La nota de Saavedra

septiembre 07, 2015

Nunca hubo ni habrá peor enemigo del hombre que el hombre mismo. A lo largo de la historia el hombre nunca ha dejado de huir: del adversario político, del compatriota, del invasor, de los destinos fatídicos y hasta de los finales desgarradores que han acechado prácticamente a todas las naciones allá en el fondo de los siglos. La libertad siempre tiene un precio y, al igual que la vida, cabe tan solo en un instante, en una decisión que la separa de la muerte, en un mismo camino que puede llevar a la victoria o a la derrota, a la salvación o a la desaparición.

El mundo civilizado está conmocionado estos días, como en una tregua melancólica, por la fotografía de un niño sirio ahogado en la orilla de la isla griega de Kos. Tenía tres años y, en el final de su inocencia naufragada, huyó del horror de Siria sin saber de quién y murió sin saber por qué. Lo hizo a la deriva, arrojado a una aventura prematura que no le correspondía, arrancado de sus padres y sus hermanos, en quienes hubo de pensar en su último suspiro. Lo hizo como ya lo hicieron tantos otros miles en tantos otros tiempos, en la incertidumbre de la desesperación, quizás porque en la duda siempre hay una forma de esperanza. La publicación de esta fotografía nos ha hecho traspasar la delgada línea que separa lo irreal de lo real, la instantánea de un periódico que acaba en el olvido del sufrimiento auténtico de un destino truncado. Hay quienes se han escandalizado de que esa fotografía se haya hecho pública, como si fuera mejor no verlo, como si las conciencias pudieran sobrellevar mejor la ignorancia, como si la distancia justificara la indiferencia, como si nunca hubiera existido.

Buscamos explicaciones y buscamos culpables. Me pregunto si, como en la muerte de Santiago Nasar en Crónica de una muerte anunciada, no seremos todos los hombres y las naciones un poco culpables y cómplices de la barbarie mientras vivimos emboscados en nuestras rutinas y anonimatos, en un cortejo de silencio, en un gesto de impostura y representación, en la indolencia de un mundo alejado, casi distinto. La defensa de la libertad, como la de la vida, no ha de darse treguas ni levantarse fronteras, no precisa de componendas ni de intereses políticos sin solución, requiere una respuesta inequívoca que detenga la sangría, que despierte definitivamente nuestras conciencias, que nos involucre a todos, que nos saque de esta derrota que ya está durando demasiado.

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