Lo que pasa en Alemania, por Francisco José Soler

Hablemos de las elecciones alemanas. Aprovechemos la gran ocasión que las elecciones alemanas del pasado domingo nos ofrecen para hacer una pausa de un día, o un día y medio, en el monotema político de la temporada. Después de todo, resulta tan agradable percibir voces que nos recuerden, de cuando en cuando, que hay vida más allá de Port Bou…

Todo el mundo está hablando estos días de las elecciones alemanas, incluso nuestro presidente (¿?) del Gobierno (¿?), el taoísta Rajoy, tan ajeno al mundo fenoménico, y tan fiel al vacío como de costumbre: «Felicito a Angela Merkel por la victoria de la CDU en las elecciones generales. Una Alemania fuerte en una Europa mejor».

Esta frase ―lacayuna, feliz, y fuera de lugar donde las haya― le ha valido al menos a nuestro presidente (¿?) un momento de gloria en los medios de comunicación alemanes, que la han resaltado en sus comentarios, con evidente regocijo, y no poco cachondeo. Y es que, en realidad, pocas victorias menos victoriosas que esta última de Merkel. Está por ver en qué pueda contribuir a la fortaleza de la nación alemana, y a la construcción de una Europa mejor, la dificilísima relación de fuerzas que se dibuja en el nuevo Bundestag.

En fin. Todo el mundo ha hablado de las elecciones alemanas. Y el resultado de las mismas ofrece al analista perezoso dos escapatorias verdaderamente fáciles: escandalizarse o bostezar. Escandalizarse por el 12,6% de votos obtenidos por la AfD, o bien constatar que no ha ocurrido nada que no viniera anticipándose desde hace meses. No obstante, como suelen decir los alemanes, «el demonio está en los detalles». Así que lo mejor es mirar con algo más de cuidado cada uno de estos dos puntos. Comencemos por el segundo:

Es cierto que el resultado de las elecciones de esta semana era más o menos previsible: se sabía, por ejemplo, que las dos (en realidad tres) fuerzas políticas que constituyen la «gran coalición» obtendrían, sumadas, más de la mitad de los votos, y la mayoría absoluta en el parlamento. ¿Por qué habría de ser de otro modo? Alemania en estos momentos no tiene apenas paro. Hay superávit en las cuentas públicas. Las pensiones parecen garantizadas. Y la economía crece, lenta pero segura. En estas condiciones no sorprende que un segmento significativo de votantes apuesten por la continuidad, sobre todo teniendo en cuenta que el orden público no ha sido perturbado en exceso últimamente, y que la oleada de inmigrantes en el 2015 de momento no se ha repetido (aunque la siguiente oleada, la de las familias de los refugiados, está por llegar, y en cuestión, quizá, de pocos meses…).

Y también se sabía que, a pesar de todos los datos positivos apuntados, los partidos de la gran coalición iban a continuar sufriendo el proceso de erosión que ya habían experimentado en las anteriores legislaturas. Pues, con independencia de los motivos concretos que pueda haber en cada caso para ello, el ejercicio del poder siempre desgasta.

Autor: ZYjacklin / Wikimedia Commons

Autor: ZYjacklin / Wikimedia Commons

Pero lo interesante era comprobar hasta qué nivel llegaría dicho desgaste. Y ese importante detalle, que los vaticinadores profesionales no se arriesgaban a ofrecernos más que en formulaciones nebulosas, es el que ahora ha quedado claro. Y constituye uno de los datos que realmente dan que pensar. Por lo drástico. Tanto el partido socialdemócrata como los partidos que forman la unión democristiana, que ya se encontraban antes en horas bajas, han descendido en estas elecciones a niveles desconocidos desde el comienzo de la democracia alemana. Por eso, esta «victoria» sabe tanto a derrota.

(Un detalle: En los medios alemanes se repetía con frecuencia, antes de las elecciones, que cualquier resultado democristiano por debajo del 35% constituiría una debacle y han obtenido el 33%).

