En qué creemos, por Alejandro Muñoz González

Carteles de Nicolas Sarkozy en la campaña electoral francesa de 2007 (Foto: David/Flickr)

Carteles de Nicolas Sarkozy en la campaña electoral francesa de 2007 (Foto: David/Flickr)

29 de abril de 2007. A pocos días de ganar las elecciones presidenciales, Nicolás Sarkozy pronuncia un vibrante discurso ante 35.000 almas en el Omnisport Bercy de París. El discurso de Bercy. Todos los analistas coincidieron en la eficaz construcción del relato y en el extraordinario dominio de la retórica. Sarkozy se convirtió aquel día en la nueva esperanza de la derecha europea, aunque luego no colmara esas expectativas en su acción de gobierno. Sin embargo, aquellas palabras siguen teniendo algo de fundacional, suponían una apertura al pensamiento para la derecha del siglo XXI. “La caída del Muro de Berlín –argumentaba Sarkozy- pareció anunciar el fin de la Historia y la disolución de la política en el mercado. Dieciocho años después, todo el mundo sabe que la Historia no ha terminado, que siempre es trágica y que la política no puede desaparecer porque los hombres de hoy sienten una necesidad de política, un deseo de política como rara vez se había visto desde el fin de la Segunda Guerra Mundial”.

“Yo propongo a los franceses romper realmente con el espíritu, con los comportamientos, con las ideas de Mayo del 68, con el cinismo de Mayo del 68. Propongo a los franceses devolver a la política la moral, la autoridad, el trabajo, la nación”. En Bercy, Sarkozy colocó a la izquierda ante sus propias contradicciones, “la izquierda que no ama a la nación porque no quiere compartir nada. Que no ama a la República porque no ama la igualdad. Que pretende defender los servicios públicos, pero que jamás veréis en un transporte público. Que ama tanto la escuela pública, que a sus hijos los lleva a colegios privados. Que dice adorar la periferia, pero que se cuida muy mucho de vivir en ella. Que siempre encuentra excusas para los violentos, a condición de que se queden en esos barrios a los que ella, la izquierda, no va jamás. Esa izquierda que hace grandes discursos sobre el interés general, pero que se encierra en el clientelismo y el corporativismo”. En gran medida son esas mismas contradicciones las que mantienen a día de hoy en España al Partido Socialista postrado.

Sarkozy proponía en aquel discurso un nuevo concepto de ciudadanía que equilibrara los derechos y los deberes y reclamaba la recuperación de ideas como nación, autoridad o identidad. El eje sobre el que pivotaba el discurso era la crítica al relativismo y al pensamiento único que durante décadas había regido el mundo intelectual controlado por el pensamiento de izquierda. El presidente francés rompió los tabúes de la derecha y reclamó para su partido la centralidad de la vida política porque se nutría de unos valores que eran los de los franceses.

En España nunca hemos sido tan osados como para tener nuestro propio Bercy, pero es verdad que con gran esfuerzo el Partido Popular fue capaz de construir una alternativa de centro-derecha frente a un Partido Socialista que copaba todos los ámbitos de la vida política y social española con unas apabullantes mayorías. Aquel largo camino de construcción de la unidad de la derecha española fue desde luego un camino intelectual, de elaboración de una alternativa de las ideas. Sin embargo, como le ocurrió a Sarkozy -¡sorpresa!- la deriva hacia un cariz tecnocrático en la acción del gobierno terminó primando sobre la agenda reformista.

Foto: Consejo Europeo/Flickr

Foto: Consejo Europeo/Flickr

Ahora bien, una década después de Bercy, podemos preguntarnos cuál es nuestro proyecto, qué ideas son las que animan al centro-derecha español. ¿Tenemos claro nuestro pensamiento? Y más importante, en el caso de tenerlo claro, ¿somos capaces de convertir esas ideas en un relato y en un proyecto que ilusionen a la mayoría de españoles? ¿Somos capaces de comunicar y compartir nuestra forma de entender y de mejorar la vida de las personas de manera que nuestras propias ideas se conviertan, de ideas de partido en ideas para España?

Era Margaret Thatcher quien decía que, “si tuvieses la intención de gustar a los demás, estarías preparado para transigir sobre cualquier cosa en cualquier momento, y no conseguirías nada”. Quizás uno de los problemas de la política actualmente sea que la hemos convertido en el arte de dar gusto a todo el mundo. La democracia se adultera cuando se reduce a un concurso de popularidad o a un certamen de belleza. A menudo los asesores de nuestros líderes parecen más preocupados en no molestar a nadie antes que en aportar ideas. Y los políticos se preocupan más por conocer qué piensan sus votantes que en reflexionar sobre qué piensan ellos mismos. Así, no es de extrañar la sequía de ideas para una política que vive condicionada por los sondeos.

No hay duda de que estos son tiempos de incertidumbre y de peligro para la democracia, para la libertad, para nuestro mundo tal y como lo conocemos. Ante estas circunstancias no está de más rearmarse de criterio, de convicciones y de certezas, en definitiva no está de más volver a los principios.

Después de una legislatura donde el Partido Popular ha tenido tanto poder como nunca antes lo tuvo y al comienzo de una nueva etapa en la que aun habiendo recibido una severa corrección en sus resultados sigue siendo la opción política en la que confían la mayoría de españoles ¿qué podemos esperar del PP?

La política sin ideas es poder desnudo. En estos tiempos de indefinición ideológica, ¿podría el Partido Popular repetir hoy, frente al desafío independentista, frente a los populismos de izquierda, frente a las fuerzas políticas que amenazan su espacio electoral, frente al relativismo y al pensamiento políticamente correcto, frente a todo lo que amenaza nuestra convivencia en libertad, frente la amenaza de la unidad de España  -digo- podría hoy repetir el Partido Popular frente a todo esto el discurso de Bercy? Por qué no. Y en el caso de repetirlo, ¿podría concitar e ilusionar a una mayoría de españoles? Por qué no.

Aunque se ha dicho muchas veces, lo único importante es España, pero no está de más recordarlo. A nosotros nos diferencia nuestro sentido de sociedad. En qué creemos. Nosotros creemos en el hombre.

Alejandro Muñoz González · Politólogo y socio fundador del Foro para la Concordia Civil
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