Portugal: seis meses de gobierno tutelado por la izquierda radical, por Adolfo Mesquita Nunes

Antonio Costa, primer ministro de Portugal y Secretario General del Partido Socialista Portugués (Foto: FraLiss / Wikimedia Commons)

Antonio Costa, primer ministro de Portugal y Secretario General del Partido Socialista Portugués (Foto: FraLiss / Wikimedia Commons)

Los hechos son de sobra conocidos: Tras perder unas elecciones que aparentemente tenía ganadas, Antonio Costa, secretario general del Partido Socialista portugués (PS), reunió el apoyo parlamentario de dos partidos de extrema izquierda, el Partido Comunista Portugués (PCP, marxista-leninista) y del Bloco de Esquerda (BE, de corte marxista-trostkista), y se propuso gobernar Portugal apoyado por esa mayoría en el Parlamento.

De ese modo el Partido Social Demócrata (PSD, socialdemócrata) y el Centro Democrático y Social (CDS-PP, demócrata-cristiano), que habían gobernado en coalición el país, sacándolo adelante tras el rescate financiero y colocándolo de nuevo en la senda del crecimiento, se fueron a la oposición, aunque ganaron las elecciones.

Ante esta situación, solo podemos especular sobre los motivos que llevaron al PS, tradicionalmente moderado, de centro-izquierda y profundamente europeísta, a unirse con dos partidos radicales, antieuropeos (o cercanos a esa posición) que además no han querido compartir las responsabilidades de gobierno, con todas las consecuencias que tal cosa conlleva: un gobierno frágil, condicionado por radicales, que ha provocado la desconfianza tanto en la Unión Europea como de los inversores.

En mi opinión, lo que el secretario general del PS buscaba con esta estrategia era frenar a la extrema izquierda, evitando que esta creciera si el PS permitía gobernar al centro-derecha. Aterrado con la posibilidad de que un apoyo o abstención a favor de un gobierno PSD y CDS fuera entendida como una rendición a la “pérfida derecha austericida”, o un compromiso con el “cruel capitalismo neoliberal”, Antonio Costa se decantó por unirse a los radicales. En resumidas cuentas, lo que el PS quería evitar era que la extrema izquierda se alzara como única alternativa, decir que es posible una política no austeritaria en el consenso europeo.

Se podría pensar que Costa optó, entonces, por el mal menor, mermando el potencial de los extremistas al obligarlos a asumir el peso de la responsabilidad de gobierno, que como es sabido, enfría las expectativas de las promesas electorales y da paso a un realismo responsable. Esa era su idea, pero por desgracia, no es lo que está sucediendo.

Cartel electoral del Bloco de Esquerda (Foto: El-Kelaa-des-Sraghna / Wikimedia Commons)

Cartel electoral del Bloco de Esquerda (Foto: El-Kelaa-des-Sraghna / Wikimedia Commons)

Para empezar, la izquierda radical rechazó la oferta de los socialistas para formar gobierno, prefiriendo solo dar su apoyo en el Parlamento. Esto le ha permitido, a lo largo de estos meses, navegar entre dos aguas y quedarse con lo mejor de las dos ecuaciones: de todo lo bueno que hace el gobierno se ponen la medalla, mientras que de lo negativo toman distancia como si no fuera con ellos. Están con el gobierno a las maduras, pero nunca a las duras. Y lo cierto es que dicha maniobra les está siendo rentable, sin que las medidas impopulares les hayan afectado. Esta política hipócrita, que a la derecha jamás se le consentiría, a ellos se les tolera. No hay que menospreciar la capacidad camaleónica de esta izquierda radical, y menos, su habilidad para actuar conforme las circunstancias lo requieran, con una cierta complicidad de algunos medios de comunicación.

Otro aspecto a tener en cuenta es que al presidir un gobierno minoritario y dependiente de la izquierda radical, Antonio Costa no hace otra cosa que intentar ganar tiempo de cara a unos futuros comicios, pues no puede saber hasta cuándo podrá contar con el apoyo de los partidos que hoy le respaldan y le mantienen en el poder.

Así las cosas, Costa es rehén de la extrema izquierda en todas sus políticas para mantenerse en el poder: Se ha derogado la reforma laboral, que tan buenos datos estaba cosechando, se ha suspendido la reducción de impuestos a las empresas, aprobada por el anterior gobierno de centro- derecha, y el poder de los sindicatos ya se ha hecho notar, con la reducción de la jornada laboral a 35 horas, y en sectores tan relevantes como la educación. Aunque lo lógico sería pensar que todos estos “logros” serían atribuidos a Costa, son los radicales quienes se llevan los laureles. Así, el mensaje que queda establecido de cara a unas nuevas elecciones es el siguiente: si quieren que el PS siga gobernando a la izquierda, hay que votar a la izquierda radical, para que esta le presione y lo lleve por ese “buen camino”. La estrategia se le ha vuelto de este modo en contra: en vez de frenar su ascenso, la está aupando aún más.

Las consecuencias de estos meses de gobierno de los socialistas junto a la izquierda radical son ya más que visibles: la inversión ha caído a niveles alarmantes, el paro ha vuelto a subir, las previsiones de crecimiento son revisadas a la baja, y el inédito superávit en las exportaciones se está perdiendo.

Y una vez más la izquierda, con la habilidad que la caracteriza, ya ha encontrado argumentos para justificar todos estos males: toda la culpa la tiene la crisis europea, el Brexit, el petróleo, y las crisis políticas de Brasil o de Angola. Cualquier argumento es válido para explicar el fracaso, y una vez más, así se traslada a la opinión pública por muchos medios de comunicación.

Palacio de São Bento, sede del Parlamento de Portugal (Foto: Manuel Menal / flickr)

Palacio de São Bento, sede del Parlamento de Portugal (Foto: Manuel Menal / flickr)

A todo esto hay que añadir que estos partidos radicales ya han alcanzado un estatus inimaginable hasta hace pocos años. Ya son vistos como partidos de Estado, responsables y cuyas opiniones deben ser tenidas en cuenta. Al apoyarse en ellos, el Partido Socialista les ha dado la credibilidad que muchos portugueses no les reconocían. Votar a la izquierda radical era considerado por muchos, a lo largo de muchos años, como un voto inútil. Ahora, y gracias a los socialistas, aparecen como un voto útil, que nada tiene de peligroso y lo cierto es que estos partidos radicales están logrando que sus consignas antisistema sean ahora aceptadas y creíbles para muchos.

En líneas generales, esto es lo que está pasando en Portugal con la llegada de la izquierda radical al arco del poder. Los que creían que el “tocar poder” les haría más frágiles, se equivocaron. Lo que está sucediendo es justo lo contrario. Soy consciente de las dificultades a las que se afronta el socialismo europeo, y en particular el español, con esta competencia surgida a su izquierda. Pero lo que puedo decir, y en Portugal está el ejemplo, es que aceptar el abrazo del oso no es la mejor forma de combatirla.

Traducción de Adriano Silva Martins.

Adolfo Mesquita Nunes | Vicepresidente del CDS-PP portugués

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