Mayo 68. La revolución y el fin de la izquierda, por José María Marco

Alexander Solzhenitsyn – Stanford, California © Peter Gerba

En noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética tuvo lugar dos años después, en agosto de 1991. En realidad, el Muro había caído en 1968, más precisamente entre mayo y agosto, cuando la invasión soviética de Checoslovaquia, y el comunismo había terminado de entrar en colapso cuando se publicó en París Archipiélago Gulag. Es posible que sin los meses que mediaron entre mayo y agosto de 1968, Archipiélago Gulag no habría encontrado la misma credibilidad, como no la habían alcanzado en su tiempo las denuncias y de lo que estaba ocurriendo en la Rusia soviética. Fue, efectivamente, la rebelión antiautoritaria de Mayo 68 la que se llevó por delante el prestigio del comunismo. Las siglas de ultraizquierda, la retórica marxista –de una infinita pesadez-, la invocación de la lucha de los trabajadores, la fascinación por Trotski y Mao, todo lo que solemos olvidar de la fiesta sesentayochista, no debe llamar a engaño. En aquellos mismos momentos se estaba disolviendo la fe comunista, esa religión política que había llevado a millones de personas a creer -creer como hoy nadie se imagina ya que se pudo creer- en el advenimiento de un mundo nuevo, con un ser humano nuevo y nuevas relaciones sociales presididas por la Razón, la Justicia y la Igualdad.

La Revolución de Mayo iba a hacerse contra la trivialidad del parlamentarismo, el aburrimiento de la vida burguesa, la hipocresía de unas relaciones alienantes y la opresión de las masas por la alianza de burócratas y plutócratas. Nadie sabía cómo, pero el caso es que parecía a punto de hacerse realidad una alternativa a la democracia liberal. Más directa, más auténtica, la democracia estaba a punto de reflejar los deseos de quienes se proclamaban libres de cualquier sujeción. En realidad,lo que lograron aquellos revolucionarios fue, en primer lugar, desacreditar la alternativa comunista. El Partido Comunista Francés entendió el riego desde el primer momento, pero el apoyo a los acuerdos de Grenelle –que acababan con la clase trabajadora, habiendo estado destinados tal vez a acabar con la “revolución de los señoritos”- no hizo más que corroborar lo que era inevitable.

Fue la última vez que la izquierda hizo política (es decir, hizo posible lo inevitable). Porque si bien se dijo y se repitió hasta la saciedad que acabado el comunismo triunfaba la socialdemocracia, lo cierto es que esta también había entrado en fase de agotamiento, como demostró el ciclo liberal conservador, y muy poco rupturista, de los años Reagan-Thatcher.

La revolución inencontrable, como la llamó Raymond Aron, reforzó el gaullismo e incluso se permitió prescindir de De Gaulle para mejor continuar el régimen que este había instaurado diez años antes, a su medida y a la de Francia. El colapso del comunismo reforzó la democracia liberal y, dentro de estas, aquellas opciones que se alejaran de cualquier forma de socialismo. En cambio, sí que triunfó, y de qué manera, en las costumbres. Es dudoso que Mayo 68 y los estudiantes parisinos fueron los motores del inmenso cambio social que estaba a punto de ponerse en marcha. Venía de antes, de cuando los países occidentales empezaron a dejar atrás las estrecheces de la postguerra y las de unas economías intervenidas. También se estaba manifestando en formas populares ajenas al elitismo propio de los protagonistas de Mayo, que imaginaban el pueblo bajo los rasgos de unos proletarios a cuya vida se asomaron por primera –y última- vez cuando recorrieron la rue Vaugirard, la más larga de París, que va del centro a lo que entonces era la periferia, donde se alzaba la mítica fábrica Renault. Mayo 68 logró hacerse con la imagen de los cambios y todos fechamos en aquellas jornadas, como si fueran una nueva vanguardia, el detonador de aquella revolución que iba a cambiar el mundo de arriba abajo: los anticonceptivos, la emancipación de las mujeres, su llegada masiva al mercado de trabajo, la experimentación sexual, el amor homosexual, las drogas… Fue además una revolución vivida en primera persona, que afectó a la vida entera de los contemporáneos. Y no siempre con la levedad y la gracia que se le ha supuesto después. En esto la estética, en particular la moda, anticipó tiempos menos lóbregos –he estado a punto de escribir sórdidos- de los que llegaron inmediatamente.

