La aportación de Julián Marías a la política española, por Jaime de Salas

Julián Marías

Julián Marías (Foto: ABC)

¿Cuál es la aportación de Julián Marías a la vida política española?

En el espacio del que dispongo no voy a tratar sobre las ideas políticas de Marías sino más sobre su práctica de comentarista político. Desde luego, merece retenerse su visión de una realidad nacional por encima de las autonomías. Pero si sus ideas -por supuesto- son interesantes, su aportación más importante fue la práctica de intelectual independiente en la España de la transición. Si hubiera que dar una fórmula para resumirla diría que aportó una visión razonable a la discusión política de su momento. ¿Nada más? En realidad, nada menos, teniendo en cuenta la enorme pobreza de la discusión política actual y la erosión que nuestro sistema padece por el hastío, escepticismo e incomodidad del debate político. Se puede hablar, incluso, de la alienación del ciudadano medio que no se encuentra a sí mismo en ese debate.

Es verdad que las condiciones de la España de la transición no son las mismas que las de la España de la segunda república, pero el efecto de la retórica política puede llegar a ser semejante. “Palabras como puños” es el título de un libro reciente donde se presenta el nivel del debate de aquel momento y es verdad que se llegó a pensar que la agresividad y la descalificación perentoria del contrario eran virtudes de la comunicación. Y este ideal sigue vivo en quienes entienden que se dinamiza una parte de la sociedad a base de movilizaciones urgidas por la retórica. Frente a esto están los artículos de “España en nuestras manos” donde se respira la voluntad de establecer un diálogo racional.

Desde luego, la vida política tiene que tener una dimensión pública por la que los asuntos se discuten en los medios buscando la atención de los ciudadanos. No puede haber participación de estos sin previo conocimiento y toma de postura. Es importante que haya una opinión pública y esta se logra por la escenificación permanente de los políticos. Pero ¿solo de los políticos? Evidentemente no. Debe haber, tiene que haber, intervención de personas que no estén integrados en los partidos, sino dedicados mayormente a otras cuestiones para que aporten una visión más equilibrada de las necesidades del país. Pueden aportar una visión distinta, como hizo Marías.

Lo importante no es reducir al contrincante al silencio sino a entablar un diálogo con el en el que quepa su respuesta. En definitiva, habrá que negociar siempre, antes o después, dentro o fuera del propio partido y ese espíritu de la concordia –término que el propio Marías rescató- debe imperar en todo momento. Pero para ello solo hay un instrumento que es el uso adecuado de la razón.

Nuestra sociedad es poco participativa. Es una deficiencia donde pesan la ausencia de tradición democrática, la falta de educación literaria y retórica, la costumbre de entender que en temas culturales y políticos uno no tiene propiamente capacidad para una intervención activa fuera del entorno de la familia, entre otros factores. Sobre todo, se entiende que cada cual se debe a sus propios principios antes de cualquier otra consideración. Y si el otro no está a su altura, peor para él. Para parafrasear a Unamuno, se busca vencer y no convencer.

Ante la pasividad y el desconcierto del ciudadano el resultado es el radicalismo y la sobreactuación de los debates públicos, con la consiguiente alienación del ciudadano. En cambio, en todo momento, Marías se produjo como un independiente -aun cuando pasajeramente fue senador en la legislatura constituyente-. Se le veía como persona sin vínculos con ningún partido, desinteresado, y al tiempo con un discurso llano, claro, y ajustado a las coyuntura del momento. Nunca condenando a unos o defendiendo a ultranza una propuesta, sino elaborando unos criterios que por fáciles y evidentes daban seguridad al lector. Para muchos, se convirtió en su autor. Eran personas moderadas, que aspiraban a vivir democráticamente pero en paz.

La paradoja era que Marías venía de la experiencia de la democracia en España en la segunda república. Sus lectores agradecidos eran muchas veces mucho más conservadores que él. Pero sentían que se les daba entrada con una visión de la política que tendía a evitar la tragedia y mostrar que el drama permanente de la coyuntura era algo que se puede resolver de una forma racional. No creo que la experiencia de la república fuera objetivamente muy favorable pero era lo suficiente para mostrar que en ese ideal, todos pueden encontrar su propio sitio. No hay que temer las razones cuando estas se plantean de una forma adecuada.

De hecho, su ausencia ha dejado un vacío. No se trata de un gran formulador de ideas nuevas, pero sí de un autor que de una forma discreta fue un gran estilista que supo crear y mantener un público de lectores bien intencionados, leales a la democracia, conscientes de la importancia de la política pero siguiéndola desde la distancia.

Jaime de Salas | Catedrático de Filosofía de la Universidad complutense de Madrid
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