La nota de Saavedra

septiembre 15, 2015

Pocos son los hombres distinguidos con la virtud de la valentía y con la determinación moral suficiente como para rebelarse contra las tiranías hasta el límite de aventurar sus propias vidas por la noble causa de la libertad. Leopoldo López es uno de ellos. Se le ha condenado a catorce años de prisión por defender la democracia y la libertad en una Venezuela sedienta, asfixiada, aplastada por el puño comunista de la sinrazón y del hambre. Pensaba Natan Sharansky que “un país es democrático cuando pueden exponerse las propias opiniones en la plaza pública sin temor al castigo o a las represalias”. Y así es. Por mucho que una parte de la izquierda española todavía siga sin reconocerlo, resulta impensable una democracia sin libertad y una supuesta libertad sin democracia.

Leopoldo López no pudo exponer sus opiniones en la plaza pública. Le arrebataron la voz, que es la voz de una oposición perseguida y ultrajada. Estuvo juzgado y condenado de antemano, sin garantías judiciales, en la batalla improbable de un hombre contra un régimen totalitario, en ese espacio de la historia reservado para los vencedores. Leopoldo López siempre hubo de saber que la libertad tiene un precio. Y decidió asumirlo. Aunque hayan tratado de someterlo, él ha escrito en una carta que no se ha cansado, que no  ha perdido. Leopoldo López no ha sido derrotado: un hombre que defiende la libertad en cualquier rincón del mundo es mucho más que un hombre, es la conciencia de todos los hombres, es una bocanada de esperanza, es un trozo de la Humanidad.

Quienes hoy le han despojado de su libertad y le han condenado a la fría soledad de una celda han de saber que su destino será el mismo que cosecharon todos los regímenes totalitarios, el del fracaso y la desaparición, porque la conciencia libre del hombre siempre termina descollando entre los muros de la tiranía. Este ha de ser el compromiso de todas las naciones libres, como lo fue el del propio Leopoldo López, sin esconderse, en la inseguridad de una vida asediada, en la propia seguridad de sus convicciones. Como se dijera a sí mismo aquel pescador de El viejo y el mar de Ernest Hemingway, en la soledad íntima del mar, “al hombre se le puede destruir pero no derrotar”.

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