Neoliberalismo y otras cantinelas de la izquierda, por Luis Asúa

La nueva izquierda se apoya en una serie de cantinelas o mantras negativos que estamos dejando pasar sin entrar en el debate. Por ejemplo, no se cansan de afirmar que la pobreza afecta a un tercio de los españoles. Este argumento ha sido desmontado brillantemente por Joaquín Leguina en un artículo (¿Hay un 22% de españoles pobres? El Mundo, 14 de julio de 2015).

dogma

También hay otras cantinelas más habituales que son más “de toda la vida”: el “buenísmo”, las promesas sin cuantificar o el recurso de la persecución del fraude fiscal para financiarlo todo, la fractura social (ricos/pobres; PP contra todos, jóvenes contra mayores) y demás etcéteras que todos conocemos.

Hoy me propongo abordar la cantinela del neoliberalismo. El mantra (negativo, si es que existe; sería más bien un conjuro) es “el neoliberalismo está estrangulando a los pueblos” y genera desigualdad, pobreza y todos los habituales males sociales (¡hasta hace que haya más violencia doméstica!).

En mi opinión, se defiende muy poco al capitalismo como mejor fórmula para resolver los problemas sociales. La desigualdad (que no la pobreza, son categorías distintas) se ha incrementado en España porque el paro está en números desorbitados. Pero no así la pobreza. Por el contrario, su erradicación está al alcance de la mano. Gracias al capitalismo y a los principios liberales se ha producido una verdadera revolución en la lucha contra la pobreza en el mundo. Según el Banco Mundial, la pobreza se ha reducido del 44% en 1981 al 12% de hoy. Todavía hablamos de casi mil millones de personas, pero es que hace muy poco casi la mitad de la población mundial vivía en condiciones de miseria.

Un indicador importante del avance que estamos viviendo – y en esto sí, también de la desigualdad- es la esperanza de vida, que ha pasado durante el siglo XX de apenas 50 años a los 70 años de media de hoy (con lógicas diferencias particularmente en África).  En España, la esperanza de vida es de 82  años y es simplemente falso –otra cantinela de la izquierda- que existan enormes diferencias entre regiones o barrios en nuestro país.

Volvamos al neoliberalismo. Jose G Merquior elaboró una teoría del liberalismo (me resisto a llamarle doctrina) basada en cuatro tipos de libertades.

En primer lugar estarían las libertades de tipo negativo, en el sentido de que el liberalismo propugna que el individuo no debe estar sujeto a interferencias arbitrarias o innecesarias por parte de ningún poder. Es el famoso “laissez faire” o, en castellano, la idea que todo lo que no está prohibido debe estar permitido (no se aplica en España, y no es una broma. El paradigma es el contrario, licencia previa para cualquier actividad).

El segundo grupo de libertades serían las positivas o el derecho a participar en las cuestiones públicas: derecho a ser elegido, a votar, a ser escuchado.

El tercer grupo de libertades lo constituyen las libertades interiores, es decir, las que tienen que ver con la libertad de conciencia y pensamiento y las conductas que se derivan de éstas. De ahí el nulo entusiasmo que nos produjo a muchos liberales la ofensiva del PP contra el matrimonio gay. Este es un grupo de libertades que hay que tener siempre muy en cuenta para evitar caer en conservadurismos reaccionarios.

Y por último la libertad más moderna, que es la que tiene que ver con la persona y su derecho al desarrollo personal. Es la libertad en la que se establecen las bases para todas las políticas liberales que promueven la igualdad de oportunidades.  Nada que ver con el igualitarismo forzado de la izquierda.

Dentro del liberalismo hay tendencias que suelen reflejar un mayor énfasis en uno u otro grupo de libertades. Los neoliberales potencian las primeras libertades y prácticamente desechan las últimas. Los denominados socio-liberales potencian las últimas, las que tienen que ver con la igualdad de oportunidades.

© Quino

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Hoy la nueva izquierda está algo de capa caída. Menos mal que la exposición de sus contradicciones y su absoluta inviabilidad en estos (y otros) tiempos les está  colocando en el lugar electoral que les corresponde –alrededor del quince por ciento del electorado- pasadas ciertas y comprensibles exasperaciones (y desesperaciones).

En Europa, esta nueva izquierda, junto con la ultraderecha y el nacionalismo, quizás sean un síntoma de un sentimiento más profundo de pesimismo. Países muy envejecidos, con sistemas económicos y políticos poco dinámicos y que, en su más alta expresión en la dirección de la UE, no responden a modelos representativos que contengan la mínima cercanía que se debe exigir al liderazgo. Un continente que genera una enorme incertidumbre precisamente entre quienes más ilusionados deben estar: los jóvenes.

Pero esto puede ser motivo de otro artículo.  Vuelvo al liberalismo.

Borges, en una frase genial, rescatada para lo que nos concierne por Rodríguez Braun,  dice que “Hume notó para siempre que los argumentos de Berkeley no admiten la menor réplica y no causan la menor convicción”. Al liberalismo le pasa lo mismo. Sintámonos orgullosos de su papel, esta vez sí, absolutamente revolucionario que está trayendo una enorme prosperidad al mundo.

Finalmente, una nota para el debate. Neoliberalismo equivale a una parte importante pero parcial del ideario liberal. Entiendo que les escueza –me refiero a la nueva izquierda- cuando se les llama neocomunistas. Indignémonos con más justicia cuando a todos los liberales se nos cercena parte de nuestro ideario llamándonos neoliberales.

Luis Asúa Brunt
FLORIDABLANCA CAFÉ

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