Los orígenes intelectuales del nacionalismo catalán (II): el catalanismo liberal

Afortunadamente y a pesar del empuje que tienen los populismos anuladores de la libertad, la civilización europea ha avanzado lo suficiente como para consolidar al Estado de derecho nacido del liberalismo como el modelo de la Unión Europea. En un club de Estados que tienen en común el constitucionalismo liberal y un afán de superar los etnicismos, no cabe el retorno al tribalismo y al colectivismo.

Francesc Cambó

Francesc Cambó

A esa civilización basada en el Estado de derecho se sumó España a partir de 1978. Por supuesto, el nacionalismo hegeliano también cosechó frutos en España. El nacionalismo liberal nacido con la Constitución de 1812 fue herido por el terremoto hegeliano. La España franquista, singularmente en la década de 1940 y 1950 es un ejemplo de Estado nacional, secuestrado por un nacionalismo hegeliano que bebe de las mismas fuentes que el catalán: el carlismo y el tradicionalismo del siglo XIX. Si Torras y Bages se sentó en la asamblea de la Unión Catalanista, otros obispos lo hicieron en las Cortes orgánicas y en ambos casos supongo que muy a gusto. También se reelaboró una Historia de España en clave del “espíritu del pueblo”, del pueblo español totalitariamente absorbido por una minoría.

Pero España echó el nacionalismo hegeliano al basurero de la Historia en 1978, sumándose al modelo de los países más democráticos de Europa. La Constitución de 1978 no es una constitución nacionalista en el sentido hegeliano del término. Nuestra ley fundamental renuncia al centralismo, reconoce las nacionalidades y lenguas oficiales distintas al castellano. A nadie se le obliga a sentirse español y se amparan diversas identidades representadas por partidos políticos con credo nacionalista no español. La nación española se basa en el respeto al Estado de Derecho y nada más. No se desprende de nuestra carta magna un patriotismo españolista, sino un patriotismo constitucional al modo de Habermas. Lo que ahora está en juego no es una España nacional uniformadora, es el Estado constitucional, base de la convivencia en las sociedades civilizadas. La secesión no es solo el desmembramiento de un territorio, es la ruptura de las reglas de juego, del pacto entre ciudadanos libres e iguales que viven bajo el amparo de unas leyes comunes, que pueden cambiarse de acuerdo con unas reglas. Lo que está en juego es estar con la civilización europea superadora de los nacionalismos tribalistas o volver atrás en la Historia. Es optar por el razonamiento o la propaganda sentimentaloide.

Existe, afortunadamente, una Cataluña liberal y constitucionalista. También con raíces históricas. Liberales catalanes estuvieron en las Cortes de Cádiz y en los gobiernos liberales del siglo XIX. Uno de los grandes liberales españoles es Joan Prim i Prats, con ocho apellidos catalanes y presidente del gobierno constitucional de España entre 1869 y 1870. Los hombres que crearon la Lliga Regionalista (1901) aunque alguno viniera del carlismo (Prat de la Riba), otros, singularmente Cambó, eran liberales. Mientras los nacionalistas más hegelianos agrupados en la Unión Catalanista no querían saber nada de la España liberal, los jóvenes escindidos de ella se atrevieron a formar un partido político que aceptaba la Constitución de 1876.  Todo un anatema para los otros nacionalistas para quienes el catalanismo debía ser un movimiento nacional (la Unión Catalanista) y nada de partidos políticos porque esos hacían el juego al odiado Estado liberal. Al fin y al cabo, los nacionalistas de la Unión Catalanista no querían un parlamento con partidos, si no otro corporativo tal como defendían las Bases de Manresa que, por cierto, fueron fruto de la Unión.

El experimento de la Lliga es interesante e imposible de resumir aquí. Baste decir que los hombres de la Lliga (Cambó incluido) formaron parte de los gobiernos de España. Su credo ideológico era el “noucentisme” (novecentismo), una reacción racionalista y civilista contra el nacionalismo hegeliano omnipresente. El “noucentisme” alababa la obra bien hecha, la racionalidad, mesura y proporción inspiradas en el mundo clásico, en definitiva, el “seny”, la sensatez, como fórmula no solo de hacer política, también como distintivo para conseguir una sociedad armónica, trabajadora y pacífica.  El sumo pontífice del “noucentisme” fue Eugenio D’Ors, pero su egocentrismo le indispuso con los dirigentes de la Lliga y acabó instalándose en Madrid, donde evolucionó hacia el nacionalismo totalitario, se hizo falangista y acabó sus días como intelectual orgánico, y bien pagado, del franquismo.

