Hable ahora y hable para siempre (III), por Gonzalo Altozano

(O variaciones alrededor de un mismo tema: la oratoria)

Los fantasmas de la Casa Blanca
Discurso "Tear down this wall" de Ronald Reagan en la puerta de Brandenburgo (Foto: White House Photographic Office, Creative Commons)

Discurso «Tear down this wall» de Ronald Reagan en la puerta de Brandenburgo (Foto: White House Photographic Office, Creative Commons)

Los presidentes de los Estados Unidos siempre han contado con uno o varios speechwriters, todos salvo quizás Calvin Coolidge, un presidente cuyos discursos de investidura ocupaban no más de 140 caracteres, lo cual demuestra que la síntesis ya era posible mucho antes de Twitter, ese invento del demonio. (A propósito, altamente recomendable White House Ghosts, el libro de Robert Schlesinger sobre los presidentes de los Estados Unidos y sus escritores). Pero el speechwriter no es un producto made in USA, sino que viene de antiguo. Por ejemplo, la versión que nos ha llegado de uno de los más altos discursos que escucharon los siglos, la arenga de Enrique V a sus hombres el Día de San Crispín, antes de la batalla de Agincourt -ya sabe, “We few, we happy few…”-, la versión del discurso, digo, no se la debemos a Enrique V, sino a William Shakespeare, un speechwriter cinco estrellas GL. Por otro lado, si a lo que a usted aspira no es al despacho oval de la Casa Blanca, sino al ala oeste, donde se escriben los discursos, y una vez logrado su objetivo descubre -o le descubren- que no es lo suyo, tranquilo, siempre es posible el reciclaje. Tras una penosa carrera como fontanero de Lyndon B. Johnson, Peter Benchley probó suerte con la literatura y se hizo millonario con su primera novela: Tiburón.

Grande es Dios en el Sinaí

623px-Emilio_CastelarEsto lo dijo don Emilio Castelar, una de las glorias nacionales de la oratoria, en uno de los más célebres discursos del parlamentarismo español. Hoy, sin embargo, no pegaría arrancar así un turno de réplica. En la carrera de San Jerónimo -salvo los bedeles, las taquígrafas y dos o tres diputados que se preguntan cómo habrán terminado ahí- nadie parece saber quién fue Castelar, quién es Dios y dónde queda eso del Sinaí. Pero no pegaría solo por esto. Sino porque la España de la segunda mitad del XIX -en la que Castelar vibraba con voz propia- no es la España de 2015. Cada uno somos hijos de nuestros padres pero también somos hijos de nuestro tiempo. Lo que no significa que se haya que renunciar a lo que se es, a lo que se lleva siglos siendo. Tampoco significa un intento patético por estar siempre a la última, la prueba de que uno se ha quedado definitivamente fuera de lugar. Lo que significa es que los grandes personajes de la Historia han sido, ante todo, personajes de su tiempo. Por tanto, un conocimiento informado de lo que está sucediendo en España y en el mundo es una buena carta de recomendación para ingresar en la Historia. Y la mejor llave, por otro lado, para sentar plaza en el equivalente moderno -mal que nos pese- de aquellos viejos foros, ateneos y senados: las tertulias de televisión.

Apague la tele y lea

Un seguimiento de la actualidad no excluye el conocimiento de la Historia. Y como todavía no se han inventado los viajes en el tiempo, la mejor manera de asomarse al pasado sigue siendo la lectura. Hay estudios que dicen que los españoles pasamos una media de cuatro horas diarias frente a la televisión. Sea valiente y sálgase de las estadísticas. Apague la tele y lea, hombre, lea. Lea de todo y lea todos los días. Pero sin atracones ¿eh? Que ya dijo San Ignacio de Loyola que no el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar las cosas internamente. La política es o debería ser una actividad del alma. Y qué mejor que la lectura -qué mejor que el estudio- para ejercitar las tres potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad.

No se puede engañar a todos todo el tiempo

Tres cosas hay en la vida, dice la canción: salud, dinero y amor. Tres cosas, en verdad, difícilmente disimulables. Categoría esta de lo indisimulable a la que habría que añadir la falta de lecturas. Es cierto que un indocumentado puede hallar refugio seguro en el panorama político español, de la misma manera que un charlatán en una convención de vendedores de crecepelo. Pero tarde o temprano se termina descubriendo el pastel. La gente no es tonta. Recuerde que se puede engañar a algunos todo el tiempo y a muchos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo. Lo dijo Lincoln. O dicen que lo dijo Lincoln. Porque esa es otra. Las citas. Cuidado. Las carga el diablo.

Gonzalo Altozano

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