Popper - Estado mal necesario

Popper y los principios liberales

1. El Estado es un mal necesario: sus poderes no deben multiplicarse más allá de lo necesario.

Podría llamarse a este principio la navaja liberal (en analogía con la navaja de Ockham, es decir, el famoso principio de que no se deben multiplicar las entidades o esencias más de lo necesario).

Para demostrar la necesidad del Estado no apelo a la concepción del hombre sustentada por Hobbes: homo-homini-lupus. Por el contrario, puede demostrarse su necesidad aun si suponemos que homo homini felis, es decir, aun si suponemos que -debido a su amabilidad o su angélica bondad- nadie perjudica nunca a nadie. Aun en un mundo semejante habría hombres débiles y fuertes, y los más débiles no tendrían ningún derecho legal a ser tolerados por los más fuertes, sino que tendrían que agradecerles su bondad al tolerarlos. Quienes (fuertes o débiles) piensen que éste es un estado de cosas satisfactorio y que toda persona debe tener derecho a vivir y el derecho a ser protegido contra el poder del fuerte, estará de acuerdo en que necesitamos un Estado que proteja los derechos de todos.

Es fácil comprender que el Estado es un peligro constante o (como me he aventurado a llamarlo) un mal, aunque necesario. Pues para que el Estado pueda cumplir su función, debe tener más poder que cualquier ciudadano privado o cualquier corporación pública; y aunque podamos crear instituciones en las que se reduzca al mínimo el peligro del mal uso de esos poderes, nunca podremos eliminar completamente el peligro. Por el contrario, parece que la mayoría de los hombres tendrán siempre que pagar por la protección del Estado, no sólo en forma de impuestos, sino hasta bajo la forma de la humillación sufrida, por ejemplo, a manos de funcionarios prepotentes. De lo que se trata es de no pagar demasiado por ello.

2. La diferencia entre una democracia y una tiranía es que en la primera es posible sacarse de encima el gobierno sin derramamiento de sangre; en una tiranía, eso no es posible.

3. La democracia como tal no puede conferir beneficios al ciudadano, y no debe esperarse que lo haga; los únicos que han de actuar son los ciudadanos de una democracia (incluidos, por supuesto, los ciudadanos que integran el gobierno). La democracia no proporciona más que la armazón en la cual los ciudadanos pueden actuar de una manera más o menos organizada y coherente.

4. Somos demócratas no porque la mayoría siempre tenga razón, sino porque las tradiciones democráticas son las menos malas que conocemos. Si la mayoría (o la «opinión pública») se decide en favor de la tiranía, un demócrata no tiene que suponer que por ello se ha puesto de manifiesto una incongruencia fatal en sus opiniones. Más bien debe comprender que la tradición democrática no es lo suficientemente fuerte en su país.

5. Las instituciones solas nunca son suficientes si no están atemperadas por las tradiciones. Las instituciones son siempre ambivalentes en el sentido de que, a falta de una tradición fuerte, también pueden servir al propósito opuesto al que estaban destinadas a servir. Por ejemplo, se supone que una oposición parlamentaria debe impedir, hablando en términos generales, que la mayoría robe el dinero de los contribuyentes. Pero recuerdo bien un turbio asunto que se dio en un país del sudeste de Europa que ilustra la ambivalencia de esta institución: en ese país, la oposición compartió el botín con la mayoría.

Resumiendo: las tradiciones son necesarias para establecer una especie de vínculo entre las instituciones y las intenciones y evaluaciones de las personas individuales.

6. Una utopía liberal -esto es, un Estado racionalmente diseñado a partir de una tabula rasa sin tradiciones- es algo imposible. Pues el principio liberal exige que las limitaciones a la libertad de cada uno que hace necesaria la vida social deben ser reducidas a un mínimo e igualadas en lo posible (Kant). Pero, ¿cómo aplicar a la vida real un principio a priori semejante? ¿Debemos impedir a un pianista que estudie o debemos privar a su vecino de una siesta tranquila? Todos estos problemas sólo se pueden resolver en la práctica apelando a las tradiciones y costumbre existentes y a un tradicional sentido de justicia; al derecho común, como se llama en Gran Bretaña, y a la apreciación equitativa de un juez imparcial. Por ser principios universales, todas las leyes han de interpretarse de forma que puedan ser aplicadas; y una interpretación requiere algunos principios de práctica concreta, que sólo una tradición viva puede aportar. Y esto es especialmente cierto con respecto a los principios tan abstractos y universales del liberalismo.

7. Los principios del liberalismo pueden considerar (al menos en la actualidad) principios para evaluar -y, si es preciso, modificar o cambiar- las instituciones existentes, en vez de sustituirlas. También se puede expresar esto diciendo que el liberalismo es un credo evolutivo más que revolucionario (a menos que se enfrente a un régimen tiránico).

8. Entre las tradiciones que debemos considerar más importantes está la que podríamos llamar el «marco moral» (correspondiente al «marco legal» institucional de una sociedad). Este marco contiene el sentido tradicional de la justicia o la equidad de una sociedad, o el grado de sensibilidad moral que ha alcanzado. Este marco moral sirve de base que hace posible alcanzar un compromiso justo o equitativo entre intereses en conflicto cuando es necesario. Por supuesto, no es inmutable, pero cambia comparativamente a ritmo lento. No hay nada más peligroso que la destrucción de este marco tradicional, como se propuso hacer el nazismo. Su destrucción conduce, finalmente, al cinismo y el nihilismo, es decir, al desprecio y la disolución de todos los valores humanos.

[La opinión pública y los principios liberales (1954)]

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