Mayo del 68. La revolución irredenta, por Julia Escobar

“Elle est retrouvée. / Quoi? -L’Éternité / C’est la mer

allée / Avec le soleil”.  Arthur Rimbaud.

Hubert Beuve-Méry

¿Quiénes son estos gamberros?”, preguntó a sus colaboradores Hubert Beuve-Méry, director del periódico Le Monde, cuando por fin pudo llegar a la redacción, el 24 de mayo. “Son nuestros hijos, señor”, le contestó su secretario de redacción. Y hasta un mes después no dio su diagnóstico: “Su victoria será puro nihilismo y no pueden preverse las dimensiones de la tragedia”.  El pronóstico era cierto, desde luego para el primer enunciado; respecto al segundo, todavía estamos viéndolas venir en todas partes, en las instituciones, en los partidos políticos, en los tribunales, donde se ha postergado el objeto en beneficio del sujeto, en los gobiernos de casi todos los países (aunque el fanal que alumbra por el este de Europa permite tener alguna dudosa esperanza). Y todo ha sido posible gracias a la extensión y consolidación de las más burdas mentiras de la historia del pensamiento humano, esos principios democráticos que quedan tan bien en los himnos y las canciones y con cuya música todos estamos de acuerdo: la libertad (puro totalitarismo) la igualdad (para lo peor), la fraternidad (más de lo mismo).

Porque esa revolución burguesa de mayo del 68, que llevó a cabo la generación de los actuales -y ya jubilados- notarios, registradores de la propiedad, políticos y catedráticos (ya predijo Ionesco que acabarían siéndolo), los mismos que ahora se quejan de que sus hijos y sus nietos no les respetan porque siguieron su ejemplo y sus enseñanzas, confundió todos las verdades, e inició esa desafortunada anulación de jerarquías que está acabando con el individuo, dando pie a una sociedad que necesita creer en el progreso “para garantizar al hombre que transformará el universo y logrará labrarlo a la medida de su anhelo” (Nicolás Gómez Dávila, Textos, I) pues, “si el mundo, la sociedad y el individuo no son, en efecto, reducibles a meras constantes causales, aún el empeño más tenaz, más inteligente y más metódico puede fracasar ante la insospechable historia de las sociedades, ante las imprevisibles decisiones de la conciencia humana. La libertad total del hombre pide un universo esclavizado·” (NGD, Textos, I). Y en eso estamos.

Bruno Barbey – Sorbona, París, Francia, mayo 1968

Decía Simon Leys que una revolución, para triunfar, no necesita tanto cierto grado de inteligencia por parte de los revolucionarios como cierto grado de estupidez por parte de los gobernantes contra la que va dirigida. En esa revolución tan emocionante, protagonizada por la alegre muchachada, espoleada y sustentada ideológicamente por sus “maîtres à penser” (de Sartre a Deleuze), inteligencia y estupidez estaban bastante equilibradas por ambos lados, y por eso, primero perdió y luego ganó; sus “ideales”, nacidos de la empanada mental que se cocía en todos los países occidentales (Estados Unidos a la cabeza), eran bonitos, fáciles de enunciar e inevitablemente totalitarios, pero -lo recuerda Jean-François Revel en sus Memorias“los revolucionarios de 1968 en Europa no fueron conscientes de que en el fondo, la inspiración del “movimiento”, como decían en Estados Unidos, era de esencia liberal e individualista, opuesta al estatismo y al colectivismo (…) mas “en plena lucha final”, la fraseología leninista-maoísta pesaba demasiado en los espíritus franceses como para no sepultar bajo sus escombros el impalpable rocío matinal del ímpetu primitivo y espontáneo.” Carlos Semprún Maura, que recoge y apoya las tesis revelianas, las resume así, en un artículo conmemorativo de los 40 años de la revolución (“Los eventos que acontecieron en la rúa”, Libertad Digital): “Como dijo Revel, los aspectos lúdicos y libertarios, pero a la vez gamberros y violentos, que tuvo el movimiento en sus inicios fueron aplastados por esas ideologías totalitarias. Las manifestaciones se militarizaron cada vez más, aparecieron retratos de Stalin y Mao en el patio de la Sorbona. (…) una tremenda regresión bajo oropeles novedosos, pues ‘el poder está en la calle’, afirmaban también, antes de irse de vacaciones.”

Una labor de destrucción de la sociedad, como la que salió de aquellas barricadas, requiere un montaje que alimente ese estado de perpetua alienación y simpleza mental, un montaje hecho de publicidad, difundido por los medios de comunicación -y apoyado ahora por las redes sociales- y de política multicultural y pluripartidista. Todos ellos contribuyen, con tenacidad y considerable éxito, a halagar los más bajos instintos del ser humano: la cursilería (inigualable, la de algunos de los eslóganes parisinos), la “empatía” y la sensiblería exacerbada, que mantienen al rebaño satisfecho; y si hace falta un enemigo, que siempre es necesario para canalizar una posible e incluso deseable, rebeldía, serán los “otros”, los reaccionarios que les critican.

Esta es la sociedad que se ha construido con los adoquines de las barricadas del mayo del 68. Pero debajo del pavimento no estaba la playa, ni siquiera la eternidad, pues ésta se había fugado con el mar y el sol, para reunirse en Abisinia con Rimbaud, que quería recuperarla.

Julia EscobarApp-Twitter-icon
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