La izquierda desencantada, por Gabriel Elorriaga

Portada de Gobernando el vacíoLas democracias europeas están atravesando una etapa difícil. Algo no funciona bien cuando en la región del mundo donde se acumulan las mayores cotas de libertad y bienestar se experimentan sacudidas electorales que ponen en cuestión los fundamentos mismos del sistema. Peter Mair pone el acento en la crisis de la “democracia de partidos”, un modelo de éxito en Europa tras la II Guerra Mundial que parece ahora haber entrado en una irremediable decadencia.

Gobernando el vacío. La banalización de la democracia occidental es la obra póstuma de Mair, a un tiempo interesante y extraña. El arranque no puede ser más contundente: “La era de la democracia de partidos ha pasado. Aunque los partidos permanecen, se han desconectado hasta tal punto de la sociedad en general y están empeñados en una competición que es tan carente de significado que ya no parecen capaces de ser soporte de la democracia en su forma presente”. El interés del ensayo es innegable, tanto por la reconocida relevancia de su autor como por el tema que aborda. Pero al concluir su lectura queda un regusto de insatisfacción, tal vez porque el libro finalmente editado no deja de ser una recopilación de textos que pretenden encajar en un índice preexistente pero que no acaban de alcanzar una conclusión nítida.

“¿Por qué cuando la democracia parecía triunfar, surgió el interés por limitar su alcance?” se pregunta Mair. Se refiere así a lo que califica como un “amplio intento de definir la democracia de forma que no requiera un énfasis sustancial en lo popular”, sino que cargue el peso en su componente constitucional. El impacto del fin de la Guerra Fría, la decadencia del “liberalismo enraizado”, los procesos de globalización y europeización son algunas de las respuestas sugeridas, pero la conclusión central es más directa: “el paso de la democracia popular a la democracia constitucional y la concomitante relegación de la política y de los procesos electorales son al menos en parte consecuencia de las deficiencias de los partidos políticos”.

A esas deficiencias atribuye Mair el descenso de la participación electoral y la caída en la afiliación a los partidos. El primer fenómeno es una realidad a lo largo toda Europa y el segundo solo tiene una excepción aparente en Grecia y en España. Entre 1980 y 2009 el número de afiliados descendió un 66% en el Reino Unido, un 56% en Francia, un 35% en Italia y un 27% en Alemania. En el mismo periodo, según los datos oficiales, en España la afiliación a los partidos aumentó… ¡un 374%! Bien es cierto que frente al millón y medio de afiliados “oficiales” solo poco más de 100.000 se aplicaron la deducción a la que tenían derecho en la declaración de la renta de ése mismo año, una discordancia que hace pensar.

Los ciudadanos se alejan de los partidos, pero al mismo tiempo también lo hacen los potenciales líderes sociales. Para los primeros ya no resultan útiles ni atractivos los cauces de participación ofrecidos, para los segundos las plataformas organizativas clásicas han dejado de ser eficaces, mientras los grupos de presión o los medios de comunicación son cada día canales más adecuados para modelar las políticas públicas. “Los electorados se están desestructurando progresivamente, lo que deja a los medios de comunicación más espacio para fijar las agendas y exige un esfuerzo mucho mayor a partidos y candidatos”. El comportamiento electoral es cada día más contingente, afirma Mair, y las opciones de los votantes “parecen cada vez más accidentales o incluso fortuitas”. Una idea que enlaza con la afirmación de Sartori: “La videopolítica es más fuerte cuando los partidos son débiles, y más débil cuando los partidos son fuertes. Cuando la política se convierte en un entretenimiento para los espectadores es difícil mantener partidos fuertes, y no es sorprendente que se convierta en un entretenimiento para los espectadores cuando se están borrando las diferencias reales que en el pasado habían distinguido a los partidos”.

