La inaplazable batalla contra el nacionalismo, por Alejandro Muñoz González

Aitor Esteban (PNV) y Cristóbal Montoro. EFE

Nunca va a ser un buen momento para plantarse ante el nacionalismo. Si seguimos anteponiendo la estrategia a los principios nunca hallaremos la suficiente moral para romper la baraja. Siempre habrá una buena excusa (ahora ha sido la de la estabilidad) para postergar el día en el que el deber pese más que la supervivencia.

La votación de los Presupuestos Generales del Estado hubiera sido un buen momento para decir basta. El PNV tasó su apoyo al Gobierno en el levantamiento del 155. El mero planteamiento de este chantaje debería haber activado el atrofiado sentido de Estado de los partidos constitucionalistas.

El PP debería haberse levantado de la mesa en ese mismo instante. A continuación, el Presidente del Gobierno hubiera propuesto, en serio, a Pedro Sánchez la fórmula de los cinco diputados a la que la propia Susana Díaz estaba dispuesta.

El PSOE debería de haber aceptado, atendiendo a la situación de extrema gravedad. De no haber sido así tampoco sería descabellado que Rajoy hubiera admitido que no se encuentra en condiciones de liderar el país y hubiera llamado a los españoles a las urnas para conformar un nuevo Ejecutivo.

Los populares podrían haber argumentado que se veían abocados a nuevas elecciones para evitar el chantaje del nacionalismo. De este modo hubieran demostrado más patriotismo que los que escuchan cantar a Marta Sánchez.

Nuestros políticos han vuelto a no estar a la altura. A pocas horas de la votación, presumiblemente con todo atado, el PNV y EH Bildu acordaban una propuesta de reforma del Estatuto de autonomía vasco.

Un nuevo golpe contra la Constitución y algo más. Una bofetada a la igualdad y a la libertad de los españoles. Se prevé separar a los vascos repartiendo nacionalidad y preparando el gueto para los que tengan “residencia administrativa” y no gocen, se entiende, de los ocho apellidos. Es la obsesión totalitaria de hacer coincidir el Estado con la etnia que comparten nacionalistas vascos y catalanes. “No será utilizada para discriminar a nadie” afirmaban. Pero es exactamente eso, discriminar.

En la Carrera de San Jerónimo nada se agitó. Los diputados dormitaban acompasando sus ronquidos al monocorde tono de la Presidenta del Congreso que desgranaba enmienda tras enmienda. La prensa resaltaba al día siguiente que el PNV había abandonado a Torra. Falso. Qué muestra de apoyo más evidente que la plena coincidencia en los objetivos.

El 155 caerá, de todas formas se ha visto tan limitado, tan inane e impotente que poco importa. Toda la “coerción federal” limitada al cambio de interlocutores y ni para eso ha sido efectiva. Puigdemont tiene a su hombre al mando y eso es lo único que importa. Rajoy se equivocaba de analogía, esto no es una partida de ajedrez, es un macabro juego de la oca y volvemos a la casilla de salida.

Para calibrar hasta qué punto el PP se equivoca en Cataluña sus votantes deberían preguntarse qué pasaría si fuera Zapatero quien hubiera permitido tomar posesión a Torra. La oposición hubiera sido durísima y lo habría sido con razón. Como durísima debe ser la oposición que haga Ciudadanos.

El momento para dejar de pensar en las próximas elecciones y empezar a pensar en España pasó. Estamos en tiempo de descuento. Rajoy es lo que llaman los americanos un pato cojo. Los dos años que le ha concedido el PNV al Presidente ya se anuncian de lucha encarnizada entre PP y Ciudadanos. La inaplazable batalla contra el nacionalismo, auténtica amenaza a la convivencia entre españoles, se pospone una vez más. Y ya van…

Alejandro Muñoz GonzálezApp-Twitter-icon

Politólogo y Secretario del Foro para la Concordia Civil de Granada

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