Los culpables, por Ignacio Ibáñez Ferrándiz

Escribe Chesterton en su autobiografía que la principal causa de la Gran Guerra no fueron ni el imperialismo pruso, ni la huida hacia adelante zarista ni, por supuesto, el asesinato del archiduque Francisco Fernando. No; según Chesterton, fue el miedo que había consumido al sistema de partidos inglés el verdadero causante de la destrucción de Europa. El miedo que atenazaba a los partidos políticos y a sus líderes para expresar sin complejos que frente a una agresión alemana el imperio británico opondría toda su fuerza. Miedo a mostrarse públicamente como patriotas—cosa que eran la mayoría de líderes políticos de la época, desde Asquith y Grey, a Balfour y Bonar Law—que a su vez se alimentaba del miedo a perder votos y las cuantiosas donaciones que a sus partidos aportaban los llamados “pacifistas”. Miedo que acabó escenificando la desunión política británica y que envalentonó al Kaiser.

El mismo miedo es el que está poniendo hoy en jaque la unidad de España. Me preocupa pensar a dónde nos llevará ese miedo si no desempolvamos el coraje y el honor del que los españoles hemos hecho gala en situaciones históricas que parecían no adversas, sino terminales.

De ahí que me sienta obligado, a pesar de ser una tarea ingrata, a acusar a los principales culpables de la crisis que vivimos. “J’accuse…!” porque es necesario tener claro quién es responsable de nuestro hoy si queremos contribuir a evitar el desastre. Para ello, y en primer lugar, nuestra reflexión no debe limitarse a lo inmediato, pues esto no se acabará el 1-O. En segundo lugar, aunque debemos reconocer la parte de responsabilidad que todos tenemos en este problema, como Chesterton, hay que apuntar como principales responsables de esta crisis a los partidos políticos y sus líderes. A fin de cuentas, a ellos es a quienes hemos elegido para representarnos y defender nuestro marco de convivencia.

La primera matrícula de deshonor, algo recurrente en su historia, recae sobre el Partido Socialista Obrero Español. Capitaneado por Zapatero, el PSOE, cuestionó la unidad de España alegando que nación es un concepto “discutido y discutible” y dio pábulo, vía un estatuto de autonomía anticonstitucional, a las aspiraciones independentistas de la flor y nata de la corrupta plutocracia catalana. Por igual avidez de votos y parné, Sánchez, actual líder del PSO (sic), riza el felón rizo haciéndose un taco con el dichoso término de nación, y negándose a posar para la foto de la unidad PP-PSOE-C’s en los momentos en que, tras el golpe de Estado del 6 de septiembre, más necesaria es. No vaya a ser que sus bases piensen que apoya a Rajoy; no vaya a ser que pierda votos en Cataluña, el País Vasco o Galicia; no vaya a ser que alguien le exija responsabilidades si la estrategia del gobierno fracasa. No vaya a ser.

De sobra es sabido que a Mariano Rajoy tampoco le gustan los “líos” y quizás por eso mismo no deja de meterse en ellos. Lo malo es que también nos arrastra al resto ya que, aunque a veces se le olvide—un despiste lo tiene cualquiera—, nos representa a todos los españoles. Si él y su gobierno no actúan con contundencia cuando las organizaciones criminales catalanas nos pisan el gaznate, es como si los españoles nos quedáramos impávidos ante el empeño de unos pocos radicales estrambóticamente peinados de dinamitar nuestra secular convivencia. Porque era obvio desde hace tiempo que Puigdemont, Anna Gabriel, Forcadell y demás ralea pilosa-sediciosa querían romper España. Tan obvio que no iban de farol, que es inaudito como el gobierno de la Nación no ha hecho nada, salvo chivarse al Tribunal Constitucional, para impedirlo. Lamentablemente, las razones de la inacción, o de la diminuta acción encarnada en la fallida “operación diálogo”—j’accuse—, van más allá de la indolencia. El verdadero motivo es el miedo; miedo a perder unas elecciones; miedo a verse solo ante la renuncia del partido socialista; miedo a que le llamen “facha” por aplicar la Ley y cumplir con un juramento y las obligaciones que de él se derivan.

La pareja de Rivera-Arrimadas no ha jurado, pero sí brincaba y cantaba, en aquella noche de hace casi dos años, aquello de “Yo soy español, español, español” y “España, unida, jamás será vencida”. Mensaje ciertamente diferente al que desde entonces ha venido recitando Arrimadas, que parece haber desarrollado una curiosa alergia a la palabra España. Imagen también muy distinta a la que se pudo ver el día del golpe en el parlamento catalán, con Arrimadas en gesto de ruego, implorando a Forcadell, constituida en verdugo de la democracia desde su atalaya presidencial, que fuera buena y se portara bien. Y es que, a medida que las expectativas electorales de Ciudadanos subían, el tándem Rivera-Arrimadas bajó hasta hacer inaudible el volumen de aquel sincero y libre “Yo soy español”. A ver si así, debió pensar, podía seducir a esos burgueses catalanes de rancio abolengo que habían votado durante más de 30 años a Pujol y sus cómplices. Y callado. Y que siguen callando. Aquí acuso por partida triple o cuádruple, por lo menos.

Mientras, Podemos, la otra fuerza política en ascenso, usaba innumerables caretas, al estilo de los Hombres sin Rostro,  para ocultar su odio a España. En tanto que el profundo deseo de ver nuestro país despedazado emana hoy, lógicamente, de las ansias de poder local de las confluencias podemitas; la hipocresía y el doble juego de Pablo y sus adláteres tienen por razón el cálculo electoral y el famoso sorpasso al PSO. Cuidado, Pablo, que los equilibrios en las organizaciones comunistas se pagan muy caro. Mientras tratas de “cabalgar la contradicción”, yo te acuso, incluso si haciéndolo te hago un favor.

Los independentistas, entre los que se encuentra Podem(os), están ganando el pulso porque ellos han decidido no tener miedo: ni a la Ley, ni al Tribunal Constitucional, ni a la Guardia Civil, ni a perder votos (j’accuse  a aquellos que condescendientemente argüían que todo esto acabaría en elecciones), ni mucho menos miedo a Mariano Rajoy y su gobierno. A ver si alguien cree de verdad que el “No tinc por” de la infame manifestación tras los atentados de Barcelona era un mensaje realmente dirigido a los terroristas.

Siendo tuertos en un país de ciegos, los independentistas son muy conscientes de la debilidad de los partidos constitucionalistas y la aprovechan como aprovecharon la crisis económica y social que vivía España en 2012 para pasar al ataque. Hoy, mientras estos planean sin complejos su siguiente movimiento—la lucha callejera—, aquellos temen.

Temor a perder votos, y por lo tanto cargos, y por lo tanto dinero, y por lo tanto votos. Miedo a decir clara y públicamente que somos una enorme, aplastante mayoría de españoles la que considera que España merece la pena. Que hemos tenido una gran historia, con fracasos pero con mayores éxitos, y que tenemos, como demuestran estos 40 años de democracia, un futuro en común brillante. Que los españoles han cambiado para bien la historia de la humanidad y pretendemos seguir haciéndolo. Nuestro futuro, libertad y prosperidad sólo dependen de que nos despojemos del miedo que cubre nuestra luz.

 Ignacio IbáñezApp-Twitter-icon

RESPONSABLE DE POLÍTICA INTERNACIONAL DE FLORIDABLANCA

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