¡Ojalá vivas tiempos interesantes!, por Manuel Campos Campayo

"La verdad, el Tiempo y la Historia" (también conocido como Alegoría de la adopción de la Constitución de 1812), Óleo de Francisco de Goya, Nationalmuseum (Estocolmo, Suecia)

«La verdad, el Tiempo y la Historia» (también conocido como Alegoría de la adopción de la Constitución de 1812), Óleo de Francisco de Goya, Nationalmuseum (Estocolmo, Suecia)

“¡Ojalá vivas tiempos interesantes!” Así dice una maldición china. Desconozco si los tiempos que corren son interesantes, pero no cabe duda de que son desconcertantes. Vivimos bajo el caudillaje de lo “políticamente correcto”. Separarse, aunque solo sea un poco, de la senda de la corrección y emitir juicios u opiniones que no se ajusten a los parámetros impuestos por la nueva inquisición social conlleva la inmediata lapidación moral y el desprecio a cargo de los medios de comunicación y de las redes sociales. Planteamientos heterodoxos o ideas alejadas del discurso oficial suelen ser automáticamente rechazadas y vapuleadas en la arena pública sin, tan siquiera, detenerse a pensar acerca de su validez o su coherencia. Al final, acabamos por trasladar mensajes vacíos y carentes de todo atisbo de profundidad y sentido, por miedo a la reacción de una masa de anónimos enfurecidos. El resultado es la mediocridad generalizada que únicamente se atiene a una pseudo-ideología, plana y barata, adormecedora de la sociedad, a la que inhibe de cualquier debate mínimamente estimulante.

En 1998, el pensador y politólogo francés Bernard Manin reflexionaba sobre la “democracia de las audiencias” en su obra Los principios del gobierno representativo (Alianza Editorial, 1998). Manin exploraba la interrelación entre el sistema político democrático y el modelo de las audiencias televisivas, afirmando que son los medios, o los partidos, o las élites a través de ellos quienes terminan por modelar la opinión pública. La reciente campaña electoral no deja de ser un fiel reflejo de este fenómeno. No ha sido una campaña de ideas, ni de principios y, quizás, haya sido la más personalista de los últimos años. Dos de los principales candidatos (y lo mismo podría decirse de sus partidos) se han forjado en los platós televisivos, mientras que los otros dos han utilizado la televisión como principal plataforma para venderse.

En las últimas décadas hemos convertido la descentralización en un principio sacrosanto, cuasi inviolable

Los debates electorales han dejado de ser un recurso para intercambiar y confrontar ideas y se han convertido en un vano esfuerzo por no decir una tontería. Los telespectadores están más pendientes de las meteduras de pata —al final es lo único que se recordará del debate— que de los principios o las propuestas. Los políticos y sus asesores, temerosos de la enardecida reacción que algún comentario pueda despertar, limitan sus mensajes a frases cortas y neutras que, por supuesto, apenas dicen algo.

Ahora que atravesamos un período complejo y de profundas transformaciones, necesitaríamos más que nunca altura de miras y sentido de Estado, pero, por desgracia, nos estamos encontrando con el ego, la ambición, la mediocridad y la simpleza más chabacana.

Hoy, el principal problema de España es su modelo territorial. Cada vez se hace más acuciante darle una respuesta, pues existe el riesgo de que acabe por enquistarse, si no lo está ya, y estalle en cualquier momento, arrastrando al país no se sabe dónde, cuando apenas nos estamos recuperando de la peor crisis de los últimos años. El debate sobre las soluciones que han de plantearse debería estar guiado por figuras de alto nivel que las propusieran en aras del interés general, desterrando las motivaciones partidistas y la temida corrección política.

MARCIAL PONS - HISTORIA DEL ESTADO ESPAÑOLComo explica el catedrático de Derecho Administrativo, Ramón Parada, en el combativo y certero prólogo (bajo el sugerente título “Sobre el fracaso de la descentralización política”) de la obra Historia del Estado español, “Nada más oportuno en este momento de profunda crisis institucional que este libro de Enrique Orduña sobre la historia del Estado español. Una crisis que, al parecer de los opinantes mediáticos y políticos, únicos que se dejan escuchar en democracia, fundamentalmente tertuliana, que tanto recuerda los gritos y lamentos de los pontífices regeneracionistas de principios del siglo XX, supone nada más y nada menos que la descalificación de la organización política nacida de la transición de 1978, necesitada, al parecer, cuando menos, de una profunda reforma constitucional; sin perjuicio de que otros más jóvenes e impetuosos y con supuesto gran porvenir político nos propongan una ruptura total con ese ‘infausto’ pasado y la apertura de un nuevo y radical proceso constituyente”.

Frente a los desafíos de quienes construyen su propia historia, alterando la realidad y amoldándola a sus propios intereses, resulta imprescindible acometer reformas y decisiones sin que tiemble el pulso y sin olvidar nunca nuestro pasado. Desmemoria muchas veces autoimpuesta por el engañoso propósito de no herir sensibilidades y en aras, una vez más, de la corrección política (¡no vaya a ofenderse alguien!). En las últimas décadas hemos convertido la descentralización en un principio sacrosanto, cuasi inviolable, acentuando la interminable cesión de competencias de la Administración central y obviando los peligros que implica la fragmentación del poder político. Incluso hay quien propone más concesiones para apaciguar el ánimo de aquellos que no buscan más autonomía, sino la simple y llana independencia.

La Constitución de 1978 rompe con la tradición centralista española y adopta un modelo de Estado claramente descentralizado no exento de problemas, como vemos hoy. ¿Pueden enmendarse? Quizás la recuperación inmediata de competencias sea una quimera, pero una reorganización de las instituciones y una adecuación a la nueva realidad es factible. Tan solo hace falta la voluntad política de nuestros representantes. El problema reside en que en España la razón y el sentido de Estado hace tiempo que duermen el sueño de los justos.

Citando nuevamente a Ramón Parada: “Y terminemos ya señalando que no hay atajos para entender, algo mejor y nunca del todo, estas tensiones entre los poderes del Estado, así como las demás patologías y disfunciones de nuestra crítica situación institucional. Por ello, más allá de tantos análisis superficiales, como los apocalípticos sermones orteguianos y de otros regeneracionistas del pasado y del presente, así como de tantas propuestas de reforma constitucional formuladas a bote pronto desde toda suerte de trincheras, no hay otro camino fecundo para acometer con alguna esperanza la sanación del Estado que recorrer y repasar de nuevo, minuciosa y pacientemente, los empedrados y doloridos caminos de la historia”.

Manuel Campos Campayo

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