Llegamos así a las causas centrales que podrían explicar ese alejamiento de la política partidista. De un lado, los conflictos ideológicos que enfrentan a los partidos tradicionales se han ido atenuando sustancialmente a medida que se imponía en todos ellos “el consenso centrista”, en buena medida fundado en torno a planteamientos de origen socialdemócrata posteriormente asumidos con generalidad. “Si bien los partidos siguen compitiendo entre sí por los votos, a veces incluso con intensidad, llega un momento en el que comparten los mismos compromisos generales en el gobierno y se circunscriben a un repertorio cada vez más limitado de políticas”. De este modo, “el clientelismo político resulta ser la única de las funciones clave que los partidos siguen realizando”. A este resultado contribuyen también los sistemas proporcionales que al exigir la renovación constante de coaliciones atenúan los cambios políticos surgidos de las urnas y diluyen los perfiles de gobiernos y oposiciones. De otro lado, el sistema político ideado para hacer posible la integración europea podría estar acentuando la sensación de una verdadera ausencia de alternativas reales. No es casual que Europa se haya convertido en un asunto clave sobre el que lanzar los más feroces ataques populistas desde los extremos a derecha o izquierda. El “método Monnet” de construcción europea, basado en la ausencia de confrontación y debate político público pudo ser un acierto para impulsar inicialmente la integración pero, tras avanzar ésta de una manera evidente, se convierte en un problema si se pretende también aplicar a la definición e implementación de las políticas públicas.

Foto: Euseson / Creative Commons

Foto: Euseson / Creative Commons

Es en el capítulo europeo donde más original e interesante se presenta el libro de Mair. “La larga marcha hacia la integración europea siempre ha sido un proyecto impulsado por las elites públicas y administrativas de Europa” pero, cuando esas elites se vuelven vulnerables con ellas “también se vuelven vulnerables sus proyectos y, en particular, el europeo”. La cuestión europea se ha convertido así en “un martillo con el que golpear al establishment”. Europa limita el espacio en el que se pueden posicionar los partidos convencionales y, por otro lado, restringe las facultades de los gobiernos nacionales reduciendo los instrumentos políticos disponibles. El peso visible de instituciones como la Comisión Europea acostumbra a los ciudadanos a aceptar decisiones de órganos que ni han elegido ni les rinden cuentas mientras que el Parlamento Europeo, al que sí pueden votar, carece de una influencia efectiva. Surge aquí un original argumento: “no votando en las elecciones europeas los ciudadanos aprenden que es posible y no problemático abstenerse en las elecciones nacionales”. Se produce así una notable paradoja: “al democratizar el Parlamento europeo, los constructores del sistema europeo pueden haber contribuido inadvertidamente a devaluar el proceso electoral en su conjunto”.

Al libro de Mair le faltan las conclusiones, algo inevitable dado su prematuro fallecimiento y el carácter inacabado de la obra. Pero, aun descontando esa innegable restricción,  sus páginas rezuman un pesimismo melancólico que no llama a la acción sino más bien a la resignación. Porque lo que el politólogo irlandés echaba de menos no eran tanto los partidos fuertes de la postguerra mundial sino la ausencia de restricciones externas que durante décadas pareció existir en Europa. El colapso del socialismo real y la globalización han traído una desconocida prosperidad al mundo pero, al mismo tiempo, han ejercido una fuerte presión sobre el modelo de bienestar vigente en la pequeña Unión Europea. Lo que ahora añora una cierta izquierda es la posibilidad de disponer libremente de rentas y patrimonios privados, de idear políticas redistributivas sin límite, de manejar la masa monetaria o los presupuestos sin aparentes consecuencias, de imponer en fin su racionalismo a las sociedades con la inicua convicción de que sólo ellos persiguen el bien común. Muchos partidos políticos posiblemente han sacrificado sus canales de participación, han limitado su debate interno y han descafeinado su discurso en busca de mejores resultados electorales. Y también cierto que el modelo europeo de integración exige aún muchas mejoras. Pero siendo todo ello innegable, carece de sentido clamar por márgenes de actuación pública que jamás regresarán – ojalá no ocurra – porque eso nos desvía del que debería ser el objetivo principal: repensar los sistemas políticos y electorales, con prudencia pero con determinación; abrir el abanico de las ofertas electorales, asumiendo el riesgo de explicar a todos lo que, siendo en ocasiones complejo, deben todos conocer y entender; y superar un cierto papanatismo europeísta para avanzar en la integración sobre bases más sólidas y afianzadas en las opiniones públicas nacionales. Sólo así será posible recuperar una democracia plena.

Gabriel Elorriaga
FLORIDABLANCA CAFÉ

Implícate

Desde Floridablanca necesitamos tu apoyo moral y material para poder llevar a cabo nuestro proyecto

Implícate

Archivos

Categorías