La ponzoña del lodazal italiano se derrama sobre Europa, por Luca Demontis

Cuando los historiadores examinen la marea populista que arrasó Italia en marzo de 2018, probablemente observarán que, aunque en los meses anteriores todo parecía inmóvil en el gran lodazal, las aguas estancadas y turbias estaban corroyendo los cimientos del orden constitucional.

Los equilibrios parlamentarios de las elecciones de marzo entregaron al Movimento 5 Stelle y a la Lega, las dos fuerzas políticas con una identidad antipolítica más marcada, la responsabilidad de buscar acuerdos para la composición del ejecutivo. De acuerdo con su vocación, siguieron una estrategia sencilla y directa: al no tener un número suficiente para constituir un gobierno que gozara de la necesaria confianza parlamentaria, optaron por dar prioridad a los intereses de partido, teniendo como objetivo la convocatoria de nuevas elecciones que permitieran a 5 Stelle canibalizar al agonizante Partito Democratico, y a la Lega obtener el control inexpugnable de la coalición de centroderecha.

El hombre más representativo de esta nueva temporada es, sin duda, Luigi Di Maio, el joven líder del M5S que desde el anonimato ha llegado en poco tiempo al escalafón más alto de las instituciones. Animado por el frenesí casi maníaco de conquistar las palancas del poder, consciente de que los verdaderos dueños del Movimento no le concederán una segunda oportunidad si fracasa, Di Maio se ha dedicado obsesivamente durante meses a reiterar una sola conditio sine qua non para cualquier negociación: su candidatura a la Presidencia del Consejo.

Mientras Di Maio luchaba, presa de una furia mística, en todas las mesas y plazas, el secretario de la Lega jugaba el papel de líder moderado y razonable. Hace años que a Salvini se le conoce por defender las tesis supremacistas y xenófobas más intransigentes, pero en los últimos meses ha querido tranquilizar a los segmentos moderados de la coalición de centroderecha, para atraerse así al grupo de votantes que huyen de Forza Italia. Los triunfos obtenidos por la Lega en las elecciones regionales de los últimos meses son buena prueba de la efectividad de su estrategia. El cambio sólo sorprendió a los que aún no conocían su perspicacia política. El ascenso de Salvini se hace aún más inexorable gracias al declive psíquico y físico de Berlusconi, quien, en algunas comparecencias públicas, ha protagonizado episodios que rozan el delirio. A día de hoy, Berlusconi es un viejo faraón del que nadie dentro de Forza Italia tiene el coraje ni la fuerza de carácter para deshacerse: Il Cavaliere sigue a la cabeza de un sistema de poder del que depende una pirámide de cargos, juntas regionales y municipales, y notables en busca de nuevas colocaciones.

Mientras las fuerzas populistas acaparaban con una implacable realpolitik los roles más influyentes de los estratos institucionales, el PD se sumía en un cupio dissolvi kafkiano, «como si la derrota les permitiera sobrevivir», poniendo de manifiesto todos los límites de sus argumentos políticos y culturales. Los miembros del Partito Democratico han interiorizado y repetido como un mantra la creencia de que «los votantes querían que nos opusiéramos», mostrando de una manera plástica hasta qué punto dependen de la retórica de los populistas. En lugar de defender la idea liberal-demócratica de que la composición del Parlamento deriva simplemente del voto de ciudadanos individuales que confían a los representantes electos la defensa de sus propios intereses, respaldaron la suposición rousseauniana de una presunta «voluntad general» que determina los roles de los representantes electos, expresión de un Pueblo mitificado que confiere a las fuerzas políticas las tareas metafísicas de gobierno u oposición. El hecho de que el único partido del gobierno italiano se haya vuelto adicto a una retórica tan alejada de los principios básicos del liberalismo dice mucho sobre el estado de salud de este último en Italia.

Los miembros del Partido Democrático son, además, rehenes de un Matteo Renzi que, al igual que el protagonista de la película La grande bellezza, no tiene interés alguno en llegar a acuerdos de gobierno, mientras mantenga intacta su capacidad de hacer que fracasen. A pesar de que dimitió inmediatamente después de las elecciones, mantuvo un fuerte poder de veto sobre el partido para demostrar que après lui, le délugeDespués de la derrota, repitió de forma instintiva el juego perdedor de la izquierda poscomunista italiana: un juego fácil, en medio del desierto de personalidades, ideas y autoridad en el que parece estar sumido el PD actual.

En la fase del nombramiento del gobierno, la Constitución italiana asigna funciones fundamentales al Presidente de la República, que se ha visto obligado a asumir un papel decisivo en los últimos meses. Durante las interminables negociaciones, el presidente Sergio Mattarella ha mantenido un perfil extremadamente bajo, solo por encima de la línea de visibilidad. Así evitó, por un lado, comprometerse con investiduras arriesgadas, apoyándose en su legitimación institucional y en su papel de centro de gravedad del sistema; por otro lado, su inercia parece ser el resultado de una estrategia dirigida a mostrar la ineptitud de los populistas cuando son llamados a asumir la responsabilidad de gobernar. Después de consultas interminables y de dos mandatos exploratorios encomendados sin éxito a los recién elegidos presidentes de las dos Cámaras, su propuesta de un «gobierno neutral» y apolítico en un país agotado por los gobiernos técnicos ha fracasado.

