Malas y buenas noticias para España

Primero, las malas. El PSOE ha ganado con claridad las elecciones generales del 28 de abril con el 28,7% de los votos y 123 escaños. A pesar de sus pactos con independentistas, comunistas y bilduetarras, y del descarrilamiento que para la economía española han supuesto sus nueve meses en el poder—los dos puntos principales sobre los que alertamos en nuestro editorial de inicio de campaña—Pedro Sánchez tiene hoy muchas posibilidades de ser presidente del gobierno en esta nueva legislatura. Y las tiene gracias a dos factores: el resultado de Podemos y sus confluencias, mejor de lo que se esperaba aun siendo bastante peor que el de las pasadas elecciones generales, que coloca al partido morado como casi seguro socio de gobierno de Sánchez; y el auge de los partidos independentistas y nacionalistas en Cataluña y el País Vasco.

De ahí que estas elecciones puedan resultar fatales para los dos grandes retos que tiene hoy España: el cuestionamiento de su unidad y su prosperidad económica. Pablo Iglesias no tardó en ratificar estos temores al juzgar que los resultados electorales confirmaban que vivimos en un país “plurinacional” y que el próximo gobierno de izquierdas debe servir para responder a lo que ha pedido la “mayoría social”. En estas dos valoraciones se encierra una enmienda a la totalidad de la constitución española y de nuestro régimen democrático pues pone en tela de juicio, por un lado, el Estado de Derecho al revindicar un concepto político anticonstitucional y, por otro, la razón de ser del sistema democrático liberal, que consiste en servir no solo a las mayorías sino sobre todo a las minorías para evitar que estas, más débiles, queden a merced de aquellas, más fuertes. No es algo que sorprenda pero mal haríamos en minusvalorar lo que un gobierno PSOE-Podemos puede provocar.

Para llegar a la Moncloa, el partido socialista deberá pactar con C’s o con los independentistas vascos y catalanes (además de Podemos). Puesto que la primera opción parece improbable dado el preliminar “no” de Rivera, Sánchez deberá pedir el “sí” de los independentistas en primera vuelta de investidura o, al menos, su abstención en segunda vuelta para ser elegido presidente del gobierno con mayoría simple. Teniendo en cuenta que ERC ha pasado en estas elecciones de 9 a 15 diputados, Bildu de 2 a 4, el PNV de 5 a 6 y que el centro-derecha no ha conseguido ni un escaño en el País Vasco y solo 7 de 48 en Cataluña, podemos suponer que los nacionalistas se sentirán con fuerzas suficientes como para imponer un alto precio a su apoyo o abstención.

Dejan estas elecciones en muy precaria situación a aquellos llamados a hacer frente a esos retos. La fragmentación del centro-derecha y las escaramuzas de campaña han tenido unos resultados desoladores para el conjunto. Floridablanca lo advirtió. Sin embargo, PP, C’s y Vox han continuado distrayendo energías y votos por la primacía del liderazgo en el centro-derecha. Incluso tras conocerse el rotundo triunfo del PSOE, Rivera centró su intervención la noche del 28-A en decirle a los suyos que todo iba en la buena dirección y que pronto sería presidente del gobierno. No mucho mejor estuvo Abascal, quien señaló que los resultados habían sido “una alegría” si bien, matizó, “también una preocupación (…) porque España está hoy peor que ayer”. Al tiempo, no dudó en responsabilizar a PP y C’s, la “derechita cobarde”, de todas las “incapacidades, deslealtades, traiciones y miedos” que nos han llevado al actual estado de cosas. De los tres, quizás fue Casado el que actuó con más magnanimidad y sentido de Estado, admitiendo que “el resultado del PP es muy malo”, felicitando a Sánchez y extendiendo la mano para reforzar el bloque constitucionalista. No obstante, también falló al hacer de C’s y Vox los culpables de la victoria socialista: si hubieran aceptado los pactos que él les ofreció antes de las elecciones, nada de esto hubiera pasado, vino a decir.

Si de malas noticias hablamos, esta fragmentación es una de las peores pues parece claro que una tregua y cierta colaboración estratégica entre las tres formaciones de centro-derecha seguirán siendo deseos y no realidades. Debería quedar claro que mientras siga la división no habrá suma para desalojar a la izquierda del poder, condición sin la cual será muy difícil poner fin a la amenaza independentista y evitar una nueva crisis económica.

Y, ahora, las buenas noticias. Hemos dicho que para gobernar, el PSOE deberá muy probablemente pactar de nuevo con los independentistas. Recordemos que, además de la investidura, el posible gobierno PSOE-Podemos deberá enfrentarse a la aprobación de los presupuestos generales del Estado después del verano. Siendo esto así, a Sánchez no le quedará otra opción que sentarse a negociar con los independentistas y por lo tanto mostrar ante todo el país que no tiene pudor alguno en buscar de nuevo el apoyo de los que quieren destruir España a cambio del poder.

Está por ver qué opinarán de esto los españoles y si la estancia de Sánchez en la Moncloa será o no breve, porque quizás la presión de la opinión pública desbarate cualquier posible pacto con los independentistas y el presidente no tenga otra opción que convocar de nuevo elecciones generales. Y hay aquí otro motivo de esperanza: con una participación muy alta, del 75.78% del censo (9.3 puntos más que en 2016), el bloque de centro-derecha ha obtenido el 28-A medio millón de votos más que el de centro-izquierda; si hubiera concurrido unido hubiera obtenido mayoría absoluta. Parece que España no es de izquierdas, en contra de lo que clamaban las celebraciones de Ferraz, y que una gran movilización del electorado no significa automáticamente que la izquierda tendrá más votos que la derecha. Dada la actual ley electoral y la fragmentación tripartita, la derecha no ha podido capitalizar esta ventaja, lo cual no quiere decir que no sepa utilizarla mejor en un futuro.

Y el futuro es hoy, como señaló William Osler. La derecha tiene el 26 de mayo una nueva oportunidad en las elecciones municipales, autonómicas y europeas. Debe hacer una campaña bien sincronizada, manteniendo la movilización de su electorado, rehuyendo el enfrentamiento intra-derecha y centrando sus esfuerzos en derrotar a la izquierda. Como al inicio de esta campaña, los argumentos no les van a faltar. Y la mejor noticia es que la situación está hoy más clara que ayer: las portadas de los periódicos muestran que aquellos que más felices están con los resultados electorales del 28-A son Otegui, Rufián, Junqueras, Ortuzar, Iglesias y, por supuesto, Sánchez.

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