La democracia liberal y sus enemigos (I), por Jorge Cabrera

(Foto: Alex LA / Flickr)

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Christchurch, Nueva Zelanda, 1943. Escapado del nazismo, un profesor austríaco escribe desde su despacho en la Universidad de Canterbury a un amigo emigrado a Inglaterra con el que había perdido el contacto. El propósito de la carta es pedir ayuda para encontrar un editor interesado en su libro después de varios decepcionantes rechazos. Un libro que quisiera ver publicado antes del fin del conflicto y al que se refiere como su contribución al esfuerzo para ganar la guerra. El amigo: el historiador del arte Ernst Gombrich; el profesor: Karl Popper; el libro: “La sociedad abierta y sus enemigos”, una de las más influyentes reflexiones sobre filosofía política escritas el pasado siglo y que, gracias a Gombrich y a Hayek, vio la luz en el último año de la contienda.

Escrito desde las antípodas europeas, el septuagenario libro ocupa esa misma posición respecto al criminal totalitarismo que asolaba el mundo. Al señalar los peligros que anidan en algunas de las grandes concepciones filosóficas del pasado, Popper hace una rotunda defensa de la libertad contra el totalitarismo de cualquier signo: por supuesto nazi o militarista, pero también comunista, populista o de matriz religiosa. Una contribución, por tanto, plenamente actual a la lucha por la libertad en el campo de batalla de las ideas.

En una sociedad abierta las ideas entran en libre competencia, la información circula sin cortapisas y la crítica racional orienta la acción política. Así entendida, la democracia liberal es la aproximación más acabada a la sociedad abierta habida hasta la fecha, pudiendo incluso considerarse ambos, hoy por hoy, como términos intercambiables.

Propaganda comunista (Foto: Gabriel/ Flickr)

(Foto: Gabriel/ Flickr)

Vencido el nazismo, el estalinismo se convirtió en el gran enemigo de la democracia liberal durante las casi cinco décadas de Guerra Fría. Por ello, tras la caída del muro de Berlín, el hundimiento de los regímenes comunistas y la desintegración de la Unión Soviética, el politólogo estadounidense Francis Fukuyama pudo proclamar el fin de la historia: Al haberse impuesto la democracia liberal y la economía de mercado sobre cualquier otra alternativa, Fukuyama daba por cerrado el conflicto ideológico, asumiendo que dicho sistema seguiría en expansión hasta que todos los países del mundo, con alguna limitada excepción, lo acabaran adoptando con sus matices y variantes culturales. Se decía que el siglo XX había sido corto, extendiéndose de 1914 a 1989, y se auguraba un siglo XXI caracterizado por la cooperación internacional basada en el respeto del Derecho.

Pero, desgraciadamente, el siglo XXI no comenzó con la caída del muro de Berlín. Arrancó con la salvaje destrucción de las Torres Gemelas, y el período desde 1989 a 2001, o pax americana, fue únicamente una época de transición que generó un espejismo de seguridad hecho añicos ahora.

Desde entonces se han desarrollado una serie de fenómenos que parecerían dar la razón al modelo del choque de civilizaciones de Samuel Huntington, según el cual los conflictos del siglo XXI tendrán lugar en los puntos de fricción entre las grandes tradiciones religiosas y culturales. Pero la realidad es que el conflicto violento siempre es político, y su raíz nunca se encuentra en la cultura o la religión. Éstas únicamente intervienen en él en la medida en que son instrumentalizadas por las partes en sus tentativas de conseguir el poder. El verdadero choque es el que existe entre la civilización y lo que se opone a ella. Entre la voluntad de convivencia y el deseo de destruirla.

Memorial de las víctimas del régimen totalitario en Moscú (Foto: Mandy / Flickr)

(Foto: Mandy / Flickr)

Esos fenómenos, que forman el entramado sobre el que se dibujan los estallidos de violencia física y verbal, real y virtual, que tiñen nuestras pantallas, constituyen una agresiva reacción, desde la cerrazón propia del pensamiento tribal, contra la democracia liberal. Merece la pena detenerse a enumerar algunos de ellos, y así lo haremos.

Pero antes debemos recordar que una sociedad abierta se asienta sobre la premisa de que el futuro no está predeterminado. El porvenir está abierto, y es responsabilidad de todos nosotros procurar que se actualicen, de entre la infinidad de posibilidades que ofrece, las mejores para el libre desarrollo de las capacidades y aspiraciones humanas.

Jorge Cabrera
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