El aparente paso adelante llegó más bien cuando el movimento 5 Stelle empezó a sufrir derrotas electorales y caídas en las encuestas que le llevaban a actitudes menos incendiarias ante la perspectiva de nuevas elecciones, empujándole a mostrar una cara más conciliadora con la Lega de Salvini. Así nació la idea totalmente inédita de un «contrato gubernamental» entre las dos fuerzas políticas, cuya finalidad es atar «ab origene» el mandato del ejecutivo designado por el Presidente de la República. La firma del contrato es el fruto auténtico de la «imaginación al poder», absolutamente distante del dictum constitucional y sin precedentes en la historia de la República. Ambos partidos echaron mano de soluciones plebiscitarias para respaldar el acuerdo y recubrirlo con una delgada pátina de legitimidad popular.

Poco se puede decir del contenido del contrato, que reúne eslóganes electorales atrabiliarios sin siquiera intentar una síntesis orgánica: renta mínima de ciudadanía, flat tax, reformas constitucionales para una mayor democracia directa, cierre de fronteras para los inmigrantes, fin de la austeridad impuesta por los tecnócratas europeos, ecologismo, bienes comunes, introducción de la restricción de mandatos, revisión de la reforma de las pensiones, junto con fantasmadas programáticas insuperables como «quien no respeta el medio ambiente no se respeta a sí mismo”. Populismo, el catálogo es este.

Para garantizar la ortodoxia del gobierno, el contrato introduce un surrealista «Comité de Conciliación«, un Consejo de Vigilantes Nocturnos compuesto por los principales exponentes de los dos partidos y los ministros competentes correspondientes –una institución orwelliana donde el uso paradójico del término «conciliación» tiene elementos cómicos muy estudiados. El contrato consta de más de 50 páginas farragosas e inconexas, cuestionables incluso desde el punto de vista estilístico. Será recordado como la expresión más lograda de la involución cultural de nuestra época, con una torpe mix lingüístico a caballo entre las proclamas motivacionales de una empresa multiutility «construida para ti» y la burocracia de una delegación provincial de Tráfico.

Así de empapada del más puro constructivismo está la rebelión de las masas italianas, animada por la idea de poder aplicar un contrato abstracto a la realidad política sin ninguna capacidad no ya de expresar, sino siquiera de comprender la necesidad de tener un diseño orgánico y coherente de reformas sociales. Sin ninguna identidad histórico-política reconocible, la Große Koalition populista nace claramente incapaz de gestionar una maquinaria administrativa mínima, de tener influencia sobre los funcionarios ministeriales romanos más poderosos, de atraer a una clase gobernante competente o de mantener relaciones decentes con los países democráticos liberales occidentales.

Con una total falta de educación política y de la sensibilidad necesaria para comprender las sutilezas de cualquier acción reformista efectiva, Di Maio y Salvini se han dejado seducir por la idea de confiar la ejecución del contrato a una personalidad elegida entre currículums pasados por el tamiz de Google. Y fue el profesor de derecho privado Giuseppe Conte el que superó esta rigurosa selección, y recibió del Presidente de la República la tarea de formar gobierno. Carente de toda experiencia política o administrativa, se trata de un figurante que representa simplemente la fascinación que ejerce en el italiano medio cualquier persona con las cualificaciones para llamarse «Doctor» o «Profesor”. Al carecer de cualquier poder de negociación, se ha limitado a presentar al Presidente de la República una lista de ministros impuesta por los hambrientos aliados.

A pesar de la confianza depositada por el jefe de Estado, la negociación ha encallado en la propuesta de confiar el Ministerio de Economía a Paolo Savona, uno de los más conocidos partidarios de la salida de Italia de la Eurozona, obviamente inaceptable para Mattarella. El hecho de que los populistas no hayan permitido a Conte proponer un nombre alternativo, abortando de ese modo el gobierno en ciernes, muestra hasta qué punto el jurista ha sido un simple monigote a inmolar para provocar el choque con el jefe de Estado, e iniciar así una nueva campaña electoral en un clima de confrontación radical. En la jornada del domingo, Salvini y, sobre todo, Di Maio han vertido sobre el jefe de Estado una cantidad de veneno sin precedentes, llegando a proponer su imputación por alta traición a la Constitución. A partir de hoy, Mattarella encarnará, en la retórica de los populistas, al Palacio que se opone a la Voluntad general del Pueblo: una posición que deviene tanto más delicada cuanto privada de la cobertura política tradicionalmente garantizada por el Partido de referencia, el Democratico, demasiado ocupado ahora en lamentarse de sus desventuras para poder desempeñar la tarea de dique institucional.

Los mundos, incluso los políticos, no terminan con una explosión sino con un molesto lamento, como sabía Thomas S. Eliot. Y está claro que en Italia, un mundo político, el de la Segunda República, ha llegado a su fin. Ahora bien, aunque en su ocaso se oye un lamento ensordecedor, los vagidos de un mundo nuevo andan todavía muy lejos.

Luca Demontis

PhD CANDIDATE AT THE SCUOLA INTERNAZIONALE DI ALTI STUDI OF THE FONDAZIONE COLLEGIO SAN CARLO IN MODENA, ITALIA
TRADUCIDO POR

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