Hable ahora y hable para siempre (IV), por Gonzalo Altozano

(O variaciones alrededor de un mismo tema: la oratoria)

 Elemental, querido Sancho

don-quixote-549822_1920¿Sabía que la frase “ladran, luego cabalgamos” no aparece en el Quijote? Así que si la oye citar, tenga la certeza de que está ante alguien que no ha leído a Cervantes. Lo mismo pasa con los que endosan a Chesterton lo de que “el hombre moderno ha dejado de creer en Dios para creer en cualquier cosa”, algo que no dijo el bueno de G.K, y si lo dijo, nunca lo puso por escrito. Empieza a haber amplio acuerdo en que las frases de los hombres célebres no las pronunciaron los hombres célebres, sino que son cosa de escritores de almanaques o de mensajitos en el interior de las galletas chinas. Salvo las frases de Mario Benedetti. Ese sí. Ese sí que ha dicho todas las tonterías que se le atribuyen. Pero a lo que íbamos. No abuse de las citas. Tome nota de lo que han dicho los grandes de la Historia y hágalo suyo con sus propias palabras, que son palabras de hoy. No se corte. Lo que es deshonesto en un trabajo académico -no citar la fuente- no lo es en un mitin en Las Ventas. Los herederos de Tocqueville o los de Burke no le van a exigir royaltie alguno ni van a iniciar acciones legales contra usted. Y hace ya algún tiempo que Teddy Bautista y los hombres de negro de la SGAE no merodean por los alrededores.

En Madrid, a las ocho de la tarde, o das una conferencia o te la dan

La frase la he oído atribuir, indistintamente, a Eugenio D’Ors y a Agustín de Foxá,  con que lo más seguro es que la dijera César González Ruano. Hay que reconocerle, eso sí, el ingenio. Al menos la primera vez que la escuchas. La número setecientos cuarenta y ocho ya no hace tanta gracia. El efecto sorpresa ha dejado de tener efecto y ha dejado de ser sorpresa. La culpa la tiene nuestro improvisador (al que creíamos haber dado esquinazo párrafos atrás), que la repite en todas sus intervenciones, incluso si no está en Madrid, incluso si no son las ocho de la tarde. La repite porque piensa que la agudeza le bastará para meterse al público en el bolsillo. Y no es así. No es así que un solo chiste baste para ganarse a la gente. Y no es así que, en Madrid, a las ocho de la tarde, o das una conferencia o te la dan. En Madrid -y en Tombuctú-, a las ocho de la tarde, hay muchas cosas que hacer, la menos apetecible de todas quizás sea ir a una conferencia: la nuestra.

No tome rehenes

No se extrañe si el público de nuestra conferencia -de nuestra primera conferencia- lo forman familiares, amigos, dos o tres suscriptores del ABC y un universitario del plan antiguo necesitado de créditos de libre configuración. Pero todo podría ser peor. Quitando al estudiante y a los viejos lectores -o lectoras- del ABC, el resto del público nos quiere más o menos. O nos quiere más que menos. Por eso -o, mejor, por ellos- tenemos que esmerarnos. En realidad, tenemos que esmerarnos siempre que hablemos en público, no importa si se trata de una junta de la comunidad de propietarios o de nuestro discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Ni los nuestros ni nadie merecen ser rehenes de nuestra improvisación. Piense que han venido a escucharnos sacando tiempo de donde no lo tenían y lo mucho que les ha costado -y en un sentido amplio- aparcar. Por eso no pueden volverse a casa de vacío. Los tiene que electrizar. Hacer que lo pasen bien. Que no miren el móvil una sola vez. Que merezca la pena. Que no se vayan esa noche a la cama sin haber aprendido algo. Y que en la próxima cena con su cuñado, este le cuente, como si de su propia cosecha se tratara, algo que escuchó en su conferencia.

Gonzalo Altozano

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