El debate sobre Mayo del 68 en la política francesa, por Ana Capilla

En abril de 2007, el por entonces candidato a la Presidencia Nicolas Sarkozy celebraba un encendido mitin en París-Bercy en el que invitaba a los franceses a cerrar definitivamente el capítulo de Mayo del 68. Acababa de superar la primera vuelta de las elecciones presidenciales y se enfrentaba en la segunda a la líder socialista Ségolène Royal. En la recta final de una campaña en la que el líder de la UMP había puesto el énfasis en los valores y en la identidad nacional, lanzó un ataque a la izquierda heredera de Mayo que suponía una revisión y desmitificación de lo acaecido en la turbulenta primavera parisina de ese año.

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En palabras de Sarkozy, la izquierda francesa era aún, casi cuatro décadas más tarde, rehén del relativismo intelectual y moral que alimentó la revuelta y, en consecuencia, culpable de muchos de los males que padecía la sociedad francesa. El ejemplo más claro era la educación, que se había resentido muy negativamente desde entonces al desterrar de las aulas el principio de autoridad y la excelencia. El candidato de la derecha acusaba a sus oponentes políticos de haber arruinado el sistema educativo francés. A la hora de elegir entre Jules Ferry y Mayo de 68, se habían inclinado claramente por este último.

No toda la audiencia de Bercy recibió con igual entusiasmo este mensaje. André Glucksmann escribiría poco después un libro junto con su hijo para explicarle al ya Presidente de la República que él mismo le debía mucho más de lo que creía a lo sucedido en la Universidad de Nanterre o en la Renault Boulogne-Billancourt en mayo de 1968, cuando él tan solo contaba trece años. En ese libro el intelectual abunda en algunas de las ideas por él expresadas en el mitin de Bercy, en el que ejerció de telonero de Sarkozy. Glucksmann dijo entonces que él apoyaba al candidato de la UMP porque éste representaba la apertura de la sociedad francesa y la ruptura con 25 años de parálisis e inercia.

Este discurso de Sarkozy tuvo su respuesta cuatro años más tarde, cuando François Hollande fue elegido como candidato por el Partido Socialista a las presidenciales de 2012. Hollande comenzó su campaña al Elíseo reivindicando la herencia de aquellos que en mayo del 68 se echaron a las calles para pedir un cambio. El candidato del Partido Socialista quiso dejar bien claro con sus palabras que la izquierda seguía enarbolando aquella bandera con orgullo, para resaltar que ellos siempre estaban del lado de los indignados (en este caso Hollande también contaba con invitados muy mediáticos como Stéphane Hessel) y de los que se rebelan contra la injusticia y los convencionalismos.

El 50 aniversario de Mayo del 68 coincide, por primera vez, con un Presidente de la República que no sólo no conoció de primera mano estos acontecimientos, sino que nació casi una década después. Precisamente por este motivo, Macron sopesó la posibilidad de conmemorar oficialmente esta efeméride, pues entendía que su juventud le permitiría hacerlo sin prejuicios ni dogmatismos. Era una apuesta arriesgada para un Presidente que prácticamente inauguró su mandato con una muy contestada reforma laboral, y al que tampoco le ha temblado el pulso a la hora de enfrentarse a los poderosos sindicatos franceses, incluido uno de los más temidos, el del sector ferroviario.

¿Qué era, por tanto, lo que le atraía de esta posible celebración? ¿Qué lectura pretendía hacer Macron de Mayo del 68?

El primer aspecto que se quería destacar de las revueltas parisinas fue su gran repercusión internacional y su conexión con los otros 68 (la primavera de Praga, las manifestaciones por los derechos civiles en Estados Unidos, los movimientos estudiantiles de México y varios países europeos, etc.). Una línea argumental plenamente coherente con la idea transmitida por el Presidente a los embajadores franceses en los primeros días de 2018, según la cual Francia debe aprovechar el impulso de las transformaciones que el Gobierno está llevando a cabo para ganar más influencia en el exterior y recuperar el liderazgo internacional.

EFE

El Elíseo creía que había otra lectura interesante de Mayo del 68. Es su defensa de la utopía frente a la desilusión y la abulia en la que estaba instalada la sociedad francesa. Sólo hay que recordar el visionario artículo de Viansson-Ponté en Le Monde, “Cuando Francia se aburre”. Macron y su entorno parecen reconocer así el gran riesgo que supone la ausencia de un proyecto político ilusionante, tanto a nivel nacional como europeo. Los ejemplos de sus vecinos demuestran que no se puede articular una mayoría social en torno al frío discurso de los resultados económicos, y que si se persiste en esa vía será difícil contener el crecimiento de los movimientos populistas.

El Presidente Macron, finalmente, no ha querido realizar una celebración oficial del 50 aniversario de Mayo del 68, consciente quizás de que la misma iba a coincidir con un periodo de gran agitación social teniendo en cuenta la ambiciosa agenda reformista que está llevando a cabo. También parece tener muy presente que en la segunda vuelta de las presidenciales hubo una alta abstención y que se batió el récord de voto en blanco y nulo. Por tanto, uno de los grandes retos de su mandato es concitar la ilusión de los franceses porque, tal y como señaló Viansson-Ponté en el mencionado artículo, sin entusiasmo no se construye nada. Por eso, afirmaba el periodista, la política no puede ser mera gestión de los asuntos públicos sino que se trata también de conducir a un pueblo, de abrirle nuevos horizontes.

Ana Capilla

 

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