Elecciones 26J: los síntomas de madurez del electorado español, por Eugenio Nasarre

Elecciones 26J. Congreso de los Diputados

Foto: Javier Vidueira / Floridablanca

El pasado 26 de junio 3,6 millones de españoles cambiaron su voto respecto a lo que habían hecho el 20 de diciembre de 2015. No es una cifra desdeñable, dada la cercanía entre uno y otro comicios. La orientación de estos cambios fue: un tercio se quedó en casa, engrosando ligeramente la abstención de las precedentes elecciones; un 30 por ciento dejó de votar a Unidos Podemos; un 20 por ciento decidió votar al PP; y un 10 por ciento dejó de votar a Ciudadanos. Las demás variaciones no son significativas.

Ese casi 15 por 100 de electores fue madurando su decisión a lo largo de los cinco meses de vida de la más breve legislatura de nuestra democracia. Lo hicieron de manera tan discreta, tan reservada, que nuestros gurús de la demoscopia no olieron mínimamente lo que estaba ocurriendo en el fondo de la sociedad española. El clamoroso fracaso de las encuestas y de los superficiales tertulianos audiovisuales, que hoy dominan la  opinión pública en nuestro país, es el primer dato a retener. Habrá que fiarse mucho menos de ellos y habrá que hacer un mayor esfuerzo para intentar comprender las corrientes de fondo de la sociedad española.

Sin lugar a dudas el hecho determinante fue ese 30 por 100 de los que cambiaron su voto, que huyeron de Podemos-IU (¡nada menos que el  18 por 100 de su electorado!). Para calibrar la dimensión de esa derrota baste pensar, por ejemplo, que si el PP hubiera perdido un porcentaje similar se habría quedado con 6 millones de electores. Todos lo habríamos calificado como un verdadero desastre para el partido de centro-derecha.

¿Qué pasó en estos cinco meses que propiciara esta abultada deserción del presumible voto de Podemos? Sencillamente que los podemitas irrumpieron en la escena política como una fuerza  que ya había que tomar en serio y, por tanto,  escrutarla. Los podemitas entraron en el Parlamento profanándolo. Se comportaron de manera similar a la que  habían hecho las fuerzas enemigas de la democracia liberal en los períodos más oscuros de la historia contemporánea europea. No fueron nada originales en sus provocaciones. Mostraron una gran osadía y una fuerte ambición de poder. Y, aunque en la campaña obedecieron al clásico guion “tranquilizador”, táctica observada siempre por los partidos de su misma estirpe, su verdadero rostro había quedado ya grabado en buena parte de la sociedad española. Tiene alguna razón Pablo Iglesias cuando ha considerado como factor clave para su derrota el “miedo” de muchos españoles a que alcanzaran el poder. Porque –como veremos a continuación- todos los corrimientos de voto que se produjeron tienen esta última explicación: una mayoría consistente de españoles rechazaron aventuras que pusieran en riesgo tres pilares sobre los que se había asentado nuestra convivencia desde la Transición: una democracia parlamentaria, un modelo socioeconómico integrado en Europa y basado en la libertad económica y en el mercado, y la superación  del enfrentamiento entre las “dos Españas”. Entregando el poder a Podemos estos tres  pilares quedaban seriamente resquebrajados  y eso es precisamente lo que ha rechazado una amplia mayoría de españoles.

Sistema electoral

(Foto: Patricia Simón / flickr)

Porque la lógica conducía a pensar que los votos perdidos por Podemos beneficiarían al partido contiguo en la escala ideológica. Eso es lo que pretendió Sánchez a lo largo de su campaña. Pero también fracasó porque los electores vieron con claridad que trasvasar los votos de Ciudadanos al PSOE no suponía ninguna garantía para evitar el acceso al poder de Podemos, sino que, con arreglo a lo que los mismos dirigentes del PSOE proclamaban, el incremento de votos socialistas lo que facilitaría es un gobierno “de las izquierdas”, es decir, el acceso al poder de Podemos. Y esa posición de Sánchez es la que los electores han castigado, de manera tal que el PSOE  ha cosechado su peor resultado de nuestra etapa democrática.

Todo ello ha hecho que el corrimiento de votos haya tenido en el PP su principal caladero. ¿Por qué? Porque era el voto más seguro para preservar estos tres pilares de nuestro sistema de convivencia que estaban en riesgo y para frenar de manera clara y contundente las ambiciones de Podemos de derribar nuestro modelo de democracia. Y esa es también la razón del fracaso de Ciudadanos. Porque el partido de Rivera había dejado de ser del todo fiable cara a lo que estaba en juego en estas elecciones. El “centrismo” de Rivera le hizo situarse en una posición algo equidistante, sobre todo cuando -¡crasísimo error!- condenaba por igual a “uno y otro extremos”.

Podemos colegir, en conclusión, que lo que el resultado de estas elecciones nos muestra es una victoria, apretada y frágil, pero victoria a la postre, de nuestro sistema democrático y de los pilares sobre los que se ha asentado, a los que no quieren renunciar una amplia mayoría de españoles. El Partido Popular es quien ha representado mejor ese deseo de los españoles ante la encrucijada dramática que se les había presentado. Este hecho confiere al PP una enorme responsabilidad ante el futuro. Porque no sólo tiene ante sí la responsabilidad de formar un gobierno viable para España, liderando las reformas que nuestra sociedad demanda, sino porque la regeneración del sistema que la preservación de nuestra democracia reclama sólo será posible si el PP está en condiciones de afrontar esta ardua tarea.

Pero este trascendental asunto merece una reflexión que, si los amigos de Floridablanca me lo permiten, abordaré en los próximos días.

Eugenio Nasarre | Consejo Asesor de Floridablanca
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