Helmut Kohl, por Javier Rupérez

Helmut Kohl en Campaña en 1990 (Foto: Bundesregierung)

Helmut Kohl en Campaña en 1990 (Foto: Bundesregierung)

La CDU alemana, el gran partido democristiano heredero de Konrad Adenauer, había mantenido contactos regulares con sus homólogos españoles ya desde 1973, cuando Helmut Kohl, joven político renano que aspiraba a la cancillería federal, se hizo con la presidencia del partido. Desde entonces, y hasta 1998, cuando perdió las elecciones tras haber ocupado durante dieciséis años la cancillería mantuvo una invariable conducta de apoyo a España en general y de promoción de los partidos españoles que en el centro derecha del espectro, democristianos, liberales y asimilados, habían promovido la democracia desde los tiempos del tardofranquismo y más tarde articulado opciones políticas y de gobierno en ese espectro. Con ello reflejaba muy claramente su talante y sus prioridades: una Europa unida en democracia y en paz, un sistema político partidista inconcebible sin un fuerte elemento de contención y equilibrio en el centro derecha. Kohl repetía con frecuencia que él se imaginaba como uno de esos timoneles de barcas movidas por remeros que a derecha y a izquierda intentan marcar la dirección por su lado sin percatarse que la resultante es precisamente el avance acelerado por el medio y tal como describe el que en su mano tiene la orientación del vehículo.

Kohl y Bush en Camp David (Foto: Bundesregierung)

Kohl y Bush en Camp David (Foto: Bundesregierung)

Desde el momento en que comenzó a perfilarse en la vida política española la posibilidad de un partido grande e integrado de centro, que luego sería la UCD de Adolfo Suarez, la CDU de Helmut Kohl apostó sin vacilaciones por su futuro, aconsejando a los miembros de los partidos democristianos que no quisieron inicialmente seguir ese camino la reconsideración de su postura. Demostró con ello más clarividencia y efectividad que los integrantes de la democracia cristiana italiana, dedicados al apoyo verbal y poco práctico de las ilusionadas pero cortas huestes de Ruiz Jiménez y Gil Robles. La CDU, y su brazo intelectual, la Fundación Konrad Adenauer, fueron tempranos apoyos materiales y políticos a la exitosa y breve propuesta centrista de Suarez y sus aliados. Como Secretario de Relaciones Internacionales de la UCD entre 1977 y 1982 fui testigo excepcional y actor privilegiado en aquellas primeras y fructíferas relaciones, hoy todavía prolongadas a pesar del tiempo transcurrido en múltiples formas de colaboración bilaterales y multilaterales. Es de aquellos momentos cuando guardo las primeras y vívidas impresiones de un Helmut Kohl todavía en la oposición e incierto ante su futuro, y la permanente amistad de Hennig Wegener, que luego sería embajador de su país en España, y que como responsable de las relaciones internacionales del partido alemán  mantenía conmigo frecuentes contactos de ayuda y colaboración. No fue casualidad que en el I Congreso Nacional de la UCD en 1978 la CDU estuviera representada por dos de sus máximos representantes: Carstens, el presidente del Bundestag, que leyó un poderoso mensaje de aliento de Kohl, y Von Hassel, el presidente de la Fundación Konrad Adenauer.Helmut Kohl había llegado a la Cancillería en 1982, el mismo año en que, meses más tarde, se hiciera Felipe González con la Presidencia del Gobierno de España. El PSOE había ganado las elecciones con un programa que incluía la reconsideración, cuando no abiertamente el abandono, de la presencia de España en la OTAN. Era aquel el año en que varios aliados europeos debían decidir el despliegue en sus territorios de los misiles nucleares de medio alcance que debía contrarrestar la supremacía soviética en el terreno de esas armas y la opinión pública europea en general y la alemana en particular, debidamente adoctrinada por los medios soviéticos de desinformación, se mostraba remisa, cuando no abiertamente contraria, a la idea. Era en esa tesitura cuando Felipe González visita Bonn en abril de 1983, la segunda de sus visitas internacionales y cuando, en contra de los deseos y argumentos del ministro socialista de Asuntos Exteriores, el neutralista Fernando Morán, González apoya públicamente a Kohl en el despliegue de los artefactos. Es también el momento en que Kohl aconseja a González que España permanezca en la OTAN y la ocasión que aprovecha el canciller alemán para ofrecer en ese contexto el apoyo que España necesitaba para culminar satisfactoriamente las apenas iniciadas negociaciones para la entrada de nuestro país en la entonces Comunidad Económica Europea.

