La cuestión del centro (II), por Jorge Cabrera

La cuestión del centro. Distribución del Congreso de los Diputados tras las elecciones de marzo de 1996

Distribución del Congreso de los Diputados tras las elecciones de marzo de 1996 (Imagen: Wikimedia Commons)

Más allá de consideraciones ideológicas, la actitud propiamente centrista consiste fundamentalmente en la apertura al diálogo. Significa admitir que puedo aprender de los otros para mejorar mis planteamientos y que mi objetivo no es imponerlos porque no los considero fines en sí mismos. Los defiendo y los expongo a la crítica, que espero porque soy consciente de necesitarla. Significa también asumir que gobernar para todos implica tomar en consideración y tratar de integrar las diferentes sensibilidades. En mi opinión, es esta actitud lo que realmente reclaman los ciudadanos y la que les lleva a colocarse de manera abrumadoramente mayoritaria en el centro.

Así entendido, el centrismo multiplica la capacidad de la ideología sobre la que se aplique para contribuir al bien común, y, por tanto, puede ser propio tanto de partidos socialdemócratas como de partidos liberales. Sobre todo de estos últimos, en mi opinión, pues la apertura al diálogo está en la esencia misma del liberalismo.

Del centrismo entendido como sentido crítico se separa el dogmatismo, actitud caracterizada por la absolutización integral del propio sistema de ideas y por la intransigencia hacia cualquier desviación sin atender a sus razones. Como en el caso del centrismo, esa actitud es independiente del contenido ideológico. De hecho, también el rechazo de las ideologías puede ser dogmático. Por ejemplo, cuando se dice que lo que se defiende es simplemente de sentido común, excluyendo por tanto que lo demás lo sea, como si no cupiese otra alternativa racional. Siempre hay una alternativa racional. Lo irracional y en absoluto centrista es criticar las ideas no por ellas mismas sino por quién las formula; eso es enfrentar a unos contra otros como vía para movilizar a los votantes; es recurrir al odio y al miedo para alcanzar o conservar el poder.

La apertura al diálogo propia de la actitud centrista no debe extenderse únicamente a los otros partidos, sino también a los ciudadanos. Ello supone escuchar y explicar las propuestas y las decisiones de manera transparente: qué se pretende conseguir, cómo y por qué se considera la mejor alternativa, especialmente si esas medidas van a causar perjuicios en el corto plazo a una parte de la población. Los nuevos medios de comunicación deben utilizarse para mantener esa interlocución con los ciudadanos, abriéndose a la crítica, no para prolongar la máquina propagandística, sino para escuchar primero y explicar después.

El centrismo es identificado habitualmente con la moderación, y es cierto que el moderado, como el centrista, se aparta de los extremos ideológicos. En este sentido, una postura centrada o moderada está en contacto con más opciones ideológicas, lo que puede facilitar la comunicación, pero ello no prejuzga necesariamente su apertura al diálogo. Si se mantiene una actitud arrogante, inquisidora, agresiva y despreciativa, se podrá presumir de moderación ideológica, pero desde luego no de actitud centrista.

Por otro lado, la moderación puede ser un arma de doble filo, porque la obsesión con la misma puede conducir a la tibieza en respuesta a determinadas conductas destructivas de la convivencia como son la corrupción, el radicalismo y las discriminaciones. Ante ellas no valen los paños calientes y sí en cambio la determinación y la firmeza en el marco del pleno respeto a la ley.

Dicho todo esto, si un partido no consigue proyectar una actitud dialogante con otras formaciones políticas y con los ciudadanos, si aparece en ocasiones falto de sensibilidad ante los más desfavorecidos o de determinación ante graves desafíos para la democracia, no es extraño que la percepción del mismo acabe empeorando y separándose del centro a los ojos de los ciudadanos. De este modo, se sirve en bandeja que otros ocupen un espacio con el que se identifica la mayoría de los votantes. La competencia por el mismo debe servir para obligar a unos y otros, nuevos o menos, de centro-derecha o de centro-izquierda, a suplir sus respectivas carencias.

Jorge Cabrera
FLORIDABLANCA CAFÉ

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