Mi deuda con Leopoldo Calvo-Sotelo y la de todos nosotros, por Ana Capilla

Uno de los miembros de mi tribunal de tesis doctoral me sorprendió al señalarme que creía que había tratado en la misma un tanto injustamente al presidente Leopoldo Calvo-Sotelo. Una afirmación que, como digo, me dejó algo atónita porque el segundo Presidente de Gobierno de la democracia siempre me ha suscitado más simpatías y admiración que su antecesor en el cargo. Quizás precisamente por eso en la tesis me esfuerzo más por entender y tratar de justificar algunas de las muy cuestionables decisiones de Adolfo Suárez y, en cambio, me detengo menos en las virtudes que adornaban al político gallego. Sirva este artículo para saldar mi deuda con D. Leopoldo Calvo-Sotelo y explicar porqué todos nosotros tenemos una profunda deuda de gratitud con él.

Aún hoy en día la larga sombra de Adolfo Suárez sigue eclipsando la de este ingeniero de caminos con una evidente vocación política y sentido de Estado. Así, por ejemplo, es una lástima que el líder de Ciudadanos se empeñe tanto en convertirse en el Adolfo Suárez de la Segunda Transición que proclama y no haya hecho ningún guiño a Calvo-Sotelo. Pese a que fue éste el primero que trató de reconducir el proceso autonómico y solventar, siempre a favor del Estado y de la unidad nacional, algunos de los problemas derivados del fallido capítulo VIII de la Constitución. Lo hizo, además, de acuerdo con el principal partido de la oposición, el PSOE, con el que firmó en julio de 1981 los primeros pactos autonómicos, que un año más tarde se plasmaron en la famosa Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico.

No fue el único desafío al que se enfrentó ni el más grave. Cabe recordar que durante su debate de investidura, en febrero de 1981, se produjo el intento de Golpe de Estado. Por si no fuera suficientemente difícil tomar las riendas del Gobierno después de la inesperada dimisión de Suárez, además tuvo que encargarse de restablecer la normalidad constitucional tras aquélla infausta noche. Se encargó de restañar la herida lo mejor posible a fin de evitar secuelas indeseadas que truncaran la incipiente democracia española y ello le obligó a retrasar otra de las grandes aportaciones de su breve legislatura, el ingreso de España en la Alianza Atlántica. Una decisión que su antecesor había demorado en el tiempo, mientras se abrazaba con Arafat o visitaba la Cuba de Fidel Castro. Leopoldo Calvo-Sotelo, que había dirigido las negociaciones de adhesión a las Comunidades Europeas, sabía que España tenía que ganarse el sitio que merecía en la escena internacional de la que había estado marginada durante casi cuatro décadas, y que para ello nuestro país debía demostrar su compromiso incondicional con el resto de países occidentales.

Leopoldo Calvo-Sotelo en una sesión del Congreso de los Diputados

Foto: EFE

El presidente Calvo-Sotelo inició la tramitación para la adhesión de España al Tratado de Washington de la OTAN en tiempo de descuento, consciente de que el grado de descomposición de la UCD suponía que en poco tiempo iba a perder la mayoría parlamentaria. Fue uno de los últimos grandes servicios que rindió a España, pues sabía que el PSOE no se atrevería a dar el paso después de la utilización electoralista que había hecho de la cuestión. A pesar de la intensa campaña en contra y de la movilización popular sin precedentes, Leopoldo Calvo-Sotelo convirtió a España en el miembro decimosexto de la Alianza Atlántica y libró a nuestro país de una de las últimas hipotecas heredadas del franquismo. Me refiero a los acuerdos bilaterales con Estados Unidos, firmados por primera vez en 1953, y en virtud de los cuales nuestro país contribuía a la seguridad europea y asumía los riesgos que de ello se derivaban pero sin derecho a participar de la cláusula de seguridad mutua.

A finales de agosto de 1982, Leopoldo Calvo-Sotelo sorprendía a todos con el anuncio de la convocatoria de elecciones anticipadas porque no se daban las condiciones mínimas para iniciar un nuevo periodo de sesiones de las Cortes. Había perdido el respaldo de la mayoría parlamentaria y, en consecuencia, entendía que no podía seguir ejerciendo como Presidente del Gobierno. Podría haber intentado buscar acuerdos estables o puntuales con los nuevos partidos de Suárez, Alzaga o Garrigues o, incluso, con la Alianza Popular de Fraga. Haber ganado tiempo para mejorar las perspectivas electorales de UCD y suavizado el batacazo electoral de esta formación. Eso sí, era un tiempo que hubiera ganado a costa de todos los españoles y generando una situación de desgobierno e incertidumbre que hubiera ido en contra de los intereses de nuestro país. Pero Leopoldo Calvo-Sotelo prefirió ser consecuente hasta el último momento y mantener sus convicciones por encima de sus conveniencias.

Ana Capilla
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