Empleo y libertad, por Alejandro Jódar

El cuarto estado, Giuseppe Pellizza da Volpedo

El cuarto estado, Giuseppe Pellizza da Volpedo

La desigualdad económica parece ser una de las grandes preocupaciones de la sociedad española. Así al menos se deduce de la atención que le prestan los distintos programas, ya sean televisivos o electorales. Incluso los datos y las estadísticas al respecto se han convertido en un arma arrojadiza habitual entre los partidos, medios, grupos de presión y ciudadanos.

Lo cierto es que la relación entre el empleo y la renta de las personas constituye un elemento esencial a la hora de abordar la desigualdad. Tradicionalmente se han intentado paliar las evidentes deficiencias de nuestro mercado de trabajo con medidas voluntaristas sobre la base de una regulación exhaustiva e intervencionista, pero los resultados demuestran que la denominada desigualdad económica, en cualquiera de sus grados y afecciones, debe afrontarse desde la libertad y no desde la constricción o el inmovilismo.

El endémico diferencial de nuestra tasa de paro con respecto al resto de países europeos, junto a la escasa calidad del empleo, y la dificultad para casar oferta y demanda de trabajadores y puestos, suponen el gran azote de las familias españolas desde hace décadas. Acabar con estas particularidades empieza, sin duda, por reconocer el vetusto y fallido sistema laboral en España. Ante un problema complejo que parece enquistado en nuestra sociedad, las actuaciones de los distintos gobiernos han estado siempre mediatizadas, bien por los tabúes de la izquierda o bien por la tibieza del centro-derecha.

Durante la larga etapa de prosperidad económica que arrancó a mediados de los años noventa, con las medidas liberalizadoras de los primeros gobiernos del Partido Popular, se logró reducir la tasa de paro a menos de la mitad. Pero cuando dicho período terminó abruptamente, en los años 2007-2008, aún estábamos lejos de alcanzar el ‘pleno empleo’. Pronto el paro volvió a superar el 20%, y la positiva evolución de los últimos años parece aún insuficiente, dada la envergadura del problema.

El desempleo sólo dejará de constituir el gran drama intergeneracional español si se afronta desde una perspectiva liberal. Ni las cargas sociales, ni la relación empresario-trabajador, ni la actual fórmula de negociación colectiva, ni el propio sistema de representación sindical, entre otros, permiten mejoras sustanciales en las cifras del desempleo tal y como están planteados. Apostar por reformas efectivas en las actuales y deficientes relaciones laborales de nuestro país, así como en otras materias relacionadas con la productividad y la creación de riqueza, es la clave para un futuro próspero y debería ser prioritario para el próximo Gobierno. Por el contrario, institucionalizar la dependencia del Estado para el desarrollo de las industrias y el empleo, supone hipotecar el futuro de varias generaciones. Estas políticas de estatalización sí supondrían aumentar la desigualdad. De hecho, ya lo vienen haciendo desde hace años.

oportunidades

Foto: Bethany Legg

Si realmente se quiere acabar con las preocupaciones e incógnitas laborales y económicas de los españoles, se debe profundizar, entre otras medidas, en  la reforma laboral de febrero de 2012, que supuso un acierto al apostar por la libertad y no por la rigidez en las relaciones laborales, pero se quedó algo corta en su desarrollo. Darle un nuevo impulso, apostando por la flexibilización del mercado de trabajo y por la reducción de trabas a la contratación y el despido, puede ser un paso importante en la dirección adecuada.

Sin embargo, es el momento de dirigirse hacia la creación de empleo y no sólo a detener la sangría de su destrucción, principal y cumplido objetivo de dicha reforma. Una decidida rebaja de impuestos y de las cotizaciones de los trabajadores por cuenta ajena y propia, sustituyendo así a las erróneas bonificaciones, ayudaría a crear empleo y nuevas oportunidades.

También sería necesario valorar las iniciativas privadas en todas las parcelas de las políticas de empleo, fomentando la colaboración público-privada en la colocación de desempleados y aligerando los costosos y no siempre eficaces servicios públicos de empleo. O simplificar los modelos de contrato, para acabar con el perverso sistema existente.

Si analizamos el panorama de nuestro continente, vemos que países como Irlanda o Chipre, en quiebra hasta hace poco tiempo, han retomado la senda del crecimiento económico y el empleo tras apostar por la libertad y el impulso a su tejido productivo, en contraste con las cifras de Grecia, que se ha caracterizado por su resistencia a la liberalización económica.

Esta realidad se ve reflejada también en las decisiones que toman los españoles a la hora de trabajar fuera de nuestras fronteras, desplazándose a países con mayores índices de libertad económica para conseguir un trabajo y la mejora de su renta. Las personas siempre se desplazan hacia los lugares que ofrecen más oportunidades, como es natural. Si los trabajadores españoles demandan más libertad, no los ignoremos. Esta apuesta permitiría a España convertirse en un país más dinámico y más próspero, acabando con el principal foco de desigualdad y pobreza que es el desempleo.

Alejandro Jódar
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