¿Han despertado las clases medias?, por Isabel Benjumea

Hace unas semanas El Mundo publicó un artículo de Elisa de la Nuez en el que la autora se preguntaba si con motivo de las elecciones autonómicas y municipales del 24 de mayo asistiríamos al despertar cívico de las clases medias en España.

En primer lugar, me gustaría señalar que, en mi opinión, el planteamiento de la propia pregunta resulta sesgado, porque parece negar la existencia de una conciencia cívica entre los españoles con anterioridad a esta cita electoral.

Colegio electoral en 1977 (Foto: Pérez de Rozas)

Colegio electoral en 1977 (Foto: Pérez de Rozas)

Condicionar el civismo de los españoles a unos determinados resultados electorales –los que la autora esperaba- puede dar a entender que solo son verdaderos ciudadanos los que eligen una determinada opción y no aquéllos cuyo comportamiento electoral no responde a nuestros parámetros. El despertar cívico de los españoles se produjo en 1977, o incluso antes, y desde entonces lo han manifestado periódicamente, elección tras elección, con una notable madurez democrática que ha impresionado tanto dentro como fuera de nuestro país.

Si algo demuestran los resultados de las elecciones del día 24 es que los españoles esperan una política que no responda exclusivamente a indicadores y datos económicos. Otra cosa es, y ahí dejo la cuestión, si alguno de los partidos por los que se han decantado los electores puede abordar las reformas que nuestro país necesita, dada la actitud de ruptura y enfrentamiento que mantienen.

Comparto con Elisa de la Nuez gran parte del diagnóstico sobre los males que nos afectan, pero discrepo en lo relativo a las causas que los han provocado, a quiénes son los responsables de los mismos, y lo que es más importante, a las medidas para atajarlos.

Afortunadamente, la realidad actual de España es indudablemente distinta a ese forzado y deformado paralelismo que se pretende establecer con la oligarquía y el caciquismo de la época de Costa. Reduciendo el problema al clientelismo de tipo decimonónico y cargando la responsabilidad sobre los hombros de los políticos -a los que se somete a una durísima  generalización- contribuimos poco a mejorar las cosas.

Cierto es que los casos de corrupción en los partidos políticos tradicionales han provocado un profundo y justificado alejamiento de la sociedad para con ellos. En este sentido, es fundamental  que reaccionen y sean capaces de renovarse y de mejorar su funcionamiento interno, con mayor transparencia y mostrándose firmes y resolutivos ante comportamientos reprobables e inaceptables. De no hacerlo, no podrán ser parte de la solución.

Ilustración de Sequeiros (El Mundo)

Ilustración de Sequeiros (El Mundo)

Pero reconozcamos también que la corrupción no ha encontrado acogida solo entre los políticos, por más que muchas veces éstos sirvan de cómodo chivo expiatorio a nuestras propias responsabilidades. La trasferencia de responsabilidades es, de hecho, uno de los males que  aquejan a nuestra democracia. Si vemos un poco más allá, si estudiamos un poco más a fondo la realidad y las prácticas sociales, veremos que la corrupción no se ciñe al nivel político. Normalmente, allí donde hay un político que realiza una mala práctica, casi siempre hay otro agente que la ha incitado o consentido, desde fuera o desde dentro de la administración. La corrupción se ha socializado, y así lo muestran los distintos casos que han tenido lugar en la universidad, en la judicatura, en el mundo de la empresa, en el fútbol e, incluso, en las ong’s. La corrupción no es un problema político, es un problema cultural, que solo podremos resolver con un cambio de mentalidad en el que el sistema educativo tiene que un papel fundamental que jugar.

Responsabilizando en exclusiva a los políticos, además de desfigurar la compleja realidad del problema, alimenta la antipolítica y el populismo. Y no es en las soluciones populistas, sino en la fortaleza de la democracia representativa y del constitucionalismo liberal donde encontraremos los medios de ir resolviendo nuestros problemas.

Hemos caído en la tentación de buscar las soluciones fuera de nosotros mismos. Si una regulación falla, regulemos de nuevo. Si una ley no se cumple, creemos otras nuevas. Si una institución no es del todo eficaz, sustituyámosla por otras tres. Así, ad infinitum, de modo que a la hora de exigir responsabilidades no sabemos ni dónde residen ni dónde han de exigirse.

Creo que es hora de que reclamemos lo mejor de nuestra tradición liberal empezando por creer en los ciudadanos, en nosotros mismos, como individuos capaces y responsables que saben lo que quieren para sí.

Desconfiemos de las fórmulas mágicas que por querer traer el paraíso a la Tierra solo dejan opresión y pobreza. Seamos realistas y pragmáticos, porque solo así podremos ir llevando a cabo las reformas que el país necesita.

Destaquemos el valor del Estado de Derecho, de la igualdad de todos ante la ley. Mejoremos la educación y hagamos pedagogía de la responsabilidad ciudadana y de la ejemplaridad. Construyamos instituciones sólidas, que den cabida a las variadas realidades sociales de España y pongamos los medios para que los tribunales de justicia que reaccionen eficazmente ante las malas prácticas.

Isabel Benjumea

Co-Fundadora de Floridablanca.

FLORIDABLANCA CAFÉ

Implícate

Desde Floridablanca necesitamos tu apoyo moral y material para poder llevar a cabo nuestro proyecto

Implícate

Archivos

Categorías