Pero al llegar la República el nacionalismo liberal de la Lliga había sido desbordado otra vez por el nacionalismo hegeliano, irracionalista, sentimental y emotivista que fraguó en Estat Català y en la Esquerra Republicana de Cataluña. El antiliberalismo y el desapego a lo que es un Estado de derecho tiene su particular performance el 6 de octubre de 1934 en que Companys perpetró un golpe de Estado contra el gobierno legítimo de la República. Y por el mismo motivo que ahora: el Tribunal de Garantías Constitucionales declaró inconstitucional una Ley de Contratos de Cultivo. Pero Companys -lejos de entender lo que es un Estado de derecho-interpretó la sentencia como un ataque a toda Cataluña. Otra vez la consigna de “somos un pueblo”. El “espíritu del pueblo” había sido ultrajado y eso no podía consentirse. ¿Quién es un tribunal por muy alto que sea para sentenciar contra la nación catalana cuando esta nación es anterior y superior al Estado y cualquier tribunal?

Juan Prim y Prats , marques de los Castillejos (retrato por Luis de Madrazo, 1870)

Juan Prim y Prats ,
marques de los Castillejos (retrato por Luis de Madrazo, 1870)

Amadeu Hurtado, el abogado catalanista que hizo de mediador entre Companys y el gobierno central explica en sus memorias cómo le hizo llegar al “president” una oferta de solución pactada a la que Companys se negó porque por encima de todo quería la confrontación para tensar a las masas nacionalistas. Por algo los de Esquerra ya tenían sus agitadores preparados, sus “escamots” o grupos paramilitares dispuestos a las movilizaciones. Venían a ser una Asamblea Nacional Catalana, pero a lo bruto. El recurso a la calle, al griterío y a una supuesta “rebelión democrática” se superpone a la democracia constitucional. Cualquier parecido con la actualidad no es pura coincidencia. Cambian las personas, el trasfondo antiliberal sigue incólume.

El retorno de la democracia en España favoreció de nuevo un nacionalismo liberal catalán respetuoso con el Estado de derecho: Convergència i Unió. Pero su componente liberal no ha sido capaz de superar el envite que el renacido nacionalismo hegeliano -nunca definitivamente olvidado- ha hecho del catalanismo político. El relato irracionalista, sentimental y antiliberal ha vuelto a apoderarse del nacionalismo catalán. La atávica desconfianza del carlismo hacia el Estado liberal ha renacido (quizás nunca murió), sobre todo en las zonas de Cataluña en donde el tradicionalismo de Torras i Bages ha hibernado a la sombra de campanarios y masías recordando las gestas de las guerras carlistas cuando los heroicos soldados y los curas “trabucaires” luchaban contra el Estado liberal. No lo sabían, pero también luchaban contra la razón, la libertad y los valores políticos que cimentan la Europa de la que no se quieren separar, pero de la que ideológicamente están lejos. Y, por si a los europeos les queda alguna duda, que revisen lo que pasó los días 6 y 7 de septiembre de 2017.

A modo de conclusión: el nacionalismo catalán mayoritario se mueve en un plano sentimental, emotivo, mítico y propagandístico que hace muy difícil el diálogo basado en una argumentación racionalista y jurídica. Mis intentos de argumentar sobre la base de los principios del liberalismo racionalista, fundamento del Estado de derecho, con independentistas irredentos son vanos. Por eso soy pesimista. Los irracionalismos del siglo XX no fueron derrotados por la fuerza de la razón si no por el desastre histórico que todo irracionalismo conlleva. Ojalá no haga falta llegar a demostrar lo endeble de sus promesas o las consecuencias económicas y sociales de un proyecto basado en ilusiones y no en razonamientos para pasar página en la Historia. El desastre se puede evitar. Pero quizás algunos nacionalistas hegelianos puedan ser sensibles a esta idea: una ideología que divide y enfrenta a toda una sociedad es moralmente inaceptable (perversa diría Popper) y solo puede llevar al fracaso. Por eso no soy nacionalista y soy liberal, porque el liberalismo y su expresión jurídica, el Estado de derecho, han sido capaces de conseguir un modelo de sociedad en donde caben todos, todos pueden expresarse y defender sus ideas, las discrepancias se resuelven en un marco legal conocido y la convivencia es el máximo objetivo de toda actividad política.

Felipe José de Vicente Algueró

CATEDRÁTICO EMÉRITO DE GEOGRAFÍA E HISTORIA, ESPECIALISTA EN EL LIBERALISMO ESPAÑOL. AUTOR DE “VIVA LA PEPA. LOS FRUTOS DEL LIBERALISMO ESPAÑOL”, “EL CATOLICISMO LIBERAL EN ESPAÑA” Y “DE LA PEPA A PODEMOS. HISTORIA DE LAS IDEAS POLÍTICAS EN LA ESPAÑA CONTEMPORÁNEA”

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