Hable ahora y hable para siempre (II), por Gonzalo Altozano

(O variaciones alrededor de un mismo tema: la oratoria)

No pierda los papeles
Escena final de "El gran dictador" de Charles Chaplin

Escena final de «El gran dictador» de Charles Chaplin

Al improvisador impenitente le encanta presumir de que habla sin papeles. Lo cual no tiene mérito. Todos hablamos sin papeles: en casa, por la calle, en el bar, conduciendo, a veces incluso solos. Sí, ya sé que el improvisador se refiere a esos oradores capaces de pronunciar larguísimos discursos que enardecen a las masas, y todo sin mirar un papel. Oradores, en fin, con los que el caradura pretende compararse. Qué lejos está de ellos. Ignora las horas de trabajo que hay detrás de una de esas intervenciones tan fluidas que parecen improvisadas, pero solo lo parecen.

Y, sin embargo, no todos estamos dotados de una memoria de elefante. Hay quienes sí son capaces de memorizar larguísimas intervenciones -Soraya Sáenz de Santamaría, por ejemplo- pero están tan pendientes de la literalidad del texto que parecen estar examinándose ante un tribunal opositor, con lo que el discurso pierde frescura. Tampoco hay que irse al otro extremo, al del que no levante la vista del papel, como si el folio fuera una barrera protectora frente al público. La virtud, como tantas veces, se encuentra en el término medio. No pasa nada por subir al estrado con una notas, y mirarlas las veces que haga falta, sin disimulo. Eso sí, el guión tiene que ser el resultado de un trabajo previo, de muchas horas emborronando cuartillas, en la soledad de su escritorio. Volvemos al esfuerzo, maldición bíblica que si bien no garantiza el éxito, tiene al menos sus recompensas, y las tiene aquí en la tierra: la satisfacción del trabajo bien hecho, del deber cumplido, poder mirarse en el espejo y decir “¡qué tío!” (o “nena, tú vales mucho”, según)…

La tercera persona del Verbo

Tuve un amigo -amigo, ejem- que durante un tiempo recorrió España dando conferencias. Eran los años del zapaterismo y mi amigo -¿lo dejamos, mejor, en conocido?- formaba parte de una de esas plataformas que florecieron entonces para evitar que ZP llevara a término lo que años atrás Alfonso Guerra había formulado como amenaza: que a España no la conociera ni la madre que la parió.

La labor que tenía encomendada mi conocido -ese sujeto- era patearse el país para proponer una alternativa ilusionante al horizonte de fosas revueltas, fetos triturados y guerra de sexos que ofrecía el zapaterato. La misión, sin embargo, le venía grande. Pero porque no se preparaba las charlas. Decía el jeta que no le hacía falta. Que le bastaba con invocar al Espíritu Santo. No seré yo quien niegue la acción del Espíritu Santo -o tercera persona del Verbo, que viene más al caso- en la Historia del hombre y en su día a día. Lo que sí me atrevo a afirmar es que las charlas del personajillo eran un desastre, una sucesión de ideas -ideas, en fin, entiéndanme- sin conexión entre sí, que en su boca sonaban tópicas y carcas, con lo que el bienintencionado público, que esperaba un discurso fresco y sólido, enseguida desconectaba. Lo peor es que al recurrir a sus creencias como coartada de su falta de preparación, el holgazán igualaba una venerable y milenaria práctica -la invocación al Espíritu Santo- con un detalle supersticioso como subir al estrado con una pata de conejo en el bolsillo. Y pasaba a engrosar las filas de los que hacen de las grandes ideas, de los grandes amores -Dios, patria y por ahí- el último refugio de los sinvergüenzas.

Póngase en manos de un profesional
Obama preparando un discurso junto a su equipo (Foto: Official White House Photo by Pete Souza) This official White House photograph is being made available only for publication by news organizations and/or for personal use printing by the subject(s) of the photograph. The photograph may not be manipulated in any way and may not be used in commercial or political materials, advertisements, emails, products, promotions that in any way suggests approval or endorsement of the President, the First Family, or the White House.

Obama preparando un discurso junto a su equipo (Foto: Official White House Photo by Pete Souza)

La noche antes de un discurso, cuentan, Winston Churchill la pasaba trabajando en la improvisación del mismo, que no era otra cosa que el discurso en sí. Ninguno de sus colaboradores le oyó jamás lamentarse ante la inmensidad del folio en blanco. Y eso que el hombre andaba entretenido en detalles como ganar una guerra mundial -la II-, sacar a pasear al perro negro de la melancolía (su melancolía), y descorchar alguna de las 42.000 botellas de champán que, según confesión propia, se bebió a lo largo de su vida.

Pero no todos somos fuerzas de la naturaleza ni tenemos la Conway Stewart -o la Montblanc- de un premio Nobel de Literatura. Así que si por razones de agenda o del tipo que sean no se ve capaz de armar un relato con su presentación, su nudo y su desenlace -no otra cosa debiera ser un discurso político-, si no se ve capaz, insisto, no pasa nada, póngase en manos de un profesional. De un speechwriter. De un escritor de discursos. Eso sí, antes de pronunciar el texto que este le ponga por delante, tómese la molestia de leerlo, de rastrear el hilo invisible que llevó a su autor a saltar de una idea a otra, de un párrafo a otro. Y solo entonces siéntase libre de practicar en el discurso las tachaduras y añadidos que sean necesarios hasta hacer carne y sangre cada una de sus palabras, hasta verse reflejado en sus folios como en un espejo.

Gonzalo Altozano

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