Las vergüenzas de Mas

(Foto: CDC / Flickr)

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El separatismo que practica Convergencia (ex i Unió, que guarda silencio) adquiere forma de una desesperada huida hacia delante. Artur Mas y los suyos han embarcado a los catalanes en un proceso artificial, en el que se exige una politización absoluta del ciudadano, una toma de posición incondicional sobre un futuro hipotético que exime a los actuales responsables públicos de rendir cuentas sobre su gestión -tan sumamente dudosa según demuestran recientes acontecimientos- y de explicar la preocupante situación de las cuentas públicas –tan mejorables según demuestran multitud de indicadores económicos-.

En esa Arcadia nova, en esa Catalunya grande y libre que los nacionalistas vislumbran en sueños, Mas no tendría que responder sobre la pesada herencia que en realidad dejará como legado, no tendría que volver a afrontar acusaciones sobre el 3% ni a sufrir el escrutinio de los tribunales “españoles”.

Fue Pasqual Maragall el primero que hizo pública, nada menos que en sede parlamentaria, esa acusación que parecía ser un secreto a voces, una práctica instalada en los usos políticos de CIU y que ahora comienza a revelarse con datos y documentos. Un caso que se suma a todo lo revelado en los últimos años sobre la familia Pujol, ejemplo paradigmático del gobierno en beneficio propio, y otros, etc.

Es el hilo que conduce del “España nos roba” a “son nuestros propios políticos, esos que se dicen los únicos defensores de los intereses de Cataluña” lo que Mas y los suyos quieren cortar. Es esa toma de conciencia la que hay que impedir, porque entonces se acabó el juego, se acabó el reparto e incluso el secular victimismo de los sufridos nacionalistas.

La sociedad española, y dentro de ella la sociedad catalana, cada vez tolera menos la corrupción. También, la exigencia de transparencia y los estándares de ejemplaridad pública son cada vez mayores. Los nacionalistas lo saben bien, y por ello han decidido dar el salto ciego al vacío. Aun a costa de fracturar la sociedad catalana, de polarizar a la opinión pública en dos bandos, de amenazar el régimen de convivencia constitucional que el conjunto de los españoles gozamos desde 1978 y que los catalanes tanto contribuyeron a instaurar. La huida hacia adelante aparece como la única salida para tapar las miserias del régimen. No es pequeño el paso, no es leve la responsabilidad.

Ese régimen nacionalista de Cataluña, del que participó también el gobierno del Tinell, se ha revelado contrario completamente al interés de Cataluña. Porque ese interés reside en la garantía de convivencia –hoy amenazada-, en la honradez de la gestión pública –hoy desmentida- en el objetivo de la prosperidad –hoy descartado- y en el entendimiento con el resto de España –hoy roto unilateralmente por el nacionalismo-. Vergüenza para Mas y los suyos.

Sello

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