La biografía política de Javier Rupérez, por Ana Capilla Casco

Javier RupérezLas memorias que Javier Rupérez ha publicado recientemente (“Una mirada sin ira”, Editorial Almuzara) son, ante todo, una biografía política que tiene muchos puntos de conexión con las de otros coetáneos, como Rafael Arias Salgado, Juan Antonio Ortega y Díaz-Ambrona, Oscar Alzaga, Ignacio Camuñas o José Pedro Pérez-Llorca,  que también fueron protagonistas de la Transición. El hecho de que Javier Rupérez acumule la triple condición de “pilarista”, “cuadernícola” (fue uno de los fundadores de la célebre revista “Cuadernos para el Diálogo”) y “ucedista” sin duda explica tales coincidencias.

¿Qué es entonces lo que tiene de especial la biografía política de Javier Rupérez? Creo que él mismo lo define perfectamente en su libro cuando afirma que una de las grandes aportaciones de los democristianos al Partido Popular fue “la reafirmación del carácter central de las ideas en la vida política”. Desde luego así ha sido en su caso, pues toda su vida política ha estado marcada por la defensa de una cierta idea de España y del lugar que nuestro país debe ocupar en el mundo. Sin olvidar que la política exterior de un país es reflejo de su política interior, y que sólo se puede proyectar más allá de nuestras fronteras aquello que previamente se ha conquistado dentro de las mismas.

El diseño de política exterior que Javier Rupérez puso en marcha durante la etapa en que colaboró estrechamente con Marcelino Oreja en el Ministerio de Asuntos Exteriores se correspondía con la de un país plenamente democrático. De ahí que algunos aspectos de ese proyecto, fundamentalmente los más contestados por la oposición de izquierdas, como el ingreso de España en la OTAN, quedaron en compás de espera para evitar que temas tan controvertidos entorpecieran el debate constitucional. No obstante, este retraso voluntario no implicó en ningún caso renuncia. De hecho, su salto a la política, como Secretario de Relaciones Internacionales de UCD, vino marcado por su intención de lograr llevar a la práctica los aspectos más ideológicos de la hoja de ruta diseñada en su etapa ministerial. Algo que fue posible gracias al decidido respaldo de Leopoldo Calvo-Sotelo, quien, pese a la enorme movilización en contra que auspició la izquierda y el proceso de descomposición en el que había entrado la UCD, puso todo de su parte para que España se convirtiera en el miembro decimosexto de la Alianza Atlántica. En consecuencia, si por algo puede distinguirse la biografía política de Javier Rupérez es porque contribuyó en un periodo muy corto de tiempo, apenas siete años, a establecer las líneas maestras de la política exterior de una España democrática, europea y occidental.

Éstas son, aún hoy en día, las coordenadas fundamentales que rigen la acción exterior de nuestro país. Los largos años en la oposición le ofrecieron al menos una satisfacción a Javier Rupérez: comprobar cómo el Gobierno socialista, que tan furibundamente anti-OTAN se había declarado durante la campaña electoral, acabó por asumir como propio el proyecto de política exterior establecido por los Gobiernos ucedistas, Alianza Atlántica incluida. El comienzo del fin de esa larga travesía por el desierto vino marcada por una importante decisión de Javier Rupérez en su condición de Presidente de Democracia Cristiana/Partido Demócrata Popular: integrar esta formación en el Partido Popular. Era la segunda vez que Javier Rupérez asistía al fracaso de la democracia cristiana en España, después del triste resultado cosechado por el Equipo Demócrata Cristiano del Estado Español en las primeras elecciones de la democracia, las del 15 de junio de 1977. El diplomático, por lo tanto, era plenamente consciente de que la democracia cristiana nunca lograría el éxito por sí sola en la política española y que su subsistencia pasaba por convertirse en una influyente corriente de un partido más amplio desde el punto ideológico, como sucedió en el caso de la UCD. No deja por tanto de resultar sorprendente que haya ahora quienes se planteen resucitar la fórmula del pequeño partido democristiano, pues no hay razones para pensar que las circunstancias actuales fueran más propicias que las del pasado, sino más bien todo lo contrario dado el proceso de secularización creciente de la sociedad española.

Javier Rupérez contribuyó a hacer del Partido Popular la “casa común” de todo el centro-derecha español y, de este modo, a las victorias populares de 1996 y 2000. La alegría de las mismas vino acompañada para el diplomático de la amargura de ver frustradas sus ambiciones ministeriales. Pero sí que ostentó el cargo de Embajador de España ante Estados Unidos, por lo que fue testigo de excepción de la extraordinaria relación que los dos países cultivaron durante la presidencia de Aznar y Bush. En esos años nuestro país, gracias a su sólido anclaje en Bruselas y Washington, alcanzó la relevancia e influencia internacional que desde hacía tanto tiempo Javier Rupérez ambicionaba para nuestro país. Esa cierta idea de España que el diplomático venía fraguando en su cabeza desde los años 70 se hizo entonces realidad: una España próspera y estable, con un sólido liderazgo político, fue capaz de proyectarse no sólo a nivel europeo, sino también de participar en la toma de decisiones realmente importantes de política internacional.

Ana Capilla Casco
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