La vitalidad de las clases medias, por Ignacio Ibáñez

En los últimos meses hemos sido testigos de cómo los socialistas de todos los partidos manipulaban algunos datos y recurrían a medias verdades para imponer, una vez más, un mantra progresista en el discurso único imperante: la crisis económica y el supuesto “austericidio” han provocado el fin de las clases medias.

La razón primera por la cual es importante, tanto para la izquierda como para una cierta derecha, que cale esta falacia es que la mayoría de los votantes se consideran parte de la clase media y, por lo tanto, tenderán a ver con buenos ojos a aquellos políticos que dicen defenderla. En segundo lugar, porque la supuesta defunción de las clases medias casa (póstumamente) bien con otro mantra, el de la creciente desigualdad, que es utilizado para demonizar el capitalismo.

A pesar de que las estadísticas son flexibles, los hechos son tozudos, como hubo de admitir uno de los héroes de Pablo Iglesias, Vladimir Lenin. Y el hecho que debería tirar abajo cualquier intento de relacionar capitalismo con pobreza es incontrovertible: la economía de mercado ha dado lugar a la mayor creación de riqueza en la historia de la humanidad. Tan sólo entre 1970 y 2010, el número de personas viviendo con menos de un dólar al día ha bajado un 80% gracias a la globalización, el libre mercado, y la internacionalización de las empresas. Desde los años 1990, un billón de personas han dejado de vivir en la extrema pobreza, en los países en desarrollo los salarios medios se han doblado y el hambre crónica se ha reducido a la mitad. Lógicamente, la generación de riqueza ha propiciado la emergencia de una enorme clase media.

Podría argüirse, no obstante, que son las clases medias de los países desarrollados las que están padeciendo los efectos negativos de los “desmanes” capitalistas. Este argumento tampoco se sostiene; las clases medias se están reduciendo… pero porque se están haciendo más ricas. Por ejemplo, es cierto, como señala el Pew Research Center, que el número de hogares estadounidenses considerados como de clase media se ha reducido un 11% desde 1971 y que los de bajos ingresos han aumentado un 4%, pero también es verdad que los de clase alta han aumentado más de un 7%. Mientras que en 1967 había un 8.1% de hogares con rentas superiores a los 100.000 dólares (ajustados a dólares de 2014), la cifra era del 24.7% en 2014, es decir más de 20 millones de familias más. Asimismo, en 1971, la renta mediana de los hogares estadounidenses estaba concentrada en niveles mucho más bajos, mientras que en 2015 lo está en niveles mucho más elevados.

Es decir, los pobres son bastante más ricos y cada vez más miembros de las clases medias se incorporan a las clases altas. Este fenómeno se manifiesta aún más claramente en los países con mayores índices de libertad económica, donde el 10% más pobre de la población tiene una renta per cápita de más de 7.000 dólares frente a los 728 dólares de las naciones con los índices de libertad económica más bajos. En las sociedades más libres los ciudadanos viven hasta 20 años más y la calidad medioambiental y de vida es mejor.

En todo este asunto, uno de los mayores problemas es el de la percepción. En España, el CIS suele preguntar a los encuestados si se definiría como de clase media. Lógicamente, este juicio de valor tiende a ser positivo en época de vacas gordas y negativo cuando vienen mal dadas—en 2007 el 63,4% de los españoles se consideraba de clase media, frente al 56,5% en 2009—. Es interesante, de cara a relativizar cualquier conclusión, comparar esta percepción con el cambio que se dio en el mismo espacio de tiempo en el porcentaje de españoles con un nivel de renta entre los 15.000 y 20.000 euros, pues no solo no descendió sino que ascendió ligeramente—15,37% frente al 15.52%, según la Agencia Tributaria—.

Por otro lado, las percepciones suelen ser más una foto fija que una película: se me pide que enjuicie mi situación en un momento concreto. Si hubiera espacio para la comparación, para ver la película, la mayor parte de los encuestados probablemente reconocería que hoy en día puede volar a casi cualquier destino a precios irrisorios, hacer llamadas telefónicas sin coste o con un coste muy bajo, y beneficiarse de tratamientos médicos que hasta hace poco estaban reservados para los más ricos. Este acceso cada vez más amplio de las clases bajas y medias a productos y servicios que solían ser de lujo, se lo debemos al libre mercado. Independientemente de nuestra renta o de una puntual percepción, el capitalismo nos ha hecho, de facto, miembros de la clase media. Ha contribuido a hacernos más iguales por permitirnos acceder, en conjunto, a muchas más cosas. Como señalara Alexis de Tocqueville a propósito de los nacientes Estados Unidos, parecería “que toda la sociedad se haya convertido en una única clase media”.

Lo que más admiraba a Tocqueville no era que dicha clase fuera rica, pues no lo era en la época, sino que el contexto, las instituciones políticas, favorecieran la movilidad económica y social. La oportunidad que cada ciudadano tenía de poder ascender dinamizaba y hacía avanzar a toda la sociedad, volviéndola más creativa y abierta. Las condiciones para asegurar esta movilidad, fundamentada en la libertad y la igualdad, pasaban por un gobierno mínimo, que defendiera la vida y la propiedad de sus ciudadanos sobre la base del estado de Derecho.

 Declaración de la Renta

Fuente: YouTube

En España hemos decidido ignorar esta simple receta, horadando así el pilar de nuestra sociedad, nuestras clases medias, que están muy vivas—el 70% del valor añadido lo crean las pymes, así como la mayor parte del empleo—pero sufren. Como señalan en Civismo, “un trabajador con un sueldo medio de 24.400 euros brutos al año dedica 182 días de trabajo al año al cumplimiento de sus obligaciones tributarias”. La fiscalidad española es de las más elevadas de Europa. Un contribuyente español sin hijos paga en impuestos y cotizaciones sociales el 39,6% de su salario bruto frente al 35,9% de la media de la OCDE, que agrupa a las 34 economías más desarrolladas del mundo.

¿Queremos ayudar a las clases medias españolas? Dejémonos de populismos. Aumentemos la renta disponible, el dinero que los ciudadanos tienen en sus bolsillos, reduciendo impuestos, introduciendo reformas estructurales y recortando el gasto público. Como cualquier familia, cuadremos nuestras cuentas para no gastar más de lo que ganamos. Confiemos en la sensatez de esas clases medias que son la mejor garantía para el buen gobierno y progreso de un país, pues no solo generan riqueza sino que también están mejor educadas, fiscalizan la actuación de los gobiernos, combaten la corrupción y defienden una sociedad justa, basada en la ley y el estado de Derecho. Hagamos a las clases medias un favor porque así se lo haremos también a las más pobres, y nos lo haremos todos: facilitemos una mayor movilidad social y económica y dejemos de buscar una liberticida y quimérica igualdad de rentas. Incrementemos nuestra libertad para elegir, crecer y hacer más prósperas a nuestras sociedades. Ahí radica la generosidad, fortaleza y vitalidad de la clase media. Ahí, nuestro futuro.

Ignacio Ibáñez
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