narrativas o los relatos, elaborados sin contraste con la realidad. En vez de criterio, fundamento de cualquier elección racional, priman las emociones, los impulsos sentimentales que llevan a la pérdida del control sobre uno mismo. Sobre los argumentos, se impone la seducción. En vez de la búsqueda personal, que requiere esfuerzo y capacidad para discernir, nos dejamos llevar por logaritmos que nos lo dan casi todo hecho. Así que en lugar de una comprensión cabal de la realidad, nos encerramos en una burbuja informativa que sustituye la comunicación por el solipsismo, la curiosidad por la autorreferencialidad, y la participación por el voyeurismo. Sobre Sócrates han vuelto a triunfar los sofistas. De ciudadanos conscientes, hemos pasado a consumidores compulsivos; y del “empoderamiento”, que ha durado bien poco, a los “influencers”.

Total, que estamos peor que antes. Es el mundo de la postverdad, donde los sujetos ni siquiera mienten porque no saben lo que es la verdad, ni la distinguen ya de la mentira –ni les importa, cabría añadir.

¿Qué ha pasado para que la utopía libertario-republicana se haya transformado en esta pesadilla donde votan quienes no saben lo que votan y deciden los que no saben cuáles son sus propios intereses?  Tal vez la respuesta esté en lo que ocurre con todas las utopías. Y es que al hacerse realidad, esta también ha resultado muy distinta de lo previsto por quienes decían creer en ella. Los utópicos, republicanos y libertarios unidos, soñaban con un mundo en el que todos, por fin, compartieran su verdad –la única, ni que decir tiene. Ahora bien, cuando se han dado las condiciones para el surgimiento de ese mundo feliz ha irrumpido un universo variopinto, ruidoso y destemplado (exactamente como Tocqueville describía la democracia norteamericana) en el que quienes preconizaban la subversión -digámoslo así- han dejado de controlar el canal, la legitimidad del medio.

Se acabaron los monopolios, es decir el único que subsistía. Se mantienen algunos bastiones, claro está, y muy poderosos: la enseñanza, buena parte de la universidad, la cultura oficial (con independencia del color político). Nadie, sin embargo, tiene ya la capacidad de imponer su verdad sin debate, que es lo que ocurría hasta hace poco tiempo, incluido aquel momento, decadente y algo putrefacto desde el principio, cuando se dictó como nuevo dogma de fe -al modo del socialismo recién derrumbado- la metanarrativa según la cual la verdad no existía y todo -menos eso, justamente- eran narrativas, relatos, cuentos. Cuánto dolor, qué duelo inacabable al comprobar que nos han tomado en serio. Deplorable(s).

José María Marco

DEL CONSEJO ASESOR DE FLORIDABLANCA

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