La lotería de las elecciones italianas, por Gabriele Maestri

 

La cita electoral del próximo domingo en Italia es de esas delicadas, una partida global en la que hacer pronósticos resulta poco seguro. Los italianos estarán llamados a elegir el nuevo Parlamento y, el mismo día, los ciudadanos del Lazio y Lombardía elegirán a la nueva administración de dos de las regiones más importantes del país: la primera incluye la capital institucional, la segunda la capital económica.

Estas dos últimas convocatorias son ciertamente interesantes y, salvo sorpresas, es lícito hacer previsiones sobre los resultados (en Lombardía tiene ventaja el centro-derecha, en Lazio parece más fuerte el centro-izquierda); sin embargo, toda (o casi toda) la atención de políticos y analistas está puesta en las elecciones nacionales, caracterizadas por una alta tasa de incertidumbre sobre el resultado de las mismas.

En este momento hay tres posibilidades, más o menos como hace cinco años, aunque la situación no es la misma. En
2013, el centro-izquierda capitaneado por Pierluigi Bersani, líder del Partito Democratico (Pd), parecía aventajar a la coalición de centro-derecha, debilitada por los escándalos políticos, judiciales y personales de su punto de referencia histórico, Silvio Berlusconi. Al final, en cambio, la primera fuerza política resultó el MoVimento 5 Stelle (M5S) que reconocía como líder al actor Beppe Grillo y encarnaba la respuesta antipolítica -y según muchos comentaristas, populista- al deterioro de la política en los años precedentes, con abundantes escándalos judiciales y financieros que han suscitando desencanto, rabia e indignación. El Pd había obtenido la mayoría en la Camera (pero solo porque su coalición había resultado la primera y por ello había recibido muchos escaños) pero no la tenía en el Senato, donde era menos fuerte que el centro-derecha, que antes de la votación había recuperado muchos consensos: en el sistema político italiano, cualquier gobierno debe contar con el apoyo de la mayoría de ambas cámaras del Parlamento, y ningún partido estaba en esas condiciones.

Fracasado el intento de Bersani de formar gobierno, lo consiguió Enrico Letta, otro exponente del Pd, que pudo hacerlo solo con el apoyo fundamental del partido de Silvio Berlusconi. En noviembre de 2013, este fue declarado privado de su condición de parlamentario por el Senato tras una condena definitiva por fraude fiscal: el principal partido de centro-derecha pasó a la oposición, pero sus ministros quisieron permanecer en sus puestos fundando una nueva fuerza política. Menos de tres meses después, Letta habría tirado la toalla, al no contar más con el apoyo de su partido, dirigido por el nuevo y joven secretario Matteo Renzi: fue este quién sustituyó a Letta en el gobierno, lanzando la acusación (negada por el interesado) de traición y creando una fractura interna en el Pd que nunca se ha cerrado del todo. La relación entre Renzi y Berlusconi ha sido en muchos aspectos controvertida: con frecuencia se han confrontado, a distancia o cara a cara, sobre la ley electoral y sobre las cuestiones institucionales, hasta el punto que Forza Italia, el partido de Berlusconi, había apoyado la primera versión de las reformas constitucionales pretendidas por el gobierno Renzi; sin embargo, cuando los italianos fueron llamados expresarse sobre el texto final de las reformas en un referéndum, de Forza Italia y de Berlusconi llegaron parte de los “noes” que han llevado a la dimisión de Renzi, sustituido en el último año de legislatura por el ejecutivo dirigido por Paolo Gentiloni.

Cinco años después de 2013, el Partito Democratico es aún más fuerte que Forza Italia: llevará al Parlamento a más personas fieles al secretario Renzi, aunque parece muy lejano del 40,8% obtenido en las elecciones europeas de 2014, habiéndose debilitado mucho, sobre todo en el último año y medio. Durante este periodo, el grupo hostil a Renzi, del que forman parte Bersani y el expresidente del gobierno Massimo D’Alema, han dejado el partido y con otras fuerzas han creado una lista autónoma que se declara de izquierdas, Liberi e Uguali, encabezada por el exmagistrado y presidente del Senato saliente Pietro Grasso. Además, el partido de Renzi no puede contar en torno a sí con la contribución de listas verdaderamente fuertes. La única que podría superar la barrera del 3% de los votos, mínimo para poder obtener escaños en el Parlamento, es +Europa, dirigida por la excomisaria europea Emma Bonino.

En el centro-derecha, en cambio, junto al partido de Berlusconi está la Lega, que bajo la dirección de Matteo Salvini no es ya “el partido del Norte”, sino que se presenta cada vez más como fuerza soberanista (colaborando en el nivel europeo con Il Front National de Marine Le Pen) y goza de un consenso cada vez mayor. Si la Lega consigue más votos que Forza Italia, Matteo Salvini no tardará en reivindicar la presidencia del gobierno, aunque los apoyos de Berlusconi excluyen que esto pueda ocurrir. La coalición podrá contar con los votos y los escaños de Fratelli d’Italia, el partido de Giorgia Meloni que representa la última evolución de la derecha italiana, también ocupada en batallas a favor de la soberanía nacional. También en este caso, probablemente, el partido más fuerte resultará el MoVimento 5 Stelle, pero su opción de no aliarse con ninguna otra fuerza política le hará del todo imposible juntar los números para una mayoría.

Además, si el MoVimento 5 Stelle ha identificado hace tiempo a su joven líder Luigi di Maio como candidato a jefe de gobierno, ni el centro-derecha ni el centro-izquierda tienen un nombre concreto para el Palazzo Chigi. Berlusconi no puede ser candidato hasta 2019 a causa de su condena, él querría como eventual jefe de gobierno al actual presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, pero el interesado prefiere quedarse donde está. En el centro-izquierda, en cambio, junto al nombre de Renzi hay otros, empezando por el presidente del gobierno saliente, Gentiloni, agradable a las altas esferas institucionales y al extranjero.

Más allá de los sondeos, por tanto, nadie puede vaticinar cuál será el resultado de estas elecciones. Es probable que sea el centro-derecha el que tenga un mayor número de representantes, en parte gracias al funcionamiento de la nueva ley electoral, que asigna casi dos tercios de los escaños con sistema proporcional sobre listas bloqueadas y circa un tercio de escaños en colegios uninominales en los que se confrontan listas individuales o coaliciones. Casi con toda certeza esos números no serían suficientes para formar un gobierno sin necesidad de aliarse con fuerzas políticas de otros espacios. El riesgo de ingobernabilidad o la necesidad de cerrar acuerdos de “gran coalición” son todo menos escenarios improbables, en un contexto que tiene pocas certezas (si no es la necesidad de continuar trabajando para relanzar el crecimiento, atraer la inversión, reducir la deuda y el desempleo): el rito de las urnas del domingo, en resumen, corre el riesgo de parecerse más a una lotería que a un instrumento de democracia.

Gabriele Maestri

PHD IN THEORY OF STATE AND COMPARATIVE POLITICAL INSTITUTIONS, RESEARCH FELLOW IN PUBLIC COMPARATIVE LAW (ITALIAN AND COMPARATIVE PARTY LAW) EN ROMA TRE UNIVERSITY, ITALIA.

TRADUCCIÓN DE JOSÉ RUIZ VICIOSO

FLORIDABLANCA CAFÉ

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