Desde entonces el horizonte se ha ensanchado y la vida es más amable y más libre, también más cómoda y más rica, gracias al capitalismo apuntalado en aquellas jornadas. Desde la tolerancia y la autonomía actuales, el mundo de antes de Mayo parece tan autoritario como lo era la enseñanza para los estudiantes parisinos de Mayo del 68. Alguien diría también menos feliz, porque los inicios de la globalización, que consiste justamente en el desarraigo–expresión barresiana a la que De Gaulle recurrió para hablar de los jóvenes en rebelión- sobre el que se construye la identidad construida por el propio sujeto, acabaron con el sentido mismo de la vida. Las bromas sobre el “narciso-leninismo” y la eterna juventud de los sesentayochistas remiten a este nuevo universo de individuos siempre a medias formados, siempre jóvenes por tanto, y siempre insatisfechos, siempre a la búsqueda de alguna técnica, alguna diversión, alguna forma de espiritualidad que permita olvidar ese vacío que nada ha vuelto a llenar.

Esta revolución tuvo, como no podía ser menos, consecuencias políticasNo afectaron a la forma de los regímenes, pero los cambiaron desde dentro. Pedir lo imposible no fue un eslogan utópico. A partir de entonces, el Estado asumió como propios los derechos que los nuevos ciudadanos empezarían a tener, y que antes, hasta unos muy pocos años antes, casi unas meses (Mayo…) habría sido inconcebible formular como demandas porque era ajenas a lo específicamente político. La igualdad, por ejemplo, que hasta ahí atañía a la igualdad jurídica y a la igualdad de oportunidades, empezó a aplicarse en todos los aspectos de la vida. La expansión de lo político convertía al nuevo Estado en un suministrador de derechos sin fin, como el ciudadano había empezado a transformarse en un sujeto de derechos ilimitados.

Nacía una nueva política, la de los derechos, que al tiempo que ampliaba estos corría el riesgo de hacer impracticable la primera. Los derechos son, de por sí, innegociables. El cambio explica el de la socialdemocracia. Nunca, cuando estuvo vigente en los años que median entre 1945 y 1973 (los Treinta Gloriosos, dicen los franceses) llegó a concebir los derechos con tal amplitud. La absorción de la política por los derechos inició así otra revolución. Entre el final del comunismo y el principio del colapso de la socialdemocracia, se había iniciado la decadencia de la izquierda, que perdió significado y materia para un proyecto que había dejado de tener sentido.

El nuevo proyecto se centraría, por tanto, a partir de ahí, en ese nuevo terreno, el de los derechos, y en vez de política, se centraría en la moral o la cultura (es lo mismo). Una de las consecuencias más claras de Mayo 68 es este desplazamiento por lo que lo cultural ocupa ahora el espacio que antes ocupaba lo político. Es lo que significó la aparición del diario Libération, otro de los grandes momentos de aquella revolución

También sobrevive algo tan característico de los protagonistas de aquellos días como fue el elitismo. Las elites progresistas dejaron de ser creadoras, eso sí, y habiendo abandonado su antiguo deber de contribuir a hacer inteligible el mundo, se encerraron desde entonces en el solipsismo de unos lenguajes herméticos, incomprensibles para el resto de la sociedad, a la que abandonan, de hecho, en la trivialidad y el sinsentido: el frikismo, que desde aquellas jornadas empezó a ser la nueva cultura popular. Eso sí, nunca como hasta ahora las elites habían estado tan penetradas de su misión subversiva y redentora. El leninismo cultural, que con el hundimiento final de la izquierda ha renacido con el nombre de populismo, rubrica el final de la izquierda.

José María MarcoApp-Twitter-icon

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