La democracia liberal y sus enemigos (II), por Jorge Cabrera

La democracia liberal, tal y como se ha ido desarrollado desde la Ilustración sobre las bases de la concepción del mundo y del ser humano de la filosofía griega, del derecho romano y del cristianismo, se enfrenta hoy a una serie de amenazas que, aunque íntimamente conectadas, podemos aventurarnos a clasificar en transversales, externas e internas, según el elemento que predomine en las mismas. Todas ellas constituyen peligros reales para la supervivencia en el siglo XXI del más avanzado sistema de convivencia en sociedades complejas.

Estos son hoy los enemigos de la democracia liberal:

En primer lugar, transversales, caracterizados por su componente fundamentalmente global:

  • Creciente concentración del poder económico y financiero en grandes multinacionales y fondos de inversión. Desarrollo social supeditado a la protección de los intereses de las oligarquías, que se comportan a menudo como auténticas “élites extractivas”.
(Foto: Rafael Matsunaga / Flickr)

(Foto: Rafael Matsunaga / Flickr)

  • Consolidación de las desigualdades sociales y aumento del número de personas en situación crítica a causa de la pobreza, los conflictos o los riesgos medioambientales. Emigración ilegal.
  • Creciente poder de las redes de crimen organizado.
  • Colaboración y apoyo mutuo entre las diversas formas de radicalismo y extremismo existentes dentro y fuera de las sociedades abiertas. A pesar de las diferencias en sus raíces y planteamientos, encuentran en su común rechazo de la democracia liberal un punto de encuentro.
  • Extensión global de la cultura del entretenimiento continuo, de la búsqueda y obtención de la satisfacción inmediata. Disminución del espíritu crítico constructivo.
  • Incremento de la vulnerabilidad de los sujetos individuales y colectivos a través de Internet.

En segundo lugar, externos, originados desde fuera de las sociedades abiertas:

  • Éxito económico de modelos alternativos al representado por la democracia liberal, como el autoritario capitalismo de Estado. Pérdida de peso relativo de Occidente, fundamentalmente en el ámbito político, económico, demográfico y militar. Consecuente pérdida del control occidental sobre la iniciativa en materia de seguridad internacional.
  • Regreso en las relaciones internacionales a la política de esferas de influencia, basada en la desconfianza y la falta de cooperación. Nacionalismo agresivo y desestabilización creciente de las fronteras establecidas en siglo XX en violación de los principios básicos en los que se sustentó el fin de la Guerra Fría.
  • Aumento exponencial de la intensidad y la extensión del sentimiento anti-occidental y rechazo de los valores que representa, entre ellos, los propios de democracia liberal. Auge del extremismo religioso y del terrorismo de matriz islámica que persigue el sometimiento de Occidente.
  • Creciente autoritarismo de los regímenes no democráticos. La llamada primavera árabe y las revoluciones de colores han provocado una generalizada reacción involutiva en los regímenes no democráticos con el objetivo de evitar a toda costa que se repitan fenómenos similares en sus territorios.
  • Restricciones a la libertad de expresión en los países en transición y decepción de la población con la incipiente democratización.
  • Proliferación de armamento en poder de Estados autoritarios y de grupos terroristas.
(Foto: Day Donaldson / Flickr)

(Foto: Day Donaldson / Flickr)

Finalmente, internos, provenientes del seno de las propias sociedades abiertas:

  • Descentramiento: Los extremos ocupan el centro de la escena. Empobrecimiento de las clases medias en concurrencia con retribuciones exorbitadas de reducidas minorías. Creciente identificación de la crisis económica y financiera con un fracaso del sistema representado por el binomio democracia liberal-economía de mercado. Cuestionamiento abierto de la democracia liberal como modelo. Deslegitimación del poder público a causa de la corrupción. Desapego por parte de la población, especialmente joven, respecto a las Instituciones. Proliferación de los movimientos anti-sistema, del populismo, del racismo y de la xenofobia.
  • Radicalización conducente a la violencia de una creciente minoría de la población musulmana residente en sociedades abiertas. Terrorismo de ida y vuelta: reforzamiento mutuo del extremismo violento dentro y fuera de las sociedades occidentales.
  • Restricciones a la libertad y a la privacidad para hacer frente a las nuevas amenazas contra la seguridad. Un ataque como el de París contra el semanario satírico “Charlie” tiene como uno de sus objetivos provocar una reacción restrictiva de la libertad, tanto por parte de los gobiernos, obligados a ejercer un mayor control sobre la población, como por parte de la opinión pública, generando un debate interno sobre los límites de la libertad de expresión.
  • Aumento de las fuerzas centrípetas, tanto a nivel nacional como regional.
  • Creciente bloqueo del funcionamiento institucional.

La insoslayable realidad resultante de esta enumeración es la creciente vulnerabilidad de la democracia liberal dentro y fuera de las sociedades abiertas. No sólo no se puede dar por supuesta su futura consolidación global sino, más bien al contrario, se puede afirmar que ha entrado en retroceso.

Los que creemos en ella como el sistema más justo de organizar un Estado y de posibilitar unas relaciones internacionales pacíficas debemos defenderla o arriesgarnos a perderla.

Jorge Cabrera
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