¡Es la soberanía, estúpido!, por Vauvenargues

Uno de los argumentos más comunes para defender el derecho de autodeterminación de Cataluña es el que apela a la democracia. Dicen que quieren democracia, es decir, que quieren poder decidir su propio futuro. La apelación es muy efectiva: la democracia es uno de los valores más incontestables en el universo moral de hoy. De esta forma se consigue que el referéndum sea defendido también por muchos de quienes supuestamente no están a favor de la separación efectiva: “quiero que sigamos juntos –dicen–, pero eso, en todo caso, tiene que ser decidido en las urnas: estoy en contra de la independencia pero a favor de la consulta”. Esta es, más o menos, la posición de la franquicia Podemos, posición que les permite una cierta transversalidad y la posibilidad de recibir votantes tanto nacionalistas (estamos a favor del referéndum) como no nacionalistas (no estamos –al menos no de manera contundente– a favor de la independencia). [Seguramente uno de los mayores problemas de Podemos en el futuro sea mantener el derecho a decidir de Cataluña y demás, sin que ese mismo derecho sea ejercido dentro de su partido contra el liderazgo de Madrid…]

La cuestión, en cualquier caso, tiene poco que ver con la democracia. Democracia es, toscamente, el gobierno del demos. El problema que surge entonces es la propia delimitación del demos. Un país en el que votan las mujeres es más democrático que un país en el que no votan las mujeres, porque el concepto demos es más inclusivo. Sin embargo, el derecho de secesión no hace referencia a la extensión del voto dentro de un demos, a la integración de nuevos sujetos que antes quedaban excluidos del sistema político, sino al cambio del propio demos, a la sustitución de un demos por otro. Uno no llega a entender por qué ese cambio afecta a la calidad de la democracia, como sí afectaría, por ejemplo, la inclusión de las mujeres, o la de los catalanes si éstos no hubiesen podido votar en el sujeto del que forman parte. Es decir: no se entiende por qué el demos Cataluña es más demos que el demos España.

El problema entonces es, evidentemente, quién es el sujeto soberano. La delimitación de dicho sujeto, aunque se apele a la voluntad de conformarse como tal, es siempre pre-democrática. Una votación implica una determinada delimitación de los contornos y, en ese sentido, el soberanismo no es necesariamente un votar más, sino una respuesta diferente a la pregunta de quién decide. En definitiva: no se puede votar quién vota, porque toda consulta es en sí misma una respuesta a la pregunta sobre el quién. Lo realmente determinante no es, pues, la declaración a favor de la independencia, sino la aceptación de la soberanía de Cataluña –que dejaría abierto el recurso a la consulta de manera indefinida.

Así podemos ver que, en realidad, los argumentos del soberanismo no se basan propiamente en la democracia, sino en la naturaleza superior de la asociación que defienden: “esta delimitación del contorno es más real que esta otra delimitación”. Dicha supuesta realidad es necesariamente entendida en clave étnica o cultural, aunque tenga la máscara democrática de la voluntad. Rebatirles en ese terreno nos llevará, entonces, a otras cuestiones que dejaremos para otra ocasión. Empecemos, por lo menos, descubriéndoles el farol de la democracia, y obligándoles a que pongan sus verdaderas cartas encima de la mesa. Porque entonces nos será fácil probar que nuestro tipo de asociación es superior y mucho más real…

Vauvenargues
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