Asustados por tales resultados, y temiendo lo peor de cara a las próximas elecciones, los socialdemócratas han anunciado ya que no reeditarán en esta legislatura la «gran coalición». Una postura comprensible, desde luego, desde un punto de vista meramente partidista, pero que va a convertir la formación de gobierno en un proceso complicado en grado sumo. En parte por las diferencias tan notorias que existen entre los programas del partido liberal y de los verdes, que son las fuerzas que tendrían que apoyar el futuro gobierno. Y en parte además por el temor de ambos partidos a sufrir también ellos un desgaste insoportable, si apuntalan a Merkel en estos momentos. Tal vez acabe imponiéndose el sentido de Estado, y constituyéndose la nueva coalición, para evitar males mayores -en Alemania estas cosas ocurren-. Pero lo cierto es que, de cara a los próximos años, nadie ―salvo el taoísta Mariano― espera «una Alemania fuerte». Veremos.

¿Y qué pasa con la AfD? Su resultado tampoco constituye una gran sorpresa, salvo por el hecho de que los distintos dirigentes y sectores que integran ese partido se han pasado los últimos meses (y hasta años) atacándose y desmontándose mutuamente. Pero ni siquiera este hecho ―que acabamos de comprobar de nuevo, con la ruptura de Frauke Petry, el mismo día del triunfo― ha impedido que un porcentaje significativo de votantes les otorgara su apoyo en estas elecciones.

Al referirnos a la AfD, se nos ofrecen dos posibilidades analíticas sencillas, pero erróneas: el escándalo ante la vuelta de la «extrema derecha» ―algunos prefieren decir directamente «nazis», para ahorrar materia gris―, y la reducción de todo el fenómeno a una mera protesta contra la política inmigratoria de Merkel.

En realidad, el fenómeno AfD es complejo. Hay en ese partido tendencias muy distintas, y hasta contrapuestas. Es cierto, desde luego, que la desastrosa política inmigratoria de Merkel ha asustado a muchos alemanes ― y con razón―, que han visto en el nuevo partido el único modo de expresar sus muy fundados temores. Pero ésta, aunque de peso, no es la única clave del éxito, ni el único factor a tener en cuenta, si uno quiere entender qué está ocurriendo de verdad.

Otra clave, no menos importante, es el hecho de que Merkel ha impulsado durante toda su etapa al frente de la CDU una disolución ideológica de ese partido, que lo ha convertido finalmente en una formación de pensamiento (¿?) difuso, en el que no pocos de sus votantes ya no reconocen los valores en los que creen, y que querrían ver defendidos por alguien en el parlamento. No hace falta que entre en detalles aquí, porque en España conocemos este proceso de sobra. Pero, a diferencia de los votantes del PP, muchos democristianos alemanes no están dispuestos a tragar cualquier cosa. Y, al percibir el gato que se les daba por liebre, han buscado una alternativa política.

Sin embargo, también es cierto que hay un sector de la población alemana que es nacionalista. Y que emplea un discurso, y piensa en unas claves, no necesariamente «nazis», pero sí «guillerminas». Y este sector, ligado a nombres como por ejemplo Björn Höcke, ha encontrado un hogar en el nuevo partido.

La tensión entre motivaciones inicialmente tan distintas (el miedo a la inmigración musulmana, el conservadurismo cristiano, y el chauvinismo guillermino) se está reflejando en continuas rupturas y disensiones dentro de la AfD. De manera que hoy por hoy nadie sabe qué rumbo va a tomar al final ese partido: ¿Tratará simplemente de cubrir el hueco que ha dejado la CDU con su disolución ideológica? ¿Buscará una nueva forma de ser conservador y patriota, extrapolable luego a otros movimientos europeos? ¿O se limitará a reproducir el discurso empobrecedor y fanático tan típico de los nacionalismos en general?

Concluiré con una nota divertida (hasta cierto punto, y de momento): entre las diversas felicitaciones por los resultados obtenidos en estas elecciones, la AfD ha recibido una muy calurosa de Marine Le Pen. Uno podría conjeturar que tal vez esa calidez se deba a que la francesa ve en el éxito de la nueva formación alemana el acercamiento de un bonito escenario. Ciertamente, una presidenta Le Pen y un canciller Höcke darían lugar a una Europa dedicada otra vez a asuntos de fuste y envergadura, como por ejemplo la discusión sobre la nacionalidad de Alsacia y Lorena.

Francisco José Soler Gil

PROFESOR DE FILOSOFÍA DE LA UNIVERSIDAD DE SEVILLA Y MIEMBRO DEL GRUPO DE INVESTIGACIÓN DE FILOSOFÍA DE LA FÍSICA DE LA UNIVERSIDAD DE BREMEN

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