La canción de nuestro mayo, por Ferran Caballero

Que nuestro 68 quede reducido al Mayo francés dice más de nosotros que de lo que pasó ese año. Porque 68s hubo muchos y muy diversos y algunos incluso más serios pero, quizás por eso, por serios, menos nuestros. Que nos acordemos del Mayo francés y nos suenen los otros dice mucho sobre aquello del kilómetro sentimental y sobre nuestros nostálgicos, editores de memorias, que verían entonces en Francia aquel norte donde dicen que la gente es limpia y noble, culta, rica, libre, despierta y feliz. Y dice mucho de nosotros, demasiado quizás, y de las revolución que creemos que podemos y que debemos luchar aún.

Es natural, digamos, porque el Mayo francés no fue la primavera de Praga ni el «Marzec» polaco. No fue ¡ni siquiera! una caputxinada antifranquista. La mal llamada revolución francesa fue una revolución burguesa en un sentido muy peculiar: fue una revolución de burgueses contra un orden burgués; una revolución por la libertad y la democracia contra un orden democrático y liberal; y fue, por lo tanto, una revolución que no pudo triunfar porque tampoco podía fracasar. Fue, dicen, una revolución estudiantil, que para no ser oxímoron tenía que ser divertida (en términos de González Férriz) y que por eso fue, y no podía ser de otro modo, una revolución fracasada pero una fiesta histórica.

COLLECTION DES BEAUX-ARTS DE PARIS

Para ser divertido sin dejar de pretender ser revolucionario, el 68 se fue y, sobre todo, se ha ido articulando en ideología entre el delirio del revolucionario auténtico y el bullshit del universitario pretencioso. Una ideología que, precisamente por eso, sólo podía realizarse en tiranía o en nostalgia. Y es signo de nuestros tiempos que el bullshit venza a la revolución y que la nostalgia por lo que pudo haber sido pese más que la ilusión por lo que vendrá cuando triunfe, finalmente, la revolución auténtica. Y bien está.

Fue una revolución fracasada, decíamos, que permitió a los contrarrevolucionarios respirar tranquilos y a los revolucionarios seguir soñando. Y por eso tenemos, por un lado, una revolución política claramente fracasada; porque el sistema político aguantó y aguantaron incluso los políticos del sistema. Y tenemos, por el otro, la revolución que se celebra estos días como la única revolución digna, posible y necesaria en nuestros tiempos, que es «la revolución de la vida cotidiana»; la revolución de costumbres y valores dentro de un sistema plenamente democrático y liberal.

Para los contrarrevolucionarios, toda revolución abortada, incluso todo anuncio de revolución, es un recordatorio de la fragilidad de los fundamentos de la vida en común. Por eso el Mayo del 68, o el 68 entero, en Francia y más allá, fue una oportunidad para la derecha. Porque si bien una revolución exitosa es el fin del orden y la libertad, una revolución fracasada se vuelve una oportunidad de oro para quien ha visto el peligro (siempre tarde, pero a veces no demasiado tarde) y ha visto con él la necesidad de defender las cosas que merecen nuestra protección. La del 68 no fue menos. Y por eso fue un final para la izquierda y un principio para una nueva derecha.

Fue el principio de una desorientación llamémosla ideológica que todavía hace suya la izquierda y que se basa en la constatación de que existe una división fundamental de intereses entre aquellos a quienes gusta considerar los suyos. En Mayo del 68, los obreros y los estudiantes universitarios fueron juntos, pero un ratito y a la vuelta de la esquina. Y la evidencia de esta separación rompe con la visión maniquea de las clases y su lucha porque pone de manifiesto que no hay un único interés común y legítimo que la izquierda deba representar y defender. Por eso nada tienen de sorprendentes los problemas de la izquierda teórica que ocupa las cátedras universitarias y las columnas de opinión para seducir a las llamadas clases trabajadoras.

Y fue, al mismo tiempo, el principio de una nueva derecha. No sólo en Francia, que también, y salida de las entrañas mismas del 68, sino también en Inglaterra (Scruton), en Estados Unidos (el neoconservadurismo de Kristol)… Se lo dijo André Glucksmann, célebre traidor a la revolución, al entonces Presidente Sarkozy: el fruto del 68 eres tú; un Presidente de derechas divorciado y vuelto a casar con una modelo y cantante. Porque, como le cantaba De André a la derecha: por mucho que creyesen que no había cambiado nada, por mucho que alejasen el miedo al cambio votando de nuevo por la seguridad y la disciplina… por mucho que se creyesen absueltos, estaban para siempre involucrados.

Del mítico 68 parisino aprendimos, aprendemos o aprenderemos, quizás, que las revoluciones dignas de tal nombre ya no se hacen con heridos y barricadas, que la juventud es un estado pasajero y que a toda revolución le sigue un nuevo orden como a todo festivo le sigue un nuevo lunes. Que, como vemos estos días, liberación no es libertad. Que toda liberación, incluso la paradigmática liberación sexual, viene siempre seguida de una nueva normalidad, con sus reglas, sus prácticas y sus juicios, que avanza la necesidad, ¡la urgencia incluso!, de una nueva y esta vez sí definitiva revolución que nos haga, de una vez por todas, libres e iguales.

Ferran CaballeroApp-Twitter-icon
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