Hable ahora y hable para siempre ( I ), por Gonzalo Altozano

(O variaciones alrededor de un mismo tema: la oratoria)

Recuerdo aquellos apuntes -Filosofía, 3 de BUP, colegio Retamar, papel de recambio Enri, tinta azul de boli Pilot-, aquellos apuntes, digo, en los que estudiábamos que los clásicos trataban de romper el ciclo de la Historia con gestos, con hazañas. Pero también con palabras, con discursos. De la antigüedad clásica -y no me refiero a los años de Retamar – hasta hoy, algunas cosas, pocas, han cambiado, pero otras, muchas, siguen igual. Entre estas, lo de las gestas, los discursos y el ciclo de la Historia. Y, sin embargo, cuántos productos caducan a diario en los supermercados porque no hay un vendedor de sonrisa profident y zapatos relucientes tratando de que los montemos en nuestro carrito. Y cuántas almas se pierden porque, domingo tras domingo, y así durante años, el cura nos flagela a nosotros, pobres pecadores, con una homilía que parece siempre la misma. Y cuántos votos pasan a engrosar las listas de otros partidos porque sus candidatos están lanzados en una loca carrera sin frenos por llegar los primeros al centro de la nada. Y todo por negarse el comercial, y el sacerdote, y el político a echarle horas y construir un relato, una narrativa, un discurso; todo por dormirse la siesta en brazos de la improvisación, esa musa de la escuela romántica, cuyos daños -los de la escuela romántica- aún están por cuantificar. Van aquí las notas de un observador a veces perplejo, a veces indignado, a veces esperanzado, casi siempre hecho un lío. No busque, por tanto, el lector -si es que tengo alguno- un curso acelerado de oratoria. Convénzase de que nadie ha aprendido nunca a conducir con el manual de la autoescuela, sino poniéndose detrás del volante y rellenando uno o incluso dos partes amistosos de accidentes.

Marco Tulio Cicerón, considerado padre de la oratoria. (Cuadri Cicerón contra Catilina por Maccari, 1880)

Marco Tulio Cicerón, considerado padre de la oratoria. (Cuadri Cicerón contra Catilina por Maccari, 1880)

He visto cosas que vosotros no creeríais

Como el replicante de Blade Runner, he visto cosas que vosotros -perdón, ustedes- no creeríais. Y no hablo de naves en llamas más allá de Orión ni de rayos-c brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannahäuser. Hablo de conferenciantes que nada más tomar asiento le preguntan al moderador -o, peor, al público- de qué tienen que hablar, cuál era el título de su conferencia. De presentadores que reconocen no haberse leído el libro que han venido a presentar y, como si esto no fuera suficiente, su turno de palabra lo agotan en poner a parir al autor, el pobre. De políticos, en fin, que en esta hora difícil de la patria garabatean sus discursos cinco minutos antes del mitin en una servilleta sobre la barra de cinc de un bar. Lo triste es que ni el conferenciante ni el presentador ni el político chapuzas se ruborizan, antes bien se exhiben satisfechos. Lo cual es preocupante. Porque cuando en un país la improvisación ha dejado de ser motivo de disculpa para pasar a serlo de orgullo es que algo marcha mal, no funciona bien.

¡Oh, Improvisación! ¡Cuántos crímenes se cometen en tu nombre!

Nadie va al teatro a ver cómo improvisan los actores, sino que todos esperamos que se hayan aprendido antes su papel y que se lo hayan aprendido bien. Y pongo como ejemplo el teatro por sus muchas semejanzas -la puesta en escena, la interpretación, los tomatazos…- con la política. En cuanto a la improvisación… Ya. Ya sé que desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, estamos obligados a ella, al menos dos docenas de veces al día, y me quedo corto. La vida, qué les voy a contar, pende de un hilo. Las improvisaciones nuestras de cada día son pequeños quiebros al destino, algunos de los cuales pueden ganarnos la admiración de nuestros vecinos, dejarlos incluso boquiabiertos. Pero lo que tiene un pase cuando se trata de esquivar una maceta que cae de un balcón, no lo tiene en esa presentación, esa conferencia, ese mitin apuntado en la agenda hace días o, peor aún, hace semanas o meses. Entonces no vale improvisar unas palabras. Entonces sí hay que tenerlo todo previsto, bajo control: el discurso, los zapatos, el nudo de la corbata, la tos, incluso un chiste o dos para cuando falle el sonido. Porque el sonido va a fallar. Está matemáticamente comprobado. Ya verá.

Gonzalo Altozano

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