Tanto la CDU como la Fundación Konrad Adenauer orientaron sus apoyos tras la desaparición de la UCD a los restos visibles del naufragio: primero al Partido Demócrata Popular que fundó y presidió Oscar Alzaga y más tarde, a partir de 1986, presidí yo mismo, y luego a partir de 1989 al Partido Popular presidido por José María Aznar y resultante de la refundación en que confluyeron democristianos, conservadores y liberales. Eran aquellos tiempos en que Kohl como Canciller Federal y Felipe González como presidente del Gobierno mantenían una estrecha relación de colaboración y entendimiento, seguramente nacida de aquella temprana entrevista en Bonn en 1983, y sin embargo la CDU que el canciller presidía nunca dejó de prestar apoyo y consejo al todavía incierto centro derecha español. Fueron múltiples las ocasiones en que en Bonn el canciller encontraba su tiempo para recibirnos a los Alzaga, Cavero, De Grandes, Guimón y yo mismo que en aquel momento de perplejidad poblábamos la dirección de la superviviente democracia cristiana española. O posteriormente las ocasiones en que Aznar, todavía líder de la oposición, allí o aquí se encontraba con el ya poderoso e indiscutido líder de la Alemania reunificada. Fue en 1993 cuando con ocasión de uno de sus viajes a Madrid cenamos en la imperecedera Casa Lucio Aznar, Ana Botella y yo con un exuberante Kohl que no cesó de relatarnos los vericuetos de la reunificación mientras daba rendida cuenta del excelente jamón de la casa.

Kohl y Mitterrand (Foto: Bundesregierung)

Kohl y Mitterrand (Foto: Bundesregierung)

Helmut Kohl carecía del diverso atractivo del que habían alardeado sus predecesores en la Cancillería Federal, los socialdemócratas Willy Brandt y Helmut Schmidt, y su ascenso a las primeras responsabilidades ejecutivas no fue fácil ni breve. Parecía, de otro lado, lejano a las virtudes que habían hecho de Konrad Adenauer el padre de la patria de la Alemania de la postguerra. Pero en los momentos de la verdad a los que tuvo que hacer frente mostró una firmeza visionaria y una capacidad decisoria que le acreditan como uno de los grandes estadistas de nuestro tiempo. La manera en que gestionó una de las grandes epopeyas de la historia contemporánea, la reunificación de Alemania, quedará en los manuales como ejemplo de gestión en beneficio de la paz y de la democracia. La RDA, ese país que según alguno de los diplomáticos que en él estuvieron acreditados “nunca existió”, quedaba como residuo de la vacilante URSS tras la caída del muro de Berlín y su futuro pendía del hilo que pudieran tejer americanos, soviéticos y alemanes. Sin la tripleta que en ese momento encarnaron Kohl, Bush y Gorbachov la solución hubiera sido imposible, pero la manera en que Kohl encaró los retos de la coyuntura, abundante en riesgos y parca en éxitos, al conseguir una nueva unidad nacional, basada en la democracia liberal, anclada en la OTAN y en la CEE sin por ello asustar indebidamente al tardo sovietismo, es admirable. Ello hubiera bastado para consagrarle como una figura icónica del firmamento político contemporáneo.

Pero también existe el europeísta Kohl, bajo cuya observación e impulso la Comunidad Económica Europea se había convertido en la Unión Europea que entre otros datos comenzaba a dotarse de una moneda común, siempre predicador de la Europa unida como factor indispensable para la paz y la prosperidad en el continente y en el mundo. Y el Kohl, también aquí como su antecesor y maestro Adenauer, decidido partidario de la profundización en la amistad franco alemana, que encontraba su mejor símbolo en esa instantánea de 1984 en que del Canciller alemán cogido de la mano del presidente francés Mitterrand evoca en el cementerio de Douaumont la memoria de los millones de franceses y alemanes que perdieron la vida en las dos guerras mundiales. Algo similar a lo que veinte años antes, en 1963, habían hecho ante el Arco de Triunfo de Paris Konrad Adenauer y Charles De Gaulle. Tantas y tan importantes son las cosas que Helmut Kohl nos trae a la memoria que su desaparición nos suscita una plegaria por su alma y un ruego por su trayectoria: que su ejemplo perviva para guiar a todos aquellos que en Europa y en el mundo apostaron por la paz en libertad y en justicia. En definitiva, por los Kohl, Adenauer, De Gasperi, y Schumann que en la historia han sido.

Javier Rupérez

Embajador de España, del Consejo Asesor de Floridablanca

FLORIDABLANCA CAFÉ

Implícate

Desde Floridablanca necesitamos tu apoyo moral y material para poder llevar a cabo nuestro proyecto

Implícate

Archivos

Categorías