La diezmada marcha de la República, por Guillermo Graíño

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Tribuna originalmente publicada el 21 de junio en El Mundo


Imagen: Javier Olivares / EL Mundo

Imagen: Javier Olivares / EL Mundo

Algunas elecciones presidenciales francesas producen en la opinión pública la impresión de estar viviendo un momento clave de bifurcación histórica. Los vencedores de tales citas dan un impulso a la imagen del país y parecen adentrar deliberadamente a la nación por una nueva senda. La realidad no ha hecho todavía olvidar los grandes discursos y los momentos más prosaicos de inercia política están por venir. Aunque la fiesta acaba pronto y el aura se difumina, el nuevo impulso moral nutre políticamente al país durante unos años, a veces un decenio.

Nicolas Sarkozy fue protagonista de un momento parecido cuando ganó en el año 2007 la presidencia francesa. Los discursos fueron realmente emotivos y su elección representó una gran renovación frente al agotado Jacques Chirac. Las elecciones legislativas confirmaron, como se suele decir, ese estado de gracia, y Francia recobró un poco de su nervio político. El caso de Emmanuel Macron guarda, sin duda, ciertos paralelismos: ambos han efectuado una reconfiguración ideológica en su familia de procedencia, ambos tienen esa autoridad natural y ese estilo bonapartista que tanto reclama el brocado de la función presidencial francesa y del que tan lejos estuvieron, a su pesar, sus más anodinos predecesores Chirac y Hollande.

Entonces, ¿qué cabía esperar de unas elecciones legislativas celebradas en semejante momento de impulso? Poco más que una mera ratificación. El pueblo francés, repite Éric Zemmour, es de natural monárquico y, una vez elegido el gran rey republicano, «los partidarios votan por sus candidatos y los adversarios se retiran» en un gesto de desistimiento. Este fenómeno de desmovilización se produce especialmente desde la inversión del calendario electoral votada en 2001, a partir de la cual las elecciones legislativas tienen lugar inmediatamente después de las presidenciales. El país encara entonces la segunda cita con la impresión de que la suerte está echada, de que lo importante ya ha sucedido, y de que, en realidad, el resultado va a ser redundante.

A pesar de todo ello, el mérito de Macron en estas elecciones sigue siendo espectacular. Uno de los argumentos más utilizados contra él en la campaña electoral de las presidenciales fue que no se debía elegir a un candidato con un partido improvisado y sin una estructura de cuadros sólida, pues se vería después incapacitado para presentarse con garantías a las elecciones legislativas y obtener la más que conveniente mayoría parlamentaria. Evidentemente, tal cosa no ha sucedido, y ahora Macron dispone sin cortapisas de los plenos poderes que la V República del General de Gaulle reserva idealmente a sus reyes republicanos.

Sin embargo, asumida la meritoria mayoría parlamentaria, el triunfo de LREM dista mucho de ser inmaculado. Muchos electores, especialmente los insumisos y frontistas, han parecido entender que, ante la clara perspectiva de perder de nuevo las elecciones, hacían más daño al impulso Macron quedándose en casa y regalándole una cifra récord de abstención. «La aplastante abstención de hoy -ha dicho Mélenchon- tiene un significado político ofensivo». Efectivamente, el 57% no se explica solo desde la indolencia o el fatalismo: se trata, en parte, de una suerte de abstención expresiva producida por el nuevo reordenamiento ideológico.

Occidente ha vivido en los últimos años una gran sacudida en el terreno de las ideas políticas, y los partidos todavía están adaptándose a esa nueva orografía. Si, como tanto se repite ahora, el nuevo antagonismo ya no es entre izquierda y derecha sino entre nacional y post-nacional, o entre cerrado y abierto, entonces LREM se ha posicionado con total claridad en el extremo de uno de los dos polos. Así, el partido de Macron ha asumido la parte abierta de la derecha (economía) y la parte abierta de la izquierda (moral) para enfrentarse a su perfecto antagonista, un Frente Nacional que, inversamente, adopta la parte cerrada de la derecha (moral) y la parte cerrada de la izquierda (economía). Esta nueva configuración confirma una idea de transversalidad muy presente en el pensamiento francés desde hace tiempo: el capitalismo y la izquierda moral son aliados naturales, de la misma forma que lo son los valores fuertes y la economía anti-liberal (Georges Bernanos, Alain de Benoist, Michel Houellebecq, Jean-Claude Michéa…).

En cualquier caso, cuando el principal antagonismo ideológico era entre izquierda y derecha, las dos partes ganaban elecciones y se alternaban en el Gobierno. Con esta nueva reordenación, una de las dos Francias parece condenada a no tocar poder gracias a la lógica del escrutinio mayoritario. Sin proporcionalidad en la Asamblea y eligiendo a los presidentes en una segunda vuelta por ahora imposible de ganar para los populistas, la famosa Francia periférica de Christophe Guilluy empieza a agitar la idea de una secessio plebis dentro de la comunidad nacional. La Quinta es, según ellos, una república burguesa donde siempre gobiernan ellos, los vencedores de la globalización. Y es que, a pesar de que el Frente Nacional produce ahora menos rechazo que hace 20 años, la movilización en su contra sigue siendo insalvable (¿cuál será, en el futuro, el suelo del voto anti-frentista?, he aquí la clave). En este contexto, cuando el partido de Marine Le Pen pasa a la segunda vuelta, la derrota está casi asegurada y el otro partido vence, por así decir, por vía negativa. Esta dinámica no ayuda a la identificación de la sociedad con el proyecto político vencedor, ni tampoco a la integración institucional de la pluralidad política.

Con todo, los insumisos sí han conseguido el ansiado grupo propio en la Asamblea, aunque no han podido sobrepasar a los socialistas. Ahora tratarán de capitalizar políticamente la enorme contestación social que se espera al programa de reformas de Macron, y hacer ver que ellos, y no Le Pen o los socialistas, son los que de verdad apoyan la lucha en la calle. Los frentistas en cambio no podrán descargar toda la responsabilidad de su mal resultado en la mencionada lógica mayoritaria. La guerra entre la línea obrerista y transversal del partido, propia del norte, y la más clásica y burguesa del sur está por empezar. Por si fuera poco, la pugna en el clan familiar puede regalar en los próximos días alguna escena de vodevil a la prensa.

En cuanto a la izquierda y la derecha, aunque han evitado la catástrofe total en la segunda vuelta, ambas siguen estando aplastadas entre el nuevo gran centro y los extremos. Macron ha sobrevivido a la ruina del Partido Socialista creando un vasto espacio que integra al ala socioliberal de la izquierda y al ala juppeísta de la derecha. Las escisiones en republicanos y socialistas son ahora probables y quedará por ver, entonces, si la tendencia ganadora es centrípeta (tratando de recuperar el espacio arrebatado por LREM) o centrífuga (disputando la oposición a los populistas, pero dejando peligrosamente el centro a Macron). En las filas socialistas será difícil evitar la tentación de competir con los insumisos por el espacio de la izquierda fuerte. Sin embargo, las siglas del partido de Hollande o Mitterrand ya no tienen el más mínimo crédito entre la clase obrera. En las filas republicanas, por su lado, recordarán -en contra de los bautizados como «constructivos»- las mayorías que consiguió Sarkozy cuando los valores estaban en el centro de la agenda. Y es que, con la asunción de Macron de las ideas neoliberales y aperturistas, los republicanos pueden retornar a un natural espacio gaullista que reivindique la faceta más social del verdadero credo conservador.

Por último, el coronado Macron ha demostrado que es un habilísimo estratega electoral y que sabe anticipar y manejar los escenarios de competición política. Ahora le queda lo más difícil e inverosímil: que su renovación por el centro pueda ayudar a soldar las alarmantes fracturas francesas.

Guillermo Graíño

Profesor de Teoría Política en la Universidad Francisco de Vitoria y miembro del equipo de Floridablanca

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