La regeneración del centro-derecha, por Jorge Vilches

Íñigo Henríquez de Luna, Jorge Vilches y Tom Burns en la mesa de Regeneración de las Jornadas Millennials (Foto: Floridablanca)

Íñigo Henríquez de Luna, Jorge Vilches y Tom Burns en la mesa de Regeneración de las Jornadas Millennials (Foto: Floridablanca)

El título remite a una pregunta que me formuló la Red Floridablanca, un think tank dedicado a analizar la política y a tratar de influir en la sociedad. Son parte de esa batalla contra la hegemonía cultural de la izquierda, que debería definir a un país como abierto, plural y libre. La preocupación por la deriva política, sobre todo de las nuevas generaciones, en especial los millennials, llevó a dicha Red a organizar unas jornadas en las que moderé una mesa sobre la situación y el futuro del centro-derecha español, junto a Iñigo Henríquez de Luna y Tom Burns.

La palabra “regeneración” no me convence; quizá sea un prejuicio profesional. Su uso remite a la reconstrucción de algo degenerado o en decadencia; y tomar su significado biologicista me satisface aún menos. En la historia del pensamiento español el término “regeneracionismo” supuso en su casi totalidad una traición a la libertad (léase a José María Marco), y el abrazo a soluciones autoritarias o dictatoriales. Basta con leer lo que escribían a principios del siglo XX “nuestros” regeneracionistas: Joaquín Costa, Ortega, Azaña, Unamuno, y adheridos como Julián Besteiro, Araquistáin y tantos otros. Su regeneracionismo fue, simple y llanamente, demolición a golpe de visionario, de ingeniero social. Todo parecía posible derribando lo existente y revolucionando. Fracasaron, y crearon la frustración, el complejo de inferioridad, la inquina al otro y ese regurgitar periódico de la historia del cainismo patrio que nos acompaña desde entonces.

El concepto de “regeneracionismo” puesto en la agenda política por los nuevos partidos, en especial por Ciudadanos, tan moralizante, aleccionador y adánico, no ha arreglado nada. Es más; solo ha servido para crear el espíritu general, el Zeitgeist, de que todo está mal, que es preciso reformar la Constitución sin saber el qué, o que únicamente un cirujano telegénico de hierro nos puede salvar. Ese discurso regeneracionista es perfecto para una sociedad del espectáculo e infantil, de eslóganes huecos, emotivos y sonoros que sirven de combustible a esta democracia sentimental. En consecuencia, es preferible y más ajustado hablar de actualización y ajuste.

La derecha que no se ha rendido al consenso socialdemócrata, la liberal, se pregunta cómo puede actualizar las cuatro claves de una opción plausible de gobierno; es decir, el proyecto político y la organización, así como adecuar el tipo de liderazgo y el discurso. El asunto no es baladí, ya que nos debatimos en Occidente entre el comunitarismo populista –tanto nacionalista como socialista- y la democracia liberal.

El programa político, por ende, debería ser lo primero. La vuelta al liberalismo como norma de conducta y código moral, sin ánimo fabulador ni utópico o totalizador, que devuelva al hombre el valor de su individualidad, incluso en el sentido thatcheriano, es la clave. Frente a la ingeniería social del Estado paternalista y omnipresente, o Minotauro que escribió Jouvenel, la derecha liberal debería hablar de la resurrección del individuo y del fin del miedo a las consecuencias de la libertad.

El discurso que ha de acompañar a dicho proyecto no puede olvidar la retórica que se ha perdido con el giro tecnocrático y economicista del último decenio. Sí; debe recuperar una retórica ilusionante, movilizadora, que genere identidad, capaz de pasar del voto del miedo al de la esperanza. Estamos en el reino de las emociones políticas, y el combate de los números es ineficaz si no va de la mano de un conjunto sólido y actual de ideas-fuerza.

La adaptación organizativa al nuevo tiempo político parece que pasa por lo que llaman “democracia interna”. Los métodos y resultados en el PSOE y Podemos no son precisamente edificantes; y los adoptados en Ciudadanos son contradictorios. El problema es la confusión entre elección y democracia. Votar al representante es parte de la democracia, pero no lo es todo, ni siquiera lo más importante. Si únicamente se trata de depositar una papeleta en la urna y, a partir de ahí mantener el poder casi omnímodo del electo será reproducir la ley de hierro de las oligarquías.

La democratización pasa por garantizar procedimientos de participación en rango de igualdad en los procesos selectivos y de toma de decisiones, con libertad de expresión y agrupación, para conformar una dirección o un programa. Pero todo esto se queda corto si la dirección no es fiscalizada. Esto sí es democracia interna; lo otro solo es elección. ¿Serán capaces las tradicionales estructuras del centro-derecha español de acometer una democratización real? Entre el control y la incertidumbre –a la vista del caos en Francia, por ejemplo- optarán por lo primero.

Por último, en tiempos de una crisis de paradigma, tan parecida a la que ocurrió hace cien años, el tipo de liderazgo es básico. No me refiero a la orteguiana efebocracia, ni a los castings como método de reclutamiento político, sino a la capacidad e inteligencia de una persona para encarnar un proyecto y pronunciar un discurso singular, ilusionante e identificativo, que sepa aunar esfuerzos, fraguar acuerdos y crear lealtades. En terminología de James MacGregor Burns sería el “líder transaccional”, aquel capaz de manejarse entre los adversarios, negociar y vencer, y, al tiempo, fortalecer la unidad interna. Sí, es mucho pedir, pero hay que abrir el partido a la sociedad para encontrarlo o al menos acercarse al modelo.

Sobre estos cuatro apuntes giró el debate del 2 de febrero de 2017. Las preguntas de los millenials de la Red Floridablanca incidieron precisamente en la batalla de ideas que se está produciendo en Occidente, de la necesidad de implicar a las nuevas generaciones en la vida política, de la asunción de responsabilidades, de dar valor a principios como el esfuerzo, el trabajo bien hecho, la propiedad y la familia, que suponen el eje del liberalismo conservador. No quedo fuera el abrir los partidos a la sociedad, asumiendo las mismas normas democráticas que rigen en sociedad. La exposición y las propuestas mostraron muchas ganas de dar la cara. Ya dijo Karl Popper que “hay que estar dispuesto a exponer las ideas a la aventura de la refutación”, máxime si la batalla cultural no ha hecho más que comenzar.

Jorge